Si algo quedó en claro tras las elecciones del pasado domingo es que el Reino de España es una nación de naciones, un Estado Plurinacional, en donde la ‘centrifugosidad’ del sistema hizo triunfar, precisamente, a las fuerzas centrífugas.

En un sistema parlamentario como el español no triunfa quien saca más votos, ni siquiera quien obtiene más escaños, en un sistema parlamentario triunfan, y hay que hablar en plural porque salvo mayorías absolutas siempre los triunfantes son más de uno, quienes logran constituir acuerdos que permitan mayorías que puedan formar gobierno… o quienes sin ser mayorías puedan conformar un polo de poder que impida tal formación.

Y la elección del pasado 10 de noviembre tuvo varias particularidades, la principal, el crecimiento de los extremos del eje, que ente caso no va de izquierda a derecha sino de nacionalismos regionales a nacionalismo estatal. Pasaron seis meses y medio tras la elección del 28 de abril y hoy la situación parlamentaria es todavía más compleja para intentar formar gobierno.

Hoy hay tres formaciones más con representación parlamentaria que las que había en la legislatura anterior, y las tres son regionalistas. Al otro extremo de la horquilla, el nacionalismo central ha crecido en 116,7% su cantidad de escaños.

Las denominadas fuerzas constitucionalistas están en una situación peor que la registrada meses atrás, hoy se necesitan mucho más entre sí para lograr destrabar la formación de gobierno, y si no lograran consensuar un mínimo de acuerdo, necesitan más de las fuerzas regionalistas para poder intentar construir mayorías.

Adicionalmente a esta complejidad, y provocada por un sistema electoral de circunscripciones, partidos con bajo caudal electoral pero bien situados territorialmente, consiguen curules en el hemiciclo y podrán determinar, o no, la formación de gobierno. Así mientras cada diputado de Más País representa a poco más de 193.000 votos y cada legislador de Ciudadanos a casi 164.000, un representante de Teruel existe representa a apenas 19.696 electores, es decir, casi un décimo de la representación del partido madrileño.

Resulta compleja entonces la posibilidad de formación de gobierno, puesto que, además, la posibilidad de una gran coalición se ve dificultada a partir de la irrupción de la ultraderecha de VOX, que se ha convertido en la tercera fuerza política española, y con la que las fuerzas de izquierda han adelantado que no están dispuestas a pactar. Así que a menos que haya un acuerdo entre socialistas y populares, cualquier alquimia para la formación de gobierno debe incluir fuerzas nacionalistas.

Vuelve entonces el debate acerca de la (re) construcción del Estado español y su razón de ser, si debe ahondar, aunque difícil, el camino de las comunidades planteado a partir de la Constitución de 1978, reconociendo particularidades a las Comunidades y realidades diversas o sí, por el contrario, esa realidad debe cambiar, tendencia que por el momento sigue siendo minoritaria. Si la opción es el cambio, se abren entonces dos posibilidades, a un lado una vuelta al pasado de la mano de VOX con su idea tardofranquista de Una, Grande y Libre, o, por el contrario, si se trabajan en nuevos caminos para dotar de mayor autonomía y poderes a las Comunidades a partir de comprender que España es una nación de naciones.

El bloqueo que obligó a la convocatoria de nuevas elecciones provocó un problema más complejo que el preexistente, hoy España está más lejos de conformar gobierno que tras las elecciones de abril pasado. Lo que se pensó como una solución fue una agudización del problema.

Decía Albert Einstein que ‘Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes’, los próximos días demostrarán cuán locos están quienes deben decidir el futuro de España.

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