En la nueva normalidad, relacionarse con personas diferentes a tu círculo de contactos directos se hace extraño. Nos hemos vuelto islas digitales, muy conectados por las plataformas ​online​ y videollamadas, pero muy alejados físicamente.

Ahora que estoy empezando a comercializar mi ​startup​, al ser un tipo de comida rápida que prueban los ​early adopters, me estoy quedando muy sorprendido. Por un lado, estamos teniendo rápidos contactos, gratas sorpresas de producto, ágiles demostraciones, donde, para probar, se bajan durante unos segundos las mascarillas mientras yo conservo la mía puesta con su filtro. Y, por otro lado, hay personas que prefieren probar la comida sin contacto alguno, tras dejársela en su puerta.

Desde que pasé la Covid19 en marzo, tomo las cápsulas experimentales que me quitaron las secuelas y que están minimizando la covid a amigos que se atreven a tomarlas también, pero me da que quienes lo hemos superado somos los que más énfasis ponemos en protegernos, porque no queremos volver a pasar por esa pesadilla.

Incluso en mi restaurante favorito, cuando voy una vez al mes a celebrar la vida, elijo una mesa redonda amplia de más de metro y medio de diámetro para que los otros dos comensales se sientan seguros, aunque suelen ser pareja. Sí, no mezclo diferentes círculos convivientes sin llevar mascarilla. Y reconozco que me lo pienso varias veces cuando me invitan a inauguraciones de exposiciones y prefiero ir otro día a aprender de esa expo, aunque pierda sinergias laborales.

Como relaciones públicas, me adapto a la aséptica manera de relacionarnos, acordándome del mítico programa del siglo pasado de Bertín Osborne, “Contacto con tacto” cuál peli de ficción. ¡Cuánto echo de menos un buen abrazo de los de corazón con corazón a lo Cipri Quintas.

De igual forma, no acabo de comprender a los amigos que me envían selfies con personas con las que se han juntado a comer que no son sus contactos directos, que aparecen en la foto bien juntos y con las mascarillas bajadas, como si hacerse un selfie no comportara riesgo alguno. ¿Sería menos selfie si se lo hicieran con las mascarillas puestas? ¿Cuándo se darán cuenta de que la verdadera sonrisa es la de la mirada? Cual espejo del alma. Más aún si cabe sabiendo que los contagios de Covid se están dando en el ámbito personal, cuando nos relajamos y nos juntamos con amigos o familiares en casa.

Por ello, se me escapa la razón por la que, en Cataluña y otras comunidades, se ha obligado a cerrar los restaurantes a cal y canto. Un bar pequeño puedo entenderlo, dada la dificultad de guardar las distancias; pero es incomprensible en restaurantes donde se han dejado las ganancias del año pasado en habilitarlos frente a la Covid19 y donde todo el mundo va con respeto y mascarilla. Para más inri, se ha visto que antes del cierre de la hostelería, en Barcelona se notificaron 2.251 casos de Covid19 y a las dos semanas ¡6.000 casos! ¿Será que la gente se fue a la playa a tomar sus latas de forma relajada entre amigos? ¿Será que en un restaurante mostramos más respeto por los demás?

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Soy abre puertas, se me da bien conectar necesidades con soluciones. Me rijo por tres frases: la de mi madre “la vergüenza pasa y el provecho queda en casa”; la de mi padre, “la persona más feliz es la que menos necesidades tiene”; y la mía, “para crear valor hay que tener valor”. En plan profesional, soy FEO (Facilito Estrategias Operativas), conecto innovación con el mercado, mentor y docente en @eoi y @SEK_lab. Emprendedor con mi startup de comida rápida saludable. Autor libro “abre puertas, cómo vender a empresas”. Miembro de @Covidwarriors. En otras décadas organicé en IFEMA la feria Casa Pasarela y fui gerente de un concesionario oficial en Madrid de motos Honda. Licenciado en Dirección y Administración de empresas por CEU San Pablo, diplomado en diseño industrial por IED (Instituto Europeo Di Design), master de comunicación aplicada en Instituto HUNE.

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