El poeta y ensayista polaco Zbigniew Herbert.

Partiendo del profundo conocimiento que el poeta, escritor y ensayista polaco –nacido en la actual ciudad ucrania de Lvov en 1924 y fallecido en Varsovia en 1998– tenía de todo lo concerniente a la cultura clásica proveniente de Grecia, esta “mitología personal”, ahora publicada por Acantilado bajo el título El rey de las hormigas, reúne historias en las que los matices personalísimos de la revisitación de estos lugares universalmente conocidos otorgan una nueva dimensión a los héroes ya por todos conocidos y también a sus andanzas y antojos.

Los matices personalísimos de la revisitación de estos lugares universalmente conocidos otorgan una nueva dimensión a los héroes ya por todos conocidos

Y ello pese a que Herbert dejó inconcluso este estudio después de dos décadas trabajando en él. Sólo la concienzuda labor del editor polaco Ryszard Krynicky, que aporta notas aclaratorias sumamente interesantes a esta edición, ha hecho posible que hoy podamos volver a disfrutar en su plenitud del arte, la sabiduría y hasta el fino humor de un autor imprescindible, que ya dejó constancia de ello en otras obras como Naturaleza muerta con brida (2008), Un bárbaro en el jardín (2010) y El laberinto junto al mar (2013), todas ellas publicadas por Acantilado.

El comienzo del relato que da título a esta edición es ejemplar para condensar en un solo párrafo buena parte del pulso narrativo de un apasionado de aquella Grecia repleta de dioses y mitos, que aún hoy, más de veinte siglos después retumban en la sociedad occidental actual. Si ya en sí mismos los dioses griegos están apegados a lo terrenal y mundano, Herbert hace de ellos unos nuevos seres dotados de todas las grandezas y miserias de cualquier mortal, ya sea de hace veinticinco siglos o de la era de la globalización.

Sutil dibujo de una figura clásica griega elaborado por el propio Herbert.

“Éaco era hijo de Zeus y Egina, hija del dios río Asopo. Nació en una isla desierta y, durante años, vagó con la vaga convicción de ser el soberano de aquel trozo de tierra vacío, perdido en la inmensidad, de las aguas (un soberano y, al mismo tiempo, un desterrado). Como la mayoría de niños expósitos, ni siquiera sospechaba quién podía ser su padre. En cambio, conservaba un recuerdo borroso de la madre y bautizó la isla con su nombre”.

El lirismo siempre presente en los relatos de Herbert tienen un poso de honda sabiduría de todo lo que cuenta, nada es ajeno a su conocimiento cuando aborda los entresijos de la mitología clásica, que el autor polaco lleva a su terreno y la dota de nueva presencia, con un discurrir narrativo sumamente atractivo y original. Para ello, intercala en su imaginario mitos completamente extemporáneos a la mitología de la Grecia clásica, como el propio Robinson Crusoe sin ir más lejos. Pasado, presente y futuro, la mitología clásica pervive en el imaginario colectivo sin fecha de caducidad. Herbert aporta un grano de arena en este sentido valiosísimo.

 

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