El tres de septiembre, en el Salento, el sur de la región Puglia (taco de la bota de la península italiana), desapareció una chica de dieciséis años. Pasaron pocos días hasta que el novio, de diecisiete, confesara el crimen y llevase a la policía al lugar del cadáver.

Mataron a una chica.

Conmoción en Specchia, el pueblito de cinco mil habitantes donde vivía la muchacha con su familia. El asesino (quisiera escribir «el novio»), un adolescente que tenía problemas con sus padres, que lo echaron de la casa, un chico que inclusive durante unos meses vivió en lo de su novia, cuyos padres lo hospedaron porque él no tenía adónde ir y dormía en lugares abandonados. El muchacho que vivió en la casa de su novia, la chica que logró convencer a sus padres de que los ayudaran a ayudarlo , al menos por un tiempo.

Mataron a otra chica.

Busqué algunas crónicas para escribir acerca del asesinato de Noemi Durini. Leí, en distintos medios italianos, que los chicos tenían una relación complicada y tormentosa, que en mayo la madre de ella había denunciado al chico, que se llama Vincenzo, que los asistentes sociales le habían prometido un plan de re-educación para la hija, porque se escapaba con él, porque le iba mal en el cole, que el chico fue sometido varias veces a un tratamiento sanitario obligatorio.

Leí atónito las imposibles palabras del comandante de los carabineros en el Corriere: El Estado no intervino porque por la denuncia no había una situación gravísima, a la chica le dieron pocos días de prognosis por algunas lesiones leves por bofetadas, denuncias como esas llegan a decenas.

Mataron a una chica y un imbécil que representa a las fuerzas del Estado dice que la situación no es gravísima, porque las lesiones eran leves: claro, Noemi había sido solo un poco cacheteada.

Que la noche del asesinato, luego de haber escrito en su Facebook «No es amor si te controla» y otras frases similares, ella se encontró con él, por algún motivo ella tenía un cuchillo que él le quitó y le clavó cerca del cuello. Que confesó que la había matado a piedradas, pero los estudios dijeron que ella murió por la herida.

Volvieron a matar a una chica.

Pasa más seguido de lo que pensamos. Está por pasar otra vez, ahora, en Italia, en Rusia, en Argentina, en África. En Australia, China, México, podemos poner el país que queramos, el feminicidio es de lo más cosmopolita.

En los diarios italianos se lee que el padre del asesino ayudó al hijo a esconder el cadáver, cubriéndolo de piedras, en un descampado perdido en alguna parte del Salento. Denuncias desoídas, reacción letalmente tardía. El ministro de Justicia envió inspectores, quizás este caso sirva para que remuevan a esos pocos policías de la provincia de la provincia y vengan otros un poco menos negligentes.

Con pocas esperanzas vuelvo a pensar que espero que el asesinato de Noemi Durini sea el último.

Mataron a una chica.

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