convencer

Todo comienzo implica un regreso y una repetición más que un logro lineal. Busca producir una diferencia y para ello presupone a la vez algo familiar y algo novedoso. Como hogar; como patria chica: el lugar del nacimiento, de la lengua materna, de la atmósfera protectora de la infancia; región de la amistad y la seguridad, el estar en casa, el sitio al que debemos regresar siempre y entrever la vida verdadera.

La casa, como decimos, es el lugar al que volvemos. La posibilidad de volver es lo que nos afianza. Poder volver. Poder regresar. Incluso la infancia, el recuerdo de la infancia actúa a modo de casa. Aún que se haya tenido una infancia dura siempre hay algo de la infancia que permite ese regreso cálido que permite volver para reconfortar el presente.

Pero a la vez sabemos que los sentimientos malignos se heredan. De niño, si eres educado por alguien que acababa de salir de una catástrofe, de alguna manera deja huellas. No puedes decir: esto no tiene nada que ver conmigo.

Así, se ve cómo el silencio final alude a un espacio – el de lo indecible – señalado por las reglas implícitas que articulan los fundamentos políticos, religiosos y morales de una sociedad. La renuncia se transforma en un signo que revela – sin nombrarlas – las consecuencias ineludibles de la transgresión de aquellas normas incuestionables.

Y un insecto lento pasa a nuestro lado, inadvertido, camina para alejarse de nosotros, caminará hasta la Antártica o altamar si es necesario, a plena luz, sin fundirse con nada. El insecto no cede. La pregunta obligada es: ¿qué hacemos nosotros?

Y cuando te alcanzan estas dudas ves que posponer es dimitir y te asustas porque tal vez, después, lo perdido ya no pueda recuperarse de ningún modo, o la oportunidad ha pasado y la posibilidad de lo imposible sea su definitiva imposibilidad (básicamente porque nadie lo tenga ya en la cabeza, nadie sueñe con ello). Y lo sublime, lo buscado, lo perseguido sin sustrato se evapora.

Algo en mi se resiste e intuye que en este paso está la concesión de la batalla entera.

Porque, vista desde fuera, la razón no es más que una enorme repetición. Por supuesto, la razón validará a la razón como principio rector del universo. ¿Qué otra cosa iba a hacer? ¿Destronarse a sí misma?

Los sistemas de razonamiento, como los sistemas totalitarios, carecen de ese poder. Si hubiera una posición desde la que pudiera atacarse a sí misma y destronarse a sí misma, la razón ya la habría ocupado. La razón nos reafirma lo que ya sabíamos: que convencer es infructuoso.

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