La política gestiona el poder. Sí. Pero no solamente para interés de una formación o de un grupo de personas determinado. El «arte» de la política es ser consciente de que hay un enorme pastel (poder) que se parte en diferentes porciones y que todos han de jugar para no romper la baraja. O eso entiendo que significa la «democracia». Porque por mucho que nosotros, los simples mortales, pensemos que pintamos algo en esta ecuación (ya sé que nos pensamos indispensables y la guinda del pastel), en realidad somos la excusa que permite a un grupo reducido de gente hablar en nuestro nombre para hacer lo que a ellos les interesa, les conviene o estratégicamente les parece una buena jugada.

Lo estamos viendo cada día, a pesar de la cantidad de ruido que hay por todas partes. No importamos demasiado. Lo que realmente mueve el ánimo de esos que se supone que nos representan es regatear corto a los que tienen a su alrededor, intentar marcarse goles (aunque a veces sea en propia puerta), dar titulares que suenen muy potentes para los medios de comunicación, que nos pasamos el día contando la actualidad «política» (o sea, comentando sus aparentes jugadas), y a la hora de la verdad, con goteo, conseguimos entender qué es lo que afecta realmente a la población.

Ya conocemos que la semana del 22 de julio tendrá lugar el intento de investidura. Si en la primera vuelta Sánchez no obtiene los apyos necesarios, dispone de 48 horas para intentarlo de nuevo (por mayoría simple esta vez). No hay limitación en cuanto a número de sesiones. Eso sí: desde el primer intento fallido y la convocatoria de elecciones (publicación del decreto que las anuncie) han de pasar dos meses como mínimo. Después, una vez anunciadas las elecciones, deben pasar como mínimo 54 días para las elecciones. Y han de ser en domingo.

Si Sánchez no obtiene los apoyos necesarios, el rey tiene que convocar una nueva rueda de consultas para designar a otro candidato. Pero el PSOE ya ha avisado en alguna ocasión de que no llegaríamos a este punto: si Sánchez no tiene el respaldo necesario, convocarían nuevas elecciones directamente. Con la fecha que acaban de plantear para la primera sesión de investidura, la semana del 22 de julio, las elecciones podrían producirse a partir de la segunda quincena de noviembre.

En 2016 hubo que repetir elecciones y nos costó 160 millones de euros. Estamos llegando a un punto en el que la democracia no se entiende desde el continuo regate corto, la trampa, la mentira y el atajo, dejando a un lado lo que realmente importa: un país que necesita regenerarse. Esto parece no preocuparle a los responsables de ponerse de acuerdo, como si todos estuviéramos pagando impuestos para que la «fiesta de la democracia» la podamos estar repitiendo una y otra vez, y otra, y otra…

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