Envueltos en el ruido y la furia, aturdidos por terrenos de juego interesados para ocultar lo obvio y desviar la atención, a los ciudadanos de este país a veces nos cuesta distinguir lo importante. Sobre todo porque a la gran mayoría de las élites españolas no les interesa que figure en la Agenda las cosas que importan. Y es que centrarse en la brutal y creciente desigualdad, en la pauperización progresiva de los ciudadanos de este país, o en las terribles perspectivas de empleo y pobreza que presenta la denominada cuarta revolución industrial, la revolución tecnológica, implicaría tal vez una contestación de los españoles que temen. Hablemos pues de ellas.

Según el último informe de Oxfam Intermón, durante el año 2018 el 1 % de las personas más ricas de España acaparó 12 de cada 100 euros de la riqueza creada, mientras que el 50 % en situación de mayor pobreza se tuvo que repartir apenas 9 de cada 100 euros. Esta desigualdad de ingresos se refleja en el dato de que entre el 2013 y el 2016, supuestos años de crecimiento económico, 19 de cada 100 euros fueron a parar a manos del 10 % de hogares con las rentas más altas, prácticamente lo mismo que llegó al 30 % más pobre y hasta cinco veces más de lo que acabó en el 10 % de los hogares con menor renta de España. Entre 2008 y 2017 además, el 30 % más pobre ha visto caer su participación en la renta nacional en más de un punto porcentual, una proporción similar a la que ha ganado el 30 % más rico. En esta última década España ostenta el dudoso honor de ser el segundo país europeo, tras Bulgaria, donde más ha crecido esta desigualdad. Así, mientras en el 2008 los hogares del 10 % con mayores ingresos multiplicaban por 9,7 la renta disponible en los hogares pertenecientes al 10 % más pobre, en el 2017 esta diferencia se multiplicaba por 12,8 veces. En la actualidad, según Oxfam Intermón, el 10 % de las personas más pudientes en España concentra más riqueza neta (hasta un 55 %) que todo el resto de la población española.

La principal causa de esta creciente desigualdad, de estas lamentables cifras, se debe a la creciente precarización del mercado de trabajo español, con un gran peso de contratos con bajos salarios, temporales (el 51 % de las personas asalariadas tienen un contrato temporal, parcial o ambas cosas), y que ha supuesto que la cifra de los llamados “trabajadores pobres” se haya disparado en España hasta alcanzar el 15 % de los hogares según la OCDE. De hecho, tenemos el dudoso honor de ser el primer país de la UE con mayor porcentaje de “trabajadores pobres”. Y la mayor parte de los mismos son mujeres. Los puestos peor retribuidos, más precarios y menos valorados son ocupados en un amplio porcentaje por mujeres. Así, el 71 % de las personas con un contrato parcial no deseado son féminas.

En cuanto a las consecuencias de esta situación, podemos señalar, además de lo visto, el adelgazamiento constante de las clases medias. Así, uno de cada seis hogares de la llamada clase media entró en la pobreza durante la crisis y no ha salido de ella. Y han resultado los más afectados la llamada clase media-baja, que ha visto como si en el 2000 contaban con el 37 % de la riqueza del país, el porcentaje caía diez puntos en el 2014.

Por otro lado, también hay que insistir en que en España la desigualad se cronifica, como señala Oxfam Intermón, a través de las generaciones. Así, en nuestro país, el hijo de un padre con ingresos altos ganará un 40 % que el de un padre con ingresos bajos. En Bélgica, Dinamarca, Finlandia o Noruega, este porcentaje se reduce al 20 %. De hecho, de todos los chicos y chicas que dejan la educación prematuramente, uno de cada dos proviene de los hogares más pobres.

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