Costa-Gavras no es solo uno de directores cine más comprometidos del último medio siglo, también podría hablarse de él como de uno de los pioneros del thriller político. Nacido en Atenas (Grecia) hace 86 años y nacionalizado francés, ha abordado a lo largo de una veintena de películas algunos de los desastres sociales más clamorosos del siglo XX, desde el golpe de Estado en su Grecia natal (él mismo tuvo que emigrar en 1955 como consecuencia de la guerra civil) a las ‘desapariciones’ en el Chile de Pinochet, los grupos racistas estadounidenses o la pasividad de la Santa Sede ante la persecución de los judíos por los nazis.

“En su deseo por denunciar lo ocurrido, el director acaba firmando una película demasiado plana y maniquea”

En 2012, con la que era su última película hasta la fecha, El capital, se metía de lleno en el terreno financiero para abordar la fuerza corruptora de las grandes sumas, así como la implacable actitud de aquellos que las amasan y buscan siempre un mayor rédito a cualquier coste. En un paso más hacia en ese territorio, ahora desde la crónica realista que siempre ha preferido, llega a las pantallas Comportarse como adultos, su rotunda aproximación a la crisis vivida en su país natal en 2015 y la intervención de la Troika.

Gavras, que ha recibido recientemente sendos homenajes en Venecia y San Sebastián, explicaba de este modo a la prensa su visión de aquel periodo: “Lo que ocurrió en 2015, cuando la izquierda de Syriza subió al poder y parecía abrirse un rayo de esperanza para un país con una deuda enorme, fue una vergüenza. La Troika solo quiso salvar a los bancos, porque lo cierto es que la deuda griega se ha multiplicado, la precariedad se ha instalado en el país y ha obligado a muchos griegos a exiliarse”.

Fue entonces cuando cobró fuerza la figura de Yanis Varoufakis, el carismático ministro de Finanzas griego, erigido defensor de toda la clase obrera vapuleada por la crisis. Las historias sobre su férrea oposición ante “los dueños de Europa”, a grito vivo en ocasiones, lo convirtieron en un héroe para parte de la población griega, y precisamente sus recuerdos de aquellas conversaciones han servido de base a Gavras para poner en pie la película.

El mayor problema es que, en su deseo por denunciar lo ocurrido, el director acaba firmando una película demasiado plana y maniquea, en la que los buenos lo son mucho y a los malos solo les falta comerse algún niño en pantalla. Es tal su interés por dejar clara la denuncia que Gavras desdeña todo recurso estilístico para apostar por una narrativa simple y directa, práctica más que artística, para que el espectador no se distraiga con nada que aparte su atención del mensaje. Y ese es el riesgo: que por momentos es tan evidente su intención que puede llegar a provocar rechazo.

Con todo, y a pesar de la falta de carisma de Christos Loulis como Varoufakis en la pantalla, la película funciona mejor como bofetada a la vieja Europa que como defensa de los ‘pobres’ griegos. Desde la inclemencia de la Alemania de Merkel a la desvergüenza británica o la hipocresía francesa, todos tienen su merecido reflejo en la historia, en la que tampoco falta el lamento por la ingenuidad y falta de experiencia del gobierno de Syriza.

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