Experta en derechos humanos y violencia de género, la dilatada labor profesional de esta abogada viene marcada desde sus inicios por un compromiso inquebrantable con unos valores cuyo denominador común es la búsqueda de la igualdad real en un camino de firmes convicciones donde el feminismo marca la senda a seguir. En esta entrevista realiza un repaso al panorama actual de la lucha hacia la igualdad real a todos los niveles y antepone una premisa a todas sus actuaciones: “En nada en la vida me gusta lo demasiado evidente”, asegura.

¿El feminismo tendrá sentido el día que se alcance la igualdad real entre hombres y mujeres?

Uno de los mantras más utilizados por quienes trabajan por la igualdad es el deseo de que las expresiones de la desigualdad, como pueda ser la violencia de género, un día se estudien en las clases de historia. Ojalá ese día llegue, pero no lo conoceremos nosotras, y mucho me temo que tampoco las generaciones venideras. Últimamente, siempre que tengo ocasión cito a Simone de Beauvoir, con una consideración que entiendo que es de rabiosa actualidad: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.

¿Y esa cita le hace pensar?

Mucho. Me genera una tremenda impotencia el hecho de que deshagamos el camino que ya ha caminado antes la sociedad y que volvamos a cuestionar lo consensuado. Cada vez que oigo el cuestionamiento del término “género”, me asalta la preocupación sobre los años que han transcurrido desde la I Conferencia de Beiging sin que el concepto se haya entendido y asumido.
Es cierto que la traducción al castellano alimenta la confusión, pero nada justifica que el consenso de la mayoría de las naciones, con las diferentes ideologías en cada momento al frente de sus gobiernos, sea revisado, cuestionado e incluso vituperado por personas con y sin formación y con mayor y menor criterio.
He de confesar que me sorprende poderosamente el negacionismo de personas muy cultas a la discriminación histórica de la mujer. Hay cuestiones que son más subjetivas y que pueden ser controvertidas, pero cada día me sorprende más el negacionismo de la desigualdad. Cuando no comprendo algo, me despierta una curiosidad tremenda y busco la raíz de ese problema en lo más básico de la naturaleza humana.

Cuándo una es feminista, ¿lo vincula todo a un pensamiento omnipresente?

Imagino que será como cada condicionante de tu vida. Yo soy abogada y, en cada situación, instintivamente, veo con más facilidad el componente jurídico y establezco premisas y conclusiones a ese respecto, de lo que pueda hacerlo un doctor. Es igual que un arquitecto mira un edificio con percepciones distintas a la mía. Es cierto que, por ejemplo, en los dos últimos libros que he leído he asociado distintas ideas y distintas percepciones a las situaciones de desigualdad. Han sido libros muy diferentes. El primero es Historia de la idea del tiempo, escrito por el Premio Nobel de Literatura Henri Bergson, al que llegué por mi constante preocupación por la gestión del tiempo. Impepinablemente, ese libro te lleva al tema de la conciliación y de la distribución de roles, tan estrechamente vinculado a la desigualdad entre hombres y mujeres.

Ese es el primero, ¿y el segundo?

El segundo libro al que me refiero es la autobiografía de Katherine Graham. Cuando vi la película The Post, la magistral interpretación de Meryl Streep, acrecentó mi curiosidad por la figura de una mujer en un mundo de hombres, llena de inseguridades y con una educación machista asumida por ella misma. Ni por un momento cuestionó la decisión de su padre de poner la empresa en manos de su marido, sin pensar que ella misma sería apta para ello. Las inseguridades de una mujer, con un problema de autoestima y una asimilación de que su función era la familia y servir de apoyo a su marido, nos sorprenden en una trayectoria en la que habla en distintos momentos del feminismo. Graham, en sus comienzos, pensó que eso no era para ella, y al final de su vida, con 79 años, cuando publicó esta autobiografía, le dedicó gran parte de sus reflexiones a la influencia de sus relaciones familiares, del trato que recibió de su marido, de las complicaciones y vetos que le supuso hacer su trabajo siendo la única mujer, de la necesidad de romper barreras… y de las propias limitaciones que le supuso su problema de autoestima. Hablaba del apoyo de las amigas –con lo que ahora llamaríamos ‘empowerment’–, de la crítica de sus propias subordinadas cuando ella misma hacía comentarios machistas y de la influencia de la feminista Gloria Steinem en su vida. Me ha impactado mucho la lectura de este libro, que recomiendo a las lectoras que se sientan incapaces de afrontar algún proyecto.

Cruz Sánchez de Lara y Manuel Domínguez Moreno. Foto Agustín Millán

¿Cómo cree usted que deben dirimirse los conflictos en  los que los planteamientos feministas impliquen una merma en los derechos individuales de los hombres, desde luego desde el punto de vista muy generalizado de algunos hombres?

Imagino que se referirá usted a los planteamientos necesarios para evitar la merma en los derechos individuales de las mujeres.

Efectivamente, imagina usted muy bien. No obstante, ¿qué opina usted de la polémica de la adscripción política del feminismo?

Creo que estamos equivocándonos en el debate. La adscripción del feminismo tradicionalmente ha sido en España de izquierdas. Ahora, cuando parece que se hace innegable que la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres (que, a mi criterio, es el objetivo del feminismo) existe y otros partidos se suman, el problema gira en torno a la definición de feminismo, los derechos a proteger y la postura sobre algunos temas.
Yo no creo que el feminismo tenga grados. Creo que quienes quieren el mal de los hombres a costa de la superioridad de las mujeres no son feministas. Creo que quienes defienden posiciones que exponen a colectivos de mujeres a la comisión de delitos de género enarbolando la bandera de la libertad no son feministas.
Y ahí está el problema. Cualquiera puede decir que es feminista y usar la lucha por la igualdad como tesis para sostener argumentos machistas. Por eso, todos los partidos deberían ser feministas. Pero no debes colgarte esa etiqueta sin revisar que los postulados que defiendes no sean contrarios a la igualdad. Ser feminista para muchos es un halago, para otros, el peor de los insultos. Pero tanto para autodenominarse feminista como para atacar el feminismo hay que tener un conocimiento previo. Y, sinceramente, creo que se llega a la conclusión en este debate sin sentar las necesarias premisas previas.

¿Cree que los micromachismos son una expresión natural de la condición humana o una tara cultural contra la que hay que luchar, incluso en sus expresiones más amables?

Por supuesto. Creo que la clave es educacional. No entiendo que si un hombre te retira la silla para que te sientes, tengas que ser grosera con él. Cuando un hombre intenta cederme el paso en una puerta, le devuelvo la cortesía y le invito a pasar primero. Y luego, tampoco me detengo a pensar quién pasó primero. Pero creo que cada vez eso sucede menos. Las galanterías con las mujeres en ese sentido cada vez son menos frecuentes y sobre todo se corresponden con una generación. Las nuevas generaciones sí han desterrado esa expresión de respeto. Las chicas procuran ser independientes y autónomas y a mí, la verdad, me gusta así: una relación igual en el trato. No me gusta la condescendencia, pero tampoco la siento como una falta de respeto.

¿Cuál es su posición respecto a la pretensión de utilizar el lenguaje inclusivo?

Hay formas inteligentes de usar el lenguaje inclusivo sin que suene a reivindicación. Ese es el estilo que defiendo. Por ejemplo, podemos decir “quienes nos acompañáis hoy” en lugar de “todos y todas los y las que estáis aquí hoy”. Hay muchas formas de hablar. Podemos decir: “Está dirigido a profesionales de la judicatura” en lugar de “está dirigido a jueces y juezas”. Por ejemplo, yo sustituiría los artículos del Código Penal que comienzan por “el que cometiere” por “quien cometiere”. En nada en la vida me gusta lo demasiado evidente. Creo que hay formas inteligentes de cambiar lo que no está bien con más naturalidad que impostura.

¿Le parece correcto que un partido en el que la mayoría es masculina y la mayor parte de sus votantes se llame Unidas Podemos?

No. Es más, no me gusta. Mis maestras feministas, las mayores, las que tuvieron que dar ejemplo, me enseñaron que no es un juego, ni una provocación zafia, sino que cuando se tiene una forma de ver las cosas que siempre es polémica, hay que actuar con sentido común y rigor. Por eso, la demagogia no puede formar parte de la estrategia del cambio, del camino hacia una sociedad igualitaria.

Ya para terminar: ¿Hay hombres feministas?

Por supuesto. Los hombres más inteligentes son feministas. Ojalá pronto lo sean todos. Entender la igualdad de derechos y oportunidades entre todas las personas como un leitmotiv nos hace crecer. Y ser feminista es solo eso, nada más y nada menos. Lo demás, pura leyenda urbana.

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