Aprender a tocar un instrumento musical tiene numerosos beneficios a nivel cognitivo. La práctica habitual contribuye a la mejora de la memoria, del lenguaje o de la inteligencia espacial. De hecho, en los últimos años se está recurriendo a músicos profesionales en investigaciones científicas que estudian la plasticidad del cerebro, ya que el entrenamiento mental que se realiza para conseguir dominar un instrumento es tal que logra efectos en numerosas áreas del cerebro. Estos estudios no hacen sino avalar sus beneficios en la fisiología cerebral. ¿Quieres que te contemos cuáles son?

Mejora la inteligencia

Diversos estudios sitúan al aprendizaje de la música como la causa de cambios en la anatomía cerebral en niños. Y es que se calcula que, por ejemplo, un pianista involucrado en sus estudios musicales puede llegar a practicar, antes de cumplir los 18 años, hasta 7500 horas. Además, un estudio, en el que se realizó un seguimiento a niños de 6 años a los que se enseñó durante 15 meses a tocar un instrumento, concluyó que todos ellos experimentaron mejoras en las áreas cerebrales utilizadas para el procesamiento musical.

Por estas razones, la música se propone como una eficaz terapia neuropsicológica que permite trabajar y mejorar las habilidades lingüísticas, la inteligencia espacial, la memoria o la conducta, entre otras muchas cosas, y todas ellas fundamentales para la vida y la evolución de una persona.

Los niños, el mayor receptor

Como sucede con otros aspectos, como el aprendizaje de idiomas, los niños son especialmente receptivos al aprendizaje musical, y en ellos veremos los mayores beneficios. Un dilema al que se suelen enfrentar las familias es el coste de los estudios musicales, que suele ser elevado: clases, desplazamiento y el propio instrumento musical suponen unos gastos no siempre asumibles. Algunos padres en estos casos recurren a la solicitud de préstamos rápidos ya que no quieren ver comprometida la formación de sus hijos, puesto que los beneficios a largo plazo se hacen notar en múltiples aspectos y compensan el esfuerzo.

De hecho, más allá del progreso cognitiva, la práctica musical repercute en la mejora del estado anímico y en los procesos de socialización de los niños. La música es una forma de expresión de las emociones a través de la cual se refuerza la autoestima. Además, la inclusión de los niños en un grupo u orquesta refuerza el espíritu de trabajo en equipo y la disciplina individual, ya que para conseguir un resultado favorable todos deben trabajar para que suene bien. Esto también hace que los niños y jóvenes asuman riesgos y venzan el miedo (por ejemplo, a tocar en público), con beneficios en su autoconfianza.

A nivel individual, tocar un instrumento inculca compromiso por el aprendizaje, la asistencia y la constancia en la práctica. Para que un instrumento suene bien es necesario tener gran capacidad de atención y focalizar en los detalles, lo que se suele trasladar también a los estudios: los niños se convierten en personas metódicas que se exigen calidad y resultados.

El primer instrumento

Es fácil observar en los niños pequeños una preferencia por los instrumentos de percusión, ya que, para ellos el ruido y la melodía son, en esencia, la misma cosa: un mero efecto sonoro. Para ellos, hacer de cualquier objeto un tambor responde a la curiosidad por experimentar con los sonidos.

Una vez superada esta etapa, aquellos niños que muestren interés en la música posiblemente tengan otro tipo de inquietudes. A partir de los 5 años se recomienda que se inicien en los estudios musicales con un instrumento que elija el propio niño. La enseñanza a edades tan tempranas es muy diferente de la de adultos o jóvenes, ya que la imposición de disciplinas cerradas y exigentes es contraproducente. Lo ideal es que en ella se saque el máximo partido a la espontaneidad e imaginación, convirtiendo la sesiones en momentos de juegos con música y movimientos en las que los pequeños aprendan disfrutando de forma inconsciente.

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