Movilización no es sinónimo de violencia callejera. Criticar la condena a los presos del procés no es ser soberanista y bajo ningún concepto estar en contra de la Constitución. Algo tan obvio, que debiera de estar grabado a fuego en una Democracia como la española, se rompió en mil pedazos desde aquel 1 de octubre de hace dos años, pero sobre todo en las últimas 48 horas.

Las críticas y amonestaciones o llamadas de atención que recibo en mis redes sociales cada poco, deja constancia de los dos bandos en los que vuelve a estar España, por eso de que nunca aprendemos de los errores del pasado.

Estar en contra de la violencia, igual que contra la dura sentencia del procés a gente pacífica como Junqueras y el resto de condenados, y a la vez ser constitucionalista o como se quiera llamar, y apostar por el diálogo, es una postura serena ante el conflicto soberanista. Y es la mía. Porque una vez más un cielo en un infiero cabe. Y si no, que se le digan estos días a los catalanes.

Demonizar

Me duele Cataluña tanto como ver cómo quieren hacernos comulgar, en mi bando que hasta hace poco creía el bueno, conque por defender unas ideas que no comparto hay que demonizar al contrario, apresarle, incluso dos años antes de ser juzgados, como si de delincuentes o asesinos peligrosos se tratara, y condenarles a penas similares o superiores a las de asesinos y violadores. Hablo de sentencias dictadas este mismo año a un hombre que violó a su hija, otro que mató a su padre etc.

Que la capacidad de Euskadi para recuperarse de tanto horror sirva ahora para poner cordura

Me duele Cataluña, sí, como me dolía Euskadi cuando ETA mataba y la kale borroka nos pretendía recordar a los pacíficos que la calle era suya. A punto estuvieron de conseguirlo, pero a pesar del miedo, de reacciones tardías – de algunos-en mi tierra, con apoyo de toda España y de algunas políticas muy acertadas, se consiguió acabar con el terrorismo y la violencia cobarde que marcó la vida de varias generaciones de españoles. Desde luego, lo hizo con mi infancia y juventud. Los más de mil muertos, el miedo a hablar, a ser libre de pensamiento y palabra, fue un duro tributo que tuvimos que sufrir en mi tierra. Que la capacidad de Euskadi para recuperarse de tanto horror sirva ahora para poner cordura. Sobre todo, la capacidad de seguir adelante de las víctimas.

No me callaron entonces, mientras las balas pasaban por encima de mi cabeza, y no lo harán ahora a quienes molesta que recuerde que “no en mi nombre” se encarcela, condena y se aplica la fuerza de la prisión contra hombres y mujeres pacíficos, con los que no comparto ideas, pero sí principios.

Cada acto de violencia

Claro que me duele Cataluña. Cada contenedor quemado, cada acto de violencia que tan bien la mayoría de los medios, de mi bando insisto, se empeñan en hacernos creer que eso es el soberanismo. Porque de forma paralela a estos actos concretos y violentos –que condeno con contundencia– hay una inmensa mayoría de gente, calles y pueblos donde la paz y la normalidad impera, pese a opiniones diversas, pese a quien pese.

Escuchando hoy a Gabriel Rufián, en la entrevista de la SER, cuando dejaba claro que ni el españolismo ni el soberanismo catalán, justificaba un acto violento, me sentía tan identificada con él, como con quienes llevan años luchando contra la violación de derechos humanos, por un planeta sostenible o por políticas justas donde cada vez no haya más ricos frente a más pobres.

Y si hoy identificarme con el mensaje de Rufián hace que me condenen también los que pretenden, desde el PP, Ciudadanos y Vox, que a los presos del procés se les niegue el pan y la sal, pues adelante con la condena pues.

Y mientras, deseo un gobierno en funciones, el de todos, al mío también, con más altura de miras, y les pido menos visión electoral y más visión de Estado.

Porque hoy, ahora, en esta situación, me duele tanto Cataluña como España. ¡Qué le voy a hacer!

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Directora Diario16.com Periodista en cuerpo y alma, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco, tras 15 años en medíos de comunicación, creó Comunica2 con su compañero de vida y también periodista, Sergio Arestizabal, para demostrar que otra forma de comunicar es posible. Tras sufrir censura y presiones de los poderes públicos en el ejercicio de su profesión, hoy es libre. Durante años ha asesorado personas y empresas en crisis o injustamente juzgados por la opinión pública y publicada. Hoy tiene el reto de que el Periodismo abra un profundo debate interno sobre cómo recuperar la honorabilidad de aquellas personas a las que por error enturbió su imagen pública. Inconformista y crítica, como debe ser una periodista.

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