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Construir el vacío

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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La arquitectura tiene mucho que ver con la estructura profunda de la materia. A nivel subatómico: partículas vibrando en zonas de indeterminación que definen volúmenes muchos órdenes de magnitud mayores que lo que ocupa la masa. La materia, pues, es vacío condensado por un elemento infinitesimalmente más pequeño. No estoy seguro de si esta analogía es válida o es una simple metáfora: depende de la confianza que tengamos en la capacidad de la matemática no lineal para explicar fenómenos físicos, porque este tipo de matemática postula que los fenómenos organizativos de la materia no tienen escala. Es decir: de un grano de arena a una montaña hay pocas diferencias en sus condiciones iniciales. Después la historia del elemento en forma de interacción con otros elementos, etcétera, lo conforma desde esta similitud inicial.

La arquitectura construye el vacío. Cantidades relativamente pequeñas de materia lo organizan, lo condicionan y nos permiten habitarlo, trabajarlo, usarlo. Existimos en este vacío, un vacío que llamamos espacio urbano, casa o paisaje según su escala y sus características.

En el proyecto que reseñaré esto es evidente, porque el trabajo sobre el vacío que conforma se hace prácticamente sin intermediarios. El vacío está en la misma naturaleza del encargo, que es, precisamente, arreglar uno. O, en palabras más llanas, arreglar un patio.

Empecemos.

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Santibáñez de Valcorba es un pequeño pueblo de la provincia de Valladolid, habitado por 163 viviendas en 2016 según Wikipedia, ubicado en medio de la nada, al margen de cualquier carretera principal. Un magnífico ejemplo de los paisajes de aquello que Sergio del Molino llama la España Vacía.

Dos apuntes ínfimos:

1_ Leed el libro que lleva este título.

2_ Espero que alguien responsable se dé cuenta que, en términos paisajísticos, la diversidad de esta España Vacía es uno de los valores patrimoniales, arquitectónicos y paisajísticos más importantes de nuestro país.

La gestión de nuestro proyecto es un digno ejemplo de ello.

Sigamos.

En Santibáñez de Valcorba vive un ingeniero dedicado a las energías renovables en una casa de pueblo bastante digna: cuatro paredes portantes muy gruesas, mucha inercia térmica, un buen tejado que la proteja, casa que forma parte estructural de esta casa más grande que es el pueblo. En la España Vacía se vive agrupado, compacto, protegido.

La casa, un buen ejemplo de estas arquitecturas incrementales que conforman estos pueblos, tiene un gran patio que se había ido colonizando a base de construcciones auxiliares adosadas a su elemento más importante: la valla, de la que la casa forma parte integrante. Estas construcciones auxiliares se conforman con una mezcla de materiales que comprende piedra, ladrillos, estructuras porticadas de madera y teja árabe formando cajas con huecos pequeños que se van organizando con una cierta anarquía alrededor del patio, una especie de guirigay amorfo, inhóspito.

Oscar Miguel Ares, residente en Valladolid, es un arquitecto profesional y vocacionalmente vinculado a esta España Vacía. Entiende y valora sus paisajes de una manera implicada que no le impide tener una visión en perspectiva suficiente como para desgranar sus mecanismos y operarlos. Tiene mucho que decir sobre ellos. Surfead su obra y os llevaréis buenas sorpresas al respecto.

Oscar Miguel Ares ha arreglado este patio haciendo un proyecto sobre el vacío que funciona a muy diversas escalas. Si se mira con perspectiva el arquitecto no ha hecho nada. Las características de la casa permanecen inalteradas para que siga haciendo pueblo. Por casa entiendo tanto las cuatro paredes de la vivienda más privada que no tenían por qué tocarse y la valla que forma el patio, que sí se intervendrá. A escala grande el proyecto funciona como una especie de intercambiador, un elemento mínimo que relaciona el gran vacío del paisaje con el vacío doméstico del patio.

Domesticar el vacío es el proyecto.

Es importante darse cuenta que, programáticamente, Oscar Miguel Ares sigue sin hacer nada. Su intervención no puede ser entendida de este modo. Se ha de entender en términos de crear vivienda. Habitar la vivienda en su condición previa era complicado. Ahora es un lujo, un vacío doméstico, confortable, amable, cómodo, con personalidad.

El cómo:

Primero, se crea una plataforma, un plano horizontal, un suelo de hormigón continuo que enmarca un área verde en su centro.

Segundo, se cubre con un segundo plano horizontal dispuesto a unos tres metros de altura que regulariza el perímetro: cuando éste se le acerca sigue la geometría existente. Cuando se agujerea se torna perfectamente ortogonal. Este segundo plano horizontal forma una cubierta gruesa. Exageradamente gruesa. Una cubierta gruesa soportada por pilares delgados. Exageradamente delgados. Esbeltos. Esto crea tensión. El mucho peso te enraíza, te liga a la plataforma del suelo, te abriga sin necesidad de ninguna pared, te da estabilidad. Sensación de refugio. De abrigo.

Tercero, lo que se derriba para conformar este vacío se usa como material para la nueva construcción, reciclando entre el 50 y el 60% del material que estaba en la parcela en la nueva obra, como hacía (como hace) toda la arquitectura popular, tanto de este lugar como de cualquier otro, una arquitectura que siempre trabaja no ya con recursos limitados, sino con el existente, sin que esta voluntad de reciclaje convierta la intervención en pusilánime, más bien lo contrario: se derriba sin miedo y se reconstruye sin miedo. Ahora la valla es una sólida construcción de piedra con una pequeña ventana que realza todavía más su potencia.

El nombre que Oscar Miguel Ares ha dado a su proyecto es más doméstico y prosaico que todo esto: El patio de mi casa. Hablar del vacío está muy bien en artículos como este, pero de lo que estamos hablando en realidad es de un lugar para estar bien, doméstico, pedestre, un lugar al margen de los grandes discursos y de las críticas. Y es esto lo que ha conseguido en este proyecto por encima de manifiestos y maniobras de comunicación. Como ha de ser la arquitectura.

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