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Cristina Cifuentes: de los juzgados a tertuliana de televisión que niega los recortes sanitarios del PP

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En tiempos de pandemia, cuando el mundo entero se viene abajo, la sociedad necesita héroes; voces intelectuales potentes; referentes morales como el filósofo Emilio Lledó, que este fin de semana, desde el confinamiento en su casa de Madrid y en una magnífica entrevista concedida a El País, nos daba unas cuantas lecciones éticas y humanistas esenciales para no volvernos locos y afrontar este sindiós de la mejor manera posible. Hay muchos, muchísimos ángeles que estos días terribles están dando ejemplo y hasta la vida por sus semejantes. Médicos y enfermeras que trabajan a pecho descubierto contra “el bicho”, sin el mínimo vestuario de protección; ancianas costureras que con sus dedos artríticos y encallecidos por el tiempo tejen mascarillas sin descanso; camioneros anónimos que recorren kilómetros de carretera en plena soledad para seguir llevando comida a nuestras mesas.

Sin embargo, uno pone la televisión y, ¿qué se encuentra? A ella, a la señora refinada de los másteres de pega y las cremas furtivas; a una discípula del manual privatizador y los recortes; a Cristina Cifuentes. Cambias de canal y allí, inexorablemente, está la dama rubísima hitchcockiana de tersa y sedosa cabellera, con su sonrisa etrusca, con su pálida mascarilla de maquillaje (doble capa a prueba de coronavirus) y sus labios frescos e impecables de rojo carmín. Ahora va de tertuliana de las privadas de Mediaset y habla de lo que le echen, de lo divino y de lo humano, siempre sentando cátedra universitaria, esa que no tiene. Habla por los codos, critica, opina, farfulla, malmete y socava, y lo hace mayormente sobre lo mal que lo está haciendo Pedro Sánchez, sobre el intolerable caos hospitalario y las nefastas consecuencias de tener en el poder a un Gobierno bolivariano. Verla en la pantalla justificando lo injustificable produce arcadas y revuelve la sangre porque ella, precisamente ella, es la menos indicada para hablar y echar sermones políticos en medio de este apocalipsis.

La otra noche, sin ir más lejos, mantuvo un cara a cara con la ministra Irene Montero en una de esas televisiones privadas que le pagan el caché, arrebatándole el tiempo de información a un buen experto, a un periodista informado o simplemente a una víctima o un testigo de la epidemia, que lamentablemente los hay a porrillo y con muchas cosas que contar. Sorprendentemente, Cifuentes negó los recortes en Sanidad durante los años de Mariano Rajoy y ahí es donde cabe preguntarse si es que a ella esta plaga de gérmenes le ha sorbido la memoria y no recuerda todas aquellas mareas blancas ciudadanas, inmensos y tumultuosos océanos de batas y enfermeros que desde el año 2012 se echaron a las calles de todo el país para protestar contra la quiebra de nuestro sistema sanitario público y del Estado de Bienestar. Como tampoco parece recordar la expresidenta reconvertida en analista que el Gobierno de su partido en la Comunidad de Madrid lanzó un ambicioso plan para privatizar hasta 6 hospitales y 27 ambulatorios.

Todos estos datos serían para que Cifuentes se metiera en su casa avergonzada, debajo de la cama, y guardara una cuarentena de cuarenta años. Pero no, ahí está, dando la cara otra vez (rostro fotogénico le sobra) y brillando con luz propia en los platós televisivos, que en una de estas hasta le dan un programa propio sobre belleza y cosméticos para tiempos de pandemia. Cifuentes demuestra que no ha perdido ni el músculo del debate ni el piquito de oro y se muestra como una avezada viróloga que parece saber de todo, desde cómo gestionar las UCIS y las Urgencias hasta cómo encontrar la ansiada vacuna. Ya dijo Albert Camus que al principio de las catástrofes, y cuando han terminado, se hace siempre algo de retórica. Y eso es en realidad lo que hace esta rubia existencialista: retórica para seguir existiendo y seguir saliendo en la tele en medio del vendaval judicial que la engulle. Que hablen de uno aunque sea mal.

Eso sí, en sus alocuciones en el programa de Risto Mejide aún no ha dicho ni media palabra sobre sus visitas al juez junto a su ex mejor amiga Esperanza Aguirre −la otra ideóloga del neoliberalismo castizo que ha llevado a miles de madrileños a semejante descalabro sanitario− por el caso Púnica; ni del asunto de su máster evanescente; ni por supuesto de ese documental de cinéma verité rodado en un supermercado de barrio en el que supuestamente aparece trincando unos botes de crema antiarrugas y metiéndoselos en el bolso. Pecadillos del pasado, errores de juventud a los que ella quiere pasar página cuanto antes porque “Cristina la lideresa política” ya es historia y se ha reinventado a sí misma en “Cristina la epidemióloga”, una experta mucho más avezada y lista que el mismísimo Fernando Simón, que hoy ha caído en combate contra el germen y al que deseamos una pronta curación. Cualquier día Cifuentes le quita el puesto al eminente científico de la voz susurrante y la vemos otra vez dando ruedas de prensa bajo los focos rutilantes, que es lo que a ella le pone de verdad. Y en ese punto cabe preguntarse si a los directivos de las televisiones que la contratan para que diga sus sandeces les merece la pena dilapidar principios y valores periodísticos por unos puntos más de audiencia. Porque alguien sin ética es una bestia salvaje que anda suelta por el mundo. Eso también lo dijo el maestro Camus.

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