domingo, 25julio, 2021
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Confinamiento para todos, ¿pobreza para algunos?

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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A día que escribo este artículo (09 de mayo), en España han muerto más de veintiséis mil personas debido a la pandemia. Si no fuese por el virus, y añadiendo algunas deficiencias en la gestión y precaución ante su momento álgido y carencias en la infraestructura sanitaria, salvo accidentes o enfermedades, la mayoría de estas personas estarían vivas. Es decir, mientras escribo, “continuarían viviendo”. Tal vez, a estas horas, mientras amanece, estarían desayunando o durmiendo. Tal vez, alguna estaría paseando, alguna trabajando. Ahora no están, y esto es irreversible. La muerte significa una ausencia definitiva.

Un servidor, directamente, solamente conoce una víctima del Covid19: nuestro vecino más próximo, que habitaba una pequeña casa blanca a unos 200 metros de distancia. No llegaba a los 50 años. Apenas nos saludábamos si coincidíamos en algún camino: distancia y cortesía. Ahora la casa está vacía, y vamos, o van mis hijos solos, a poner pienso a los gatos. Hay una gata a punto de parir, y sólo con verte se pone a ronronear.

No creo que me acusen de insensible si les digo algo evidente: los sentimientos producidos por la muerte aumentan con la cercanía emocional de la víctima, menguan con la distancia. No es lo mismo si quien fallece es un amigo, la propia madre o un hijo o hija. No obstante, todos sabemos que cada víctima, por lejana que sea, tiene algún gran amigo o madre o hijos: los sentimientos de gran dolor, el desgarro, están ahí, esparcidos por toda nuestra sociedad, y solamente recaen sobre algunos. Hay dolor, hay sufrimiento y muerte. Se abalanza sobre unos y, sobre otros, no. Pero está ahí, aquí, envolviéndonos.

Critiqué, en su momento, el comparar la pandemia con una guerra (https://diario16.com/hollywood-militares-virus-y-metaforas-es-necesaria-una-rebelion/), basándome en lo más superficial y pasando por alto lo siguiente: la voluntad. Cuando hay una guerra, hay una voluntad de matar, una voluntad de destruir. No entro en las justificaciones de una guerra, en su justicia o injusticia, sino en ese hecho fundamental: la voluntad de destruir. En la pandemia, no hay ninguna voluntad, el virus no la tiene.

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Sí hay nuestra voluntad: no morir. Todo lo que se está haciendo es para no morir, nosotros u otros (poco a poco, parece que vamos entendiendo que otros, también es nosotros). No se confundan, no es para vivir: es para no morir por causa del virus, que no es lo mismo. Que se enfoque de esta manera tan descarnada es lo que permite esta especie de elección maniquea que se está imponiendo: ¿confinamiento o economía?

Los vivos y, sobre todo, los vivos que no sufren el dolor de la muerte próxima, ven pasar los días reptando, inexorablemente, hacia una recesión económica sin parangón. Va a ser muy duro para muchos. Una recesión con una característica nueva: es a causa de nuestra voluntad.

Sí, la causa de la recesión es nuestra voluntad de que no haya más muertes, de proteger aquella gente que, incluso, no conocemos de nada. Hemos decidido sacrificar el flujo económico para protegernos entre todos. Porque la reacción ante la pandemia se podría haber hecho de diferentes maneras. Seguro que algunas mejores, sin tanto militar ni tanta palabrería nacionalista (aunque se vista de izquierdas), pero también de maneras peores. Incluso, se podría no haber reaccionado, e ir muriendo los más débiles como moscas mientras salvaguardábamos la economía.

Imaginen la última alternativa, que lo es, de no haber hecho nada salvo incinerar a los muertos: ¿cuánto hubiera aguantado la sociedad con unas cifras diez o cien veces más altas? ¿Con centenares de miles de muertos? Suponemos que poco. ¿Por qué? Porque, entonces, todos hubiéramos tenido muertos en la familia, entre los amigos íntimos. Todos hubiéramos sufrido ese dolor y desgarro que, a día de hoy, intentan soportar una parte. Todos hubiéramos sentido el peso de la muerte (y su amenaza) sobre nuestras espaldas.

Nuestra voluntad ha sido restringir o aceptar la restricción de libertades (que lo es), y ha sido aceptar un futuro económico peor. Todo ello a sabiendas: no es como aquello del Lehman Brothers, no es una crisis económica con expertos explicándonos sus causas, entre ajenas y abstractas, sino que somos conscientes de preferir un futuro económico desastroso a cambio de no extender ese dolor y sufrimiento por toda nuestra sociedad. Aunque, es cierto, toda decisión humana tenga algunos tintes egoístas, ello se solapa con una intención comunitaria y de solidaridad.

Es por ello que, las consecuencias de la depresión económica (y que no se avecina: para muchos ya ha llegado) no pueden dejarse al ámbito individual. La crisis, hay que socializarla, repartirla, de igual modo que se ha socializado el confinamiento.

Ya hay personas que llevan un par de meses sin ingresos, y van a venir largos meses con muchas personas sin trabajo, sin ninguna posibilidad de tenerlos. Con gastos. Con algunos gastos básicos que son ineludibles. Algunas personas saldrán antes, del mismo modo que tantas personas no se han infectado con el Covid. Otras personas no van a poder salirse solas, sin ayuda, como tantas personas infectadas que han necesitado ayuda respiratoria para no morir.

Se oyen algunas voces (pocas, pero seguramente crecerán) que piden que algunos sectores se “reinventen”. Por ejemplo, se oye frente al mundo del turismo. Pero las restricciones y la falta de empleo, la colosal cantidad de desempleo que se va a producir en este sector, no es culpa del modelo, sino por la protección sanitaria de todos. Otra cosa es que el modelo económico de España deba cambiarse, y que es tan sabido como ignorado: que se abra una oportunidad para hacerlo no significa que deba hacerse a expensas de aquellos más débiles, inmersos en una decisión comunitaria de sobreponer la salud a la economía.

Hay segmentos del mercado que no pueden teletrabajar, que no pueden “reinventarse” así, sin más. Que no van a tener alternativa. Si estas personas se quedan solas, si la sociedad (donde incluyo el Estado como legislador de la voluntad social) les dice, en las formas, pero seguro que no en las palabras, que están solas ¿qué van a hacer? ¿Qué van a pensar? El día, si se da, que aparezca otro virus o un rebrote del actual, ¿quién les va a pedir que acepten su restricción de libertades? ¿Quién les va a pedir que acepten un futuro económico peor en aras de la salud colectiva?

Las personas que se han quedado sin ingresos y todas las que se van a quedar sin estos, no es por holgazanes, no es por haber trabajado poco o mal, no es por no saber “adaptarse”, sino que es por haber decidido, todos, reducir los tentáculos de la pandemia: la muerte, el sufrimiento y el dolor.

Si el Estado (en nombre de todos nosotros) les da la espalda, se le da la espalda a la solidaridad: ésta no finalizaba quedándose en casa o saliendo con mascarilla. La solidaridad no es aplaudir en un balcón, esto es agradecimiento. Si el Estado (que somos todos) no tiene dinero para este apoyo, las siguientes dos iniciativas, y seguro que hay más, deberían hacerse a la vez:

1) Plantearnos por qué no hay dinero. Y, aparte de la gestión económica, la población debería, de una vez por todas, comprender los costes reales de la corrupción y de la evasión fiscal. ¿Cuándo reaccionará el pueblo español ante el coste de la corrupción y de la evasión fiscal? Que no se trata de politiqueo, sino de nuestro dinero, del tiempo que hemos empleado en trabajar y consumir. Hay que exigir el fin de aquellos que nos roban ya sea mediante comisiones, mordidas, maletines reales a Suiza o ingentes cantidades de dinero en Panamá o dónde sea menos aquí. Ese dinero son camas de hospitales, son aulas para los niños, es lo que votemos cómo se ha de distribuir: pero, para ello, ha de estar aquí.

2) Hay empresas que se sirven de la colectividad, con enormes beneficios. Ya sean bancos o financieras, grandes empresas, energéticas, que se hinchan gracias a la necesidad colectiva. Tal vez no parezcan monopolios, es decir, que usted puede elegir un banco u otro, una compañía de la luz u otra, una del gas u otra, pero está obligado a ir a un banco y a tener una compañía de la luz y del gas. Si se sirven de la necesidad colectiva, ahora es un momento en que deben aportar a esa colectividad. Y también las más altas fortunas debieran participar de ello: ¿acaso no se han beneficiado, a nivel sanitario, del sacrificio y confinamiento de todos?

El trato que se dé a todas aquellas personas que se han quedado sin ingresos a causa de hacer frente colectivamente a la pandemia, marcará la reacción futura de la sociedad ante nuevos virus o rebrotes. ¿Pensamos en el futuro o, como siempre, vamos a ir improvisando sobre la marcha?

Tal vez aquellos países que lo hacen mejor no son aquellos que lo hacen mejor, sino aquellos que “antes” lo hicieron mejor: los que, en su pasado, pensaron en el futuro, y que por ello su presente es otro. Miren la clase política que tenemos y tengan una cosa bien clara: son fruto de nuestra desidia e indolencia, no salen de la nada. Confróntelos con esos sanitarios que han arriesgado su vida, muy a conciencia, envueltos en bolsas de basura y mascarillas de pacotilla. Esos sanitarios que sabían, perfectamente, su riesgo de contagio, su riesgo de muerte. Algunos, han muerto. Todos sabían que les podía pasar. ¿Pueden confrontarlos con el paripé del Congreso de los Diputados? ¿Con el rey jugando a batallitas vestido de militar y “renunciando” a los millones de Panamá sin pedirle a su padre que los traiga de regreso a España (porque esto no se lo ha pedido nadie, ¿no?)?

Si queremos otros políticos que legislen diferente, hemos de decirlo y actuar en consecuencia. Pero primero, hemos de cambiar nosotros, y un primer paso es no dejar en la estacada todos aquellos vecinos, amigos, familiares o desconocidos que se confinaron con nosotros, que participaron en la protección de la sanidad con nosotros, y demostrarles que continúan siendo nosotros. Que, si el confinamiento era para todos, la pobreza no debe ser para algunos.

La “nueva solidaridad”, empieza ahora. Y, del mismo modo que el confinamiento solamente es efectivo si cada uno de los ciudadanos se hace solidariamente partícipe de él (aunque por edad no entre en un grupo de riesgo) y dando valor a las personas por encima del estamento económico, esta crisis debe ser repartida entre cada uno de los ciudadanos (aunque su profesión no esté entre en las más afectadas) y dando valor a las necesidades de las personas por encima del estamento económico.

****

Si sols miràvem enlaire, no veuríem florir les roses.

(Joana Raspall, 1913-2013)

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