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Cuando el estío se hace vida

José Antonio Vergara Parra
Licenciado en Derecho por la Facultad de Murcia. He recibido específica y variada formación relacionada con los trabajos que he desarrollado a lo largo de los años.
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Místicos, ascéticos, espirituales o sobrenaturales; adjetivos que, con mayor o menor exactitud, sirven para explicar la sobrecogedora naturaleza de lugares y momentos que colman de quietud nuestras mentes.  

El momento sucede sin preaviso, a cuatro pasos de casa o a mil leguas, en sitios frecuentados o ignotos. Mas hay lugares que, de forma persistente, nos transmiten emociones extraordinarias y sé de uno de ellos. Creo haberles hablado alguna vez de él pero debo insistir. No hacerlo sería de un egoísmo imperdonable.

A la sombra de un pino centenario se cobijan sendos bancos de hierro fundido. Sentado en cualquiera de ellos, Cieza te observa en retirada, en apariencia serena. Por la izquierda una escuela me flanquea; liceo sempiterno donde el magisterio lo es también de Dios. Nunca mis espaldas estuvieron mejor cubiertas, donde moran Madres y Hermanas entregadas a Dios y a la oración. A mi diestra, una pequeña llanura se extiende sobre la ventosa cumbre, oteando la huerta, centinela de sueños y lamentos. Una ermita, más mudéjar que neo-gótica, se eleva cuán faro luminoso para orientar a naos y marinos de arena. Cristo, Consuelo de aflicciones y congojas, testigo de sueños vividos, nos espera e interpela y aldabea una y otra vez nuestra cancela.

En invierno y otoño los extraño, en primavera y estío los frecuento. Allí sentado, las preocupaciones insustanciales se desvanecen y las medulares adquieren insospechadas y venturosas perspectivas. El pino centenario, notario de pesares y quejidos, de alegrías y quimeras alcanzadas. Entre sus ramas el viento cimbrea, casi habla, al son del piar de inquilinos alados. Golondrinas que van y vienen, inquietas, como presintiendo lo ascético del lugar. Extiendo mis brazos, reposo la espalda y cierro levemente los ojos. De nuevo sus perfumes confirman sus presencias; son ellos, lo sé; livianos, puros, libres de todo dolor y zozobra. Me abrazan y esquilman mi alma de toda impureza, de toda duda, de toda desventura.

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El sol se desvanece y el pueblo reposa ya de bregas y faenas. Se advierten algunas lucecitas en calles y plazas, también en casas labriegas y hortelanas. La Atalaya y el cerro del castillo ennegrecen y tras su silueta se advierte un cielo de azul pérsico, que se cierne sobre Siyasa y la ermitaña Cruz.

Pesa el aire pero no duele; más bien apacigua. Adivino plegarias y rezos, compunciones y penitencias, abatimientos y contriciones. Generaciones que se pierden en el tiempo aquí vaciaron sus almas y aquí imploraron al viento; al viento perfumado y purificado que el Crucificado deja a su paso. Él es la Verdad y Él es la Vida porque si te abandonas a Él, si confías en Él, si caminas junto a Él, si cada suspiro y pensamiento lo son por Él, hallarás el Cielo en la tierra y comprenderás que la Cruz es, en verdad, liberación.

Un niño marroquí, quizá argelino, juega frente a mí. Me mira y me regala una sonrisa, como si supiera cuanto pienso y siento. El niño se acerca y me pregunta:

  • Marhabban, ¿cómo te llamas?
  • José Antonio, le contesto.
  • ¿Por qué estás solo? Me pregunta
  • No estoy solo; estoy junto a Dios, que es tuyo y mío. Le replico.

No contesta pero sonríe. Regresa a donde dejó un ajado cochecito y reinicia sus juegos. Quien parece ser su madre me honra con otra sonrisa.

Unos conversan. Otros hacen lo que yo; se sientan y se abandonan al silencio. Matrimonios de plata y oro caminan con sus manos unidas, cruzándose miradas de infinito cariño; supervivientes de mil batallas y mil rendiciones. Van y vienen, como si de un trueque de peregrinos se tratare pues, al fin y al cabo, ningún ciezano la soledad quisiere para su Cristo. Advierto a una señora de edad avanzada con pena en el rostro; su vestido de color negro y los párpados inflamados delatan la pérdida reciente de alguien querido. Le acompaña otra señora, que rondará los cincuenta. Adivino sus cejas pintadas y un pañuelo turquesa cubre su cabeza. Desconozco si es amistad o sangre lo que les une pero algo es seguro; vienen en busca quizá no de respuestas pero sí de consuelo y alivio.

  • Buenas tardes; pronuncian ambas con desbordante cortesía.
  • Buenas tardes; les contesto. Vayan ustedes con Dios, añado.

Al cabo de unos segundos, vuelvo la cabeza hacia la izquierda. Apenas unos pasos les separa de la puerta de acceso a la Ermita. Sus congojas y males no desaparecerán hoy; quién sabe si mañana pero, al saludarme, me parecieron reconfortadas.

Anochece y refrescan las sombras. Hoy es más otoño que estío. Busco en mi cartera y extraigo una foto de mis padres; la beso. Demasiado silencio. Giro la cabeza en busca de semejantes. No queda nadie. Me despido del Nazareno e incluso pronuncio unas palabras:

  • Hasta mañana amigo mío y no olvides saludarles de mi parte.

Hace meses que no entro en la Ermita; no soy digno de hacerlo. Demasiados silencios encogidos, demasiadas acciones no consumadas, demasiados veredictos desaforados, demasiadas aspiraciones truncadas. No debo importunarle; tiene asuntos más serios que tratar, pienso para mí. Soy muy feliz; más de lo que jamás sospeché; más de lo que creo merecer y mi agradecimiento es tan colosal, tan desbordante que siempre estaré en deuda con ÉL. 

Me basta con permanecer aquí sentado; en este lugar bendito, en este cachito de cielo.

Me pongo de pie e inicio la marcha hacia mi casa. Un perro sin collar ni dueño aparente me sigue hasta la misma puerta de casa. Del bolsillo derecho extraigo el llavero y, entre llaves útiles y olvidadas, busco la de mi planta baja. Cometo el error de girar la cabeza y los ojos lastimosos del perro doblegan mi forzada indiferencia. Mis hijos siempre quisieron tener un perro, me digo para mis adentros.

¡Qué diablos! Me inclino e invito al perro a seguirme. Lo monto en el coche y lo llevo a un veterinario amigo para que lo reconozca y avíe lo que sea menester.

  • Un magnífico ejemplar, amigo mío. Está sano como un roble. Se trata de un labrador de un año, aproximadamente. Debe tratarse de un perro abandonado.

Mi familia saluda a Gento con inesperado júbilo. Le miro a los ojos y, como si hubiere de entenderme, le susurro:

  • Amigo mío; a partir de mañana habrás de acompañarme a desperezar el cuerpo por donde el Molino y a reposar el alma por donde El Consuelo.
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