El número de españoles adictos al juego asciende ya a casi 140.000, y alrededor de 7.000 de ellos están diagnosticados como tales y reciben tratamiento. Sobre todo crece entre los más jóvenes debido a la moda por las apuestas online, tal y como asegura Rosana Santolaria, psicóloga de la Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados (FEJAR): “A nuestra asociación cada vez llegan más personas jóvenes con adicción al juego. Y algunos todavía no han alcanzado la mayoría de edad”.

La ludopatía es una patología que altera progresivamente el comportamiento por la que el individuo experimenta una necesidad incontrolable de jugar, por encima de cualquier consecuencia negativa. Se produce en los juegos que tienen capacidad adictiva, que son aquellos en los que transcurre poco tiempo entre la apuesta y el premio conseguido y, desde hace años, está reconocida como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud y por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA).

El ludópata presenta los mismos rasgos que un adicto a otra droga: repetición de una conducta o acción que le resulta placentera y aumento de su frecuencia para conseguir los efectos deseados (diferentes sustancias químicas, como la dopamina y las endorfinas, actúan como estimulantes y refuerzan las conductas patológicas); pérdida de control de la persona derivada del fallo de los mecanismos cerebrales de inhibición de la conducta; y aparición del síndrome de abstinencia si se interrumpe el hábito.

Aunque es una enfermedad que se desarrolla de forma diferente en función de la predisposición y el entorno del individuo, se establecen diferentes factores de riesgo: la genética (el hijo de un padre ludópata hereda es una cierta propensión a hacerse adicto en caso de exponerse al juego); el entorno familiar y social (si se fomenta el juego sin restricción o se practica como un hábito normal dentro del entorno, existe el riesgo de que más adelante el joven se convierta en un jugador patológico); los problemas psicológico o personales y sociales; y la manera de ofertarse el juego y su publicidad.

Este último punto es importante porque la mayoría de las formas de juego que pueden causar ludopatía tienen un componente adictivo que se basa en la repetición de una conducta que se premia y que crea expectativas de ser premiada. “Además de que muchos juegos están pensados para enganchar, si los jugadores asocian ese hábito a momentos determinados, como una pausa para tomarse el café o cualquier tipo de ocio y disfrute, se refuerza la acción de jugar y se puede llegar a convertir en una necesidad”, como afirma Nieves Andrés, psicóloga, terapeuta de conducta y miembro del Colegio Oficial de Psicólogos de Castilla y León.

En cuanto a sus síntomas, la ludopatía se manifiesta a través de las consecuencias que derivan del juego patológico: abandono de la vida laboral y social; problemas económicos como gastos imprevistos, préstamos, falta de dinero; trastornos de ansiedad y depresión; y alteraciones en la personalidad, que puede conducir automáticamente a la irritabilidad, falta de comunicación o, incluso, agresividad.

Los tipos de ludopatía se determinan en función de la forma de juego a la que se enganche el individuo. Cada juego tiene su propia estructura y componente adictivo. En la actualidad el que se encuentra más en auge es el online, con víctimas como Núria G. que empezó a los 43 años. Casada, madre de un hijo y con una exitosa carrera profesional, se enganchó a este formato de juego sin apenas darse cuenta: “Recibes tantos inputs para entrar y jugar… Solo te dicen lo que ganan, nunca lo que pierden, y te lo dicen referentes deportivos, como Piqué. La publicidad juega con la confianza que ellos infunden. Y, en cualquier momento de debilidad, entras”.

El tratamiento para este tipo de trastornos resulta de una combinación de psicoterapia individual con terapia farmacológica, que es de gran utilidad para frenar los impulsos y manejar los sistemas de regulación de la conducta. También se pueden administrar fármacos inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina, empleados en el tratamiento de la depresión, o la naltrexona, un fármaco que frena la impulsividad.

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