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El Gran Teatro Falla, en Cádiz, la catedral del Carnaval.

El pasado sábado se entregaron en Sevilla los grandes premios del cine español y hubo varios guiños a la tierra andaluza a lo largo de la gala, pero ninguno tan interesante como el del director Benito Zambrano al Carnaval de Cádiz. “El que no diga ole, que se le seque la hierbabuena”, clamó ante el micrófono ante el gesto de indiferencia de la mayoría del público. Y es comprensible. Es difícil que al norte de Despeñaperros se conozca a María la Yerbabuena, señora entrañable –fallecida hace ya tres carnavales- y auténtico símbolo de la fiesta gaditana, que desde su butaca en el Gran Teatro Falla, cuando la agrupación de turno le gustaba, lanzaba su hoy célebre grito de guerra: “¡Viva mi Cái, y lo digo a boca llena! Y el que no diga ole, que se le seque al hierbabuena!” A lo que el respetable respondía con un enérgico “¡Ole, ole y ole!”.

Pero ya digo, es lógico que en el resto del país nadie conozca la gracia de doña María, ni el talento de artistas (anónimos ciudadanos el resto del año) de Antonio Martín, el Selu, Tino Tovar, Martínez Ares, el Canijo, Juan Carlos Aragón, el Love, el Yuyu, o el imprescindible Paco Alba, maestro de maestros (“Ay, vaporcito del Puerto…”). Es lógico, claro, al tratarse el Carnaval de una fiesta que apenas tiene difusión mediática. Cosa curiosa, teniendo en cuenta la idiosincrasia de la celebración, con mucha juerga, copas que van y vienen en las calles, y personas que hablan con ese deje tan gracioso que hasta hace poco las hacía idóneas para interpretar a los bufones más humildes de las teleseries de moda (chachas, porteros, buscavidas, camareros, raterillos… Actores andaluces, ¿para qué os quiero?). Premios Nobeles, ninguno, y mira que Andalucía se lleva la palma en el asunto. Pero a lo que vamos: con lo que gusta una feria y una Semana Santa, que el AVE se pone imposible, y sin embargo lo del Carnaval, parece que no inspira a los del informativo de Antena 3. Quizás sea porque se trata de la mayor fiesta en defensa y celebración de la igualdad y la libertad que se da en toda esta España sainetera.

Lo curioso es que el vacío que se le hace al Carnaval de Cádiz es uno de los mejores ejemplos de la manipulación mediática al servicio del poder. Pero no solo de un lado, no; de todos. Aquí, como le advirtió Noé a la cebra de lunares antes del diluvio, no se libra ni la madre que los parió. Y no es porque las cuartetas de coros, comparsas y chirigotas puedan resultar demasiado afiladas, sino porque el Carnaval de Cádiz convierte en celebración un gran amenaza para el poder: une al pueblo, lo anima a sacudirse la pereza y a preocuparse por las cosas que de verdad importan, y le lleva a dejar de lado el lamento para convertir sus frustraciones en inteligentes críticas a través de la emoción y el humor. ¡Ay, qué peligroso es el humor! Hemos tenido un 2018 de echarse a temblar con ese asunto. Con el Carnaval, la gente comenta la actualidad social y política pero no guiados –manipulados- por periódicos, radios y televisiones, sino a golpe de chiste y de lágrima, al compás del sístole y diástole de una guitarra. Y eso es algo tan sano para el alma que no hay otra fiesta que inspire a tanta gente a desarrollar de tal modo su talento artístico. Lo que es más peligroso todavía.

Por más que haya hecho la puñeta a muchos políticos, las redes sociales les han venido como corcho al culo -sin perdón-, porque hacen que un montón de gente despotrique, odie, agrada verbalmente y se desfogue a través del teclado contra otras personas a las que no tienen el gusto de conocer. Y así se va esa gente a dormir sus moñas sociales más tranquila, como quitándose un peso de encima. Como si llamando hijo de mil padres a alguien que ha defendido al político que ellos denuestan, ya hubiesen solucionado el problema del trabajo del niño, de la hipoteca de la niña o del préstamo para aquella casa en la playa que era la inversión del siglo, y que ahora resulta que en mala hora, Loli, porque lo de tus padres no salió como esperábamos y vamos a tener que comer papas con escombros por una larga temporada.

En cambio, en Cádiz, cientos de hombres y cada vez más mujeres, con mucho talento y su mijita -para los que piden subtítulos para los andaluces en las series: “su poquito”- de cara dura, se suben a las tablas del Gran teatro Falla y recorren las calles, callejas, plazas y plazuelas de la ciudad entonando sus penas y alegrías en unas letrillas que emocionan y hacen reflexionar. Disfrazados, entre confeti y purpurina, se ríen del rey y de su padre, de las derechas y de las izquierdas… Y le cantan las cuarenta a ritmo de tres por cuatro a quien sea menester en un teatro donde, ojito, se toman muy en serio el cachondeo. Tanto, que los silencios del Falla detienen los pulsos, rotundos y solemnes como decía Curro Romero que solo eran los del tenis.

En los días de oro de los monólogos y de los humoristas transgresores, sigue resultando fascinante que a Cádiz y a sus chirigoteros y comparsistas no les den cancha. Aunque bien pueden alegrarse allí, para poder seguir preservando así la esencia de la fiesta. Pero sorprende que en esta época de piel hipersensible haya tan pocas quejas de lo que se canta en Carnaval (sin faltar siempre la excepción que confirma la regla). Claro que muchos son conscientes de que lo mejor es apretar los dientes y aguantar, vaya a ser que la cosa crezca y el resto del país se entere de que al sur del Sur existe una tierra batalladora, cuna de la libertad, donde hace doscientos años nació una tal Pepa, donde se dicen las cosas con arte y por derecho. Tierra en la que hay que andarse con tiento, porque en Cádiz puedes reírte de todo pero no se te ocurra pasarte de gracioso. Napoleón lo intentó y lo mandaron a hacer puñetas de un ‘cajonazo’ en preliminares.

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