Una de las principales causas del brutal aumento de la desigualdad en España, de que estemos a la cabeza de Europa en porcentaje de trabajadores pobres, es la disminución del peso de los salarios en la economía de nuestro país. Esa es la opinión de Oxfam Intermón. Y lo certifica la realidad incuestionable de los salarios bajos y del empleo precario y poco estable que domina la escena española. Así, por ejemplo, en el 2017 la duración media de los contratos fue de poco más de 49 días frente a los 72 de antes del estallido de la crisis. Como consecuencia de todo ello, nuestro mercado laboral genera mucho menos clase media que otros de nuestro entorno: 12,5 puntos porcentuales menos que en Francia y 16,4 que en Suecia.

Por otro lado, según Oxfam, en cuanto a protección social España es el quinto Estado de la UE en menor aprovechamiento de las transferencias públicas para redistribuir la renta nacional. Y siendo la quinta economía más grande de Europa somos sin embargo el decimotercer país en porcentaje del PIB invertido en protección social. Además, resulta que el 20 % de la población más enriquecida recibe mucho más que el 20 % de la más empobrecida: mientras que la primera recibe el equivalente al 163,1 % de la transferencia media, los hogares más empobrecidos apenas reciben el 54,4 %. El resultado de ello es que gracias al deficiente sistema español de transferencia de rentas no salen de la pobreza ni una de cada cuatro personas, mientras que Dinamarca, Irlanda o Finlandia se reduce la pobreza en una de cada dos. Y hay que señalar así mismo que hay una brecha de género en cuanto a protección social; la pensión contributiva de las mujeres que acaban de jubilarse es casi un 30 % inferior a la de los hombres y las mujeres reciben el 77 % de las pensiones no contributivas de jubilación según datos del Imserso.

Todo esto ha ido acompañado de un aumento de la presión fiscal a las familias, mientras que se ha reducido la presión a las empresas, y sobre todo a las grandes. Si el impuesto de Sociedades en el año 2007 suponía 22 euros de cada 100 recaudados, ahora tan sólo son 12, mientras que 83 provienen de las familias. El 20 % de la población más pobre paga en promedio como consecuencia un 27 % de su renta en impuestos, una cifra prácticamente similar al 10 % más rico. La evasión y la elusión fiscal completan el panorama, así como un sistema ineficiente de beneficios fiscales y gastos deducibles. Baste recordar la cifra de que en el año 2016 había casi mil filiales de empresas del Ibex 35 en paraísos fiscales.

La desigualdad además, como recuerda Oxfam Intermón, hace que las personas no disfruten en la misma medida de cuestiones tan esenciales como la salud o el número de años que vamos a vivir. Así, siete de cada diez personas residentes en Madrid diagnosticadas con un problema crónico de salud viven en los barrios de menor renta. Tal vez por ello, en la propia Barcelona, la diferencia de la esperanza de vida entre el barrio más rico y el más pobre supera los once años, sí, los once.

Estos son datos escalofriantes. Y que son tozudos. Dibujan un panorama que hace que la decencia, la mínima decencia, se tenga que rebelar. Y todavía más cuando las perspectivas de futuro, con una cuarta revolución industrial y tecnológica que ya está aquí, son más que preocupantes. Sobre todo si no hay reacción.

Cosas que importan (1)

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