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Érase una vez un pequeño pueblo de La Mancha toledana llamado Chicharra donde vivía una familia confinada por el Coronavirus. Era la hora de comer y sentados alrededor la mesa del comedor estaban la abuela Pascuala, su hija Ignacia y los dos hijos de ésta, Modesta y Saturio. Faltaba Silvestre, el padre de familia, que era camionero y había ido a Vigo a cargar veinte mil kilos de japutas que luego tenía que llevar a Mercamadrid. Hoy se cumplían cuarenta días de confinamiento. La abuela se estaba empezando a mosquear porque llevaba un buen rato mirando a los nietos que en vez de comer estaban concentrados cada uno en su teléfono móvil, poniendo el enésimo mensaje de Whatsapp del día.

Venga, qué hacéis así, dejar ya las maquinillas, que un día las voy a echar a la lumbre, y poneros a comer, que se van a quedar la patatas más frías que la pata de Perico, dijo. No tengo gana ninguna, esto de estar encerrados tanto tiempo me está poniendo malo, apenas como algo me cae en el estómago como si me hubiera comido un gorrino, dijo el nieto. A mí me pasa lo mismo, no aguanto más, no puedo ni ver la comida, se me ha cerrado el estómago y no me entra nada, dijo la nieta. Pinchar anda, tontos de la chorra, y sobre todo tú, la del “estómago cerrado”, ya estás comiendo, que te vas a quedar como esas modelos que parecen que están “enrazás” con galgas, contestó la abuela subiendo el tono de voz. Pues bien que se ganan la vida, mejor que yo que apenas saco para mis gastos con las clases particulares. Y eso era antes, ahora ya ni eso. ¡“Amos” anda! no digas tonterías, con un yogur al día ya van apañás, dime tú si eso es comer, seguro que cagan cuatro bolillas como las cabras cada ocho días… ¡Madre, que estamos comiendo!. Que parece que está usted esperando la hora de la comida para decir esas cosas, dijo Ignacia, la hija. No os entiendo, no sé cómo podéis comer y estar como si nada con la situación estamos viviendo. A veces me parece que ni sentís ni padecéis, dijo la nieta mirando a la madre y a la abuela.

¿Y qué quieres que hagamos?, ¿Que nos demos cabezazos contra la pared?, habrá que hacer por vivir, contestó la madre. Tampoco es para tanto, no pasa nada por estar un poco tiempo encerrados cada uno en su casa, además tenemos de todo, no como en mis tiempos que pasábamos más hambre que el perro de una fragua, terció la abuela. Si supiérais las que pasó mi padre, vuestro bisabuelo, no os quejaríais tanto. Y qué le pasó a nuestro bisabuelo?, preguntó el nieto sin despegar la mirada de la pantalla. Mi padre fue un “topo” no sé si sabéis lo que es eso. Yo creo que no porque no sabéis ni a tocino, solo sabéis hacer dos cosas, además de comer y cagar, una es estar sin levantar la cabeza del móvil todo el santo día y la otra, quejaros por todo, como si os pasara algo, dijo la abuela subiendo todavía más la voz. Mi padre sí que podría quejarse porque las pasó más putas que Caín, pero vosotros… que estáis a capricho y aún así no estáis conformes con nada y parece que todo el mundo tiene que estar para serviros, esperando que abrais la boca, tiene cojones la cosa, dijo la abuela casi gritando. Cuénteles a éstos lo del abuelo, que yo creo que no se lo ha contado nunca, y no se sofoque, a ver si voy a tener que ir a por la pastilla esa de debajo de la lengua, le dijo su hija. La abuela recogió las migas del hule que había alrededor de su plato, después se limpió los labios con una servilleta de papel, carraspeó y dio comienzo a su relato. “Una noche, mi padre, vuestro bisabuelo, que se llamaba Clotildo, llegó a esta casa, su casa, huyendo de la represión de los vencedores contra los perdedores de la batalla de Brunete, en la que tomó parte como artillero.

Al día siguiente se emparedó haciendo un tabique de rasilla en un rincón de la cámara, dentro metió un catre, una silla, una palangana y después él mismo. Su “cuarto” si es que aquel nicho podía llamarse así, tenía un ventanuco muy bien disimulado con tablas encaladas que daba al corral. Todas las noches le ataba mi madre un bote con la comida y el agua y él la subía con una cuerda y la metía por el ventanuco y bajaba otro bote con sus excrementos. Por fuera, mi madre dio de yeso al tabique, después encaló toda la cámara y no se notó que aquel tabique escondía un hueco de poco más de un metro y medio de ancho por tres y pico de largo donde mi padre quedó instalado para tiempo. Tanto tiempo como veinte años allí metido, hasta que dejaron de buscarlo y se relajaron un poco las ansias de reprimir a todo aquel que no pensara como el bando vencedor, porque al terminar la guerra y en la interminable posguerra que siguió, no hubo ningún gesto de reconciliación, de mano tendida por parte de los vencedores hacia los vencidos, sino todo lo contrario, todo su afán fue mantener vivas las ascuas del odio y el enfrentamiento. Este país es así, “mú rarico y complicaíco, y con mú mala leche”. Somos así y así nos va. Y no quiero hablar más que me conozco y cuando me pongo… Cuando salió mi padre al cabo de veinte interminables años, siguió diciendo la abuela, no era conocido, parecía un hombre de las cavernas, un “Nandertal” de ésos. Cuando salió, dijo mi madre: una de dos, o es vuestro padre o es un jamón que ha echado pelo y patas. Después de lavarse con estropajo y jabón Lagarto en una sera en el corral, donde estuvo previamente más de seis horas en remojo para que se le recalara y ablandara toda la roña, se puso un pijama, se afeitó, cenó solo y en silencio, se metió en la alcoba y allí se quedó acostado hasta su muerte. Y a pesar de las terribles condiciones en las que vivió mi padre los años que estuvo escondido, mi madre, mis hermanos y yo, estábamos contentos de tenerle allí porque por muy penosa que fuera su situación, que lo fue, ya lo creo que lo fue, siempre era mejor que estar muerto y dentro de una fosa común, como la de Quintanar de la Orden. Allí hay, por si no lo sabéis, 208 fusilados de 17 pueblos de alrededor. Mi padre bien pudo ser uno de ellos porque tenía todas papeletas para serlo, era sindicalista y luchó mucho por mejorar las condiciones de trabajo de los jornaleros, y si se libró del pelotón de fusilamiento fue porque se enterró en vida. Cómo os habéis quedado?” terminó diciendo.

Los nietos no contestaron, estaban deseando que la abuela acabara de contar lo que a ellos les parecía una batallita más de la anciana y apenas terminaron de oír el relato, cogieron los móviles, que no habían dejado de mirar de reojo en todo el tiempo que la abuela había tardado en contarles la historia del bisabuelo Clotildo, y se pusieron a mirarlos fijamente como hipnotizados por ellos. La abuela, visiblemente molesta les dijo: veinte años os metía yo en un agujero a ver si aprendíais, que estáis más verdes que la ova, que no os enteráis de nada, que se os está pasando la vida en blanco, zanguangos, más que zanguangos¡¡. Y echándoles una última mirada de desprecio, se levantó, cogió su plato y sus cubiertos y salio del comedor murmurando algunos insultos contra los nietos que ya hacía tiempo que no le hacían el menor caso.

La madre también se levantó y mientras recogía platos, vasos y cubiertos les dijo muy seria mirando a los dos hijos que seguían ajenos a todo lo que les rodeaba, absortos, ensimismados en las pantallas de los teléfonos: un día voy a echar los móviles a la estufa, como me llamo Ignacia que los echo.

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