Crátera con La consulta de Odiseo a Tiresias. Siglo IV. a.C.

Homero y verano riman, y no sólo poéticamente. Así lo ha constatado el aventurero y escritor francés Sylvain Tesson (París, 1972) en su apasionante, subyugador y emocionante Un verano con Homero (Taurus), donde nos zambulle en un viaje espacial y temporal que los lectores no olvidarán en mucho tiempo, pese a poder sufrir algún que otro reparo inicial a embarcarse en una obra que gravita en torno a otras dos con 2.500 años de antigüedad, la Ilíada y la Odisea.

Tesson, autor de numerosos libros de y ensayos, nos invita a disfrutar de las cristalinas aguas del Egeo y del poder evocador de las islas Cícladas mientras recitamos versos repletos de héroes, dioses antojadizos y lugares épicos. Como subraya el propio autor en el prólogo de este libro a medio camino entre libro de viajes, el ensayo literario y la novela, “leer la Ilíada y la Odisea equivale a leer un periódico. Gracias a este diario del mundo, que fue escrito de una vez y para siempre, nos damos cuentas de que no hay nada nuevo bajo el sol de Zeus: el hombre –animal grandioso y desesperante, henchido de luz y rebosante de mediocridad– sigue fiel a sí mismo”. En apenas una frase conecta veinticinco siglos de historia en torno a las virtudes y defectos intrínsecos a cualquier ser humano, capaz de la mejor de las hazañas y la peor de las crueldades.

El viajero francés articula en torno al mito homérico algunas de las características principales del hombre contemporáneo, que no distan mucho de las que allá en la Grecia antigua tenían aquellos seres marcados por la guerra, por valores como el honor y la gloria y por el antojo implacable de los dioses del Olimpo. Así, por ejemplo, cuando Tesson aborda el tema de la obstinación o la renuncia y asegura que “el héroe sabe renunciar”, añade que descuidamos un gran tesoro: “la buena vida, simple, apacible”.

Las lecturas más placenteras vuelven a estar donde siempre estuvieron: allá en los paraísos interiores de todos y cada uno de nosotros

Esa buena vida es la misma que el aedo griego pone en boca del héroe Ulises ante el rey de los feacios, Alcínoo: “Y yo os digo que nada hay más grato que ver la alegría que se ha ido adueñando de toda la vida de un pueblo y que los invitados escuchen en casa al aedo, en buen orden sentados delante de mesas colmadas de manjares y pan, y que, mientras, extraiga el copero de la crátera el vino, y lo sirva en las copas a todos”.

En definitiva, un placentero viaje que demuestra una vez más que las lecturas más placenteras vuelven a estar donde siempre estuvieron: allá en los paraísos interiores de todos y cada uno de nosotros. De eso, el mítico Homero sabía mucho hace ya 2.500 años.

 

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