Después de dos batidas de ojeo en sesiones de mañana y tarde, dos amenos conciertos de cacerolas, sartenes y otros instrumentos de percusión a cargo de una gran orquesta filarmónica de vecinos y vecinas que están ya hasta lo que hay una cuarta, más o menos, debajo del ombligo, lamentablemente no se ha conseguido levantar la pieza deseada. Se trataba de una empresa harto difícil, quizás hubiera sido más fácil hacer aparecer al Gamusino, al Lobisome o al simpático ratoncito Pérez. Se trataba de remover la conciencia del emérito y obligarle, o hacer que le obligaran sus amigos, familiares, amigas de toda condición, testaferros, consejeros y asesores más cercanos, para que donara los cien millones de euros que levantó de comisión por la obra del AVE a La Meca. Una dádiva que le dieron sus amigos saudíes con su rey a la cabeza, un hombre profundamente demócrata, abierto y tolerante que lidera una de las democracias más avanzadas del mundo, no como el abominable presidente Maduro que, como todo el mundo sabe, huele a azufre puro y duro, no como el rey saudí que huele a agua de rosas.

Ha sido una pena pero no se ha podido remover otra cosa que la indignación y el hartazgo. Hay que decir que a pesar de los muchos ojeadores que hubo haciendo ruido desde los balcones y ventanas de sus casas era muy difícil, por no decir imposible, levantar de su guarida a semejante trofeo sin más como si se tratara de una simple avutarda, recordemos que se trata una extraordinaria pieza de caza mayor con mucha experiencia en cacerías, aunque hay que decir que siempre del lado del cazador. Una pieza que no se dejará cazar nunca ni por la justicia y menos por un jodido vecindario sin más armas que su desafinado ruido, una insignificante cuadrilla de caceroleros mosqueados.

El emérito ha sido y todavía es, aunque ya muy mermado de salud y con torpes andares de muñeca de Famosa, un gran cazador de todo, desde conejos y codornices a leones, búfalos, antílopes y por supuesto elefantes, a ésos da gusto cazarlos: te llevan con un todo terreno hasta la manada que pasta tranquilamente, un suponer, en el delta del Okavango, en Botsuana, tu secretario te pase el rifle de grueso calibre cargado de balas largas y gordas como pepinos, eliges un gran ejemplar, uno bien grande para no fallar, uno que esté entretenido metiéndose en la boca gavillas de hierba con la trompa, te echas el rifle a la cara, te asomas a la mira telescópica, apuntas al cabezón del bicho y disparas. Por si fallas, al igual que los toreros más cotizados, hay una cuadrilla con sus peones de brega que rematan al bicho si con el primer disparo no ha caido al suelo como una bayeta. Esa misma cuadrilla, la amiga especial que te acompaña y el resto de compañeros de caza y todos los subalternos que participan en la cacería te obsequian con una larga ovación que recuerda a pequeña escala a la que reciben los toreros en las grandes tardes Las Ventas después de una buena faena bien rematada con el estoque. Este cazador que tiene las paredes de su palacio llenas de cabezas disecadas de los más cotizados animales, también es un gran coleccionista de amantes a las que caza con el encanto, el halo de simpatía y campechanía que desprende, también hace mucho el prestigio del cargo que ostentaba y todavía, que caray, ostenta de forma emérita, que viene a ser casi lo mismo porque goza de igual protección, una protección, un amparo, una coraza de superhéroe a prueba de todo y no digamos de un puñado de cacerolas golpeadas por una turba de mindundis, de infeliz populacho que empieza a venirse arriba y quizás anda necesitado de un buen repaso de los que daba el invicto caudillo, el amo que le colocó en el cargo regalándole a su muerte como herencia el cortijo, un cortijo que no sabía bien a quien dejárselo y a éste le tocó el número de la rifa .

Como puede verse, se trata de un hombre ejemplar, un macho ibérico cazador y recolector de los que ya no quedan. Deberíamos cuidarlo y conservarlo, si pudiera ser como “forzoso inquilino”, mejor. Habría que conservarlo porque no se verán dos como él, es como el último lince ibérico, la última águila imperial, pero con muletas. Al menos a eso aspiramos los que no queremos ver a estas alturas de la película personajes como él. No queremos ver más a otro gran cazador recolector, sin complejo ni medida alguna, de todo lo que se mueve y le gusta. No queremos ver ni en pintura a otro gran recolector de comisiones, corredurías, porcentajes, participaciones y corretajes que ha amasado una gran fortuna convenientemente desperdigada en cuentas en Suiza, patria querida, amén de otras fundaciones, sociedades en paraísos fiscales, y otras corporaciones más oscuras que la axila de un grillo.

La pieza de extraordinario valor que el miércoles quisimos sacar unos cuantos al ojeo, ni apareció ni se le esperaba. Es demasiado correosa, demasiados kilómetros de correrías encima y demasiados escondites porque el dinero, un material que nuestro hombre persigue con una codicida descomunal, desproporcionada, pura ansia viva, entre otras cosas sirve para esconderse de quien no quieres ver. El dinero, que aisla de todo lo que no te gusta y te mantiene a salvo de todo mal, se ha convertido ahora más que nunca en el talismán, en el salvoconducto para hacer y decir lo que te venga en gana sin que pase nada, sin consecuencia alguna. Lo que nos sorprende y nos resulta incomprensible a nosotros, simples peatones de la historia, fané y descangallada infantería de las aceras, es que teniendo lo que ya tenía, no tuviera bastante. Con el palacio pagado, la servidumbre, la ropa, la comida, la bebida, el transporte, todo pagado y más que pagado y una pensioncilla de casi doscientos mil euros al año casi limpia porque, como decimos, no tiene gastos porque todo está pagado, no debería haberse echado a la Sierra Morena de los bandoleros de chaqué y suntuosos despachos donde los pasos de zapatos italianos se ahogan en suaves alfombras hechas a mano. Nosotros creemos, como decía la baronesa Carmen Thyssen, que “por mucho dinero que tengas, solo puedes desayunar una vez al día” y que es absurdo amasar, y más si es con las malas artes del dios Caco, más de lo que vas a necesitar en los años que te quedan de vida. Ningún humano que sea digno de ese nombre debería guardar en sótanos de bancos suizos, o debajo del colchón o donde sea, dinero tan abundante que nunca podrá gastar aunque viva cien años, un dinero que en cambio hace mucha falta a sus compatriotas. Eso vale para todos los ricos, pero más todavía más si se ha sido el máximo representante del Estado durante tantos años.

Un dineral que siempre viene bien a las arcas públicas tradicionalmente sisadas cuando no saqueadas por los de deberían haberlas custodiado, que para eso estaban, otra cosa igual. Y sobre todo ahora, que vivimos una terrible crisis sanitaria, con un espeluznante virus suelto, un asesino invisible que nos tiene encerrados en casa, acobardados, en un sinvivir, en un continuo sobresalto sin saber bien qué hacer. Un virus que puede matar a miles de personas y que ya ha empezado a actuar. Con los hospitales a punto del colapso por la avalancha de enfermos que acuden a tratarse. Hospitales donde falta material, mascarillas, respiradores, camas, unidades de cuidados intensivos…etc..etc para hacer frente a una emergencia sanitaria sin precedentes a la solo hemos visto las orejas, ya veremos cuando se muestre con todo su terrorífico poder.

El pasado miércoles día 18 de marzo, unos cuantos vecinos muy molestos con el tema del emérito y sus dos mil millones amasados en múltiples cuevas de Alí Babá, los que se le estiman aunque nadie lo sabe con certeza, salimos a balcones y ventanas y dimos un recital de cacerolas, sartenes y demás material de cocina para protestar y exigir que devuelva el dinero público recibido en forma de comisión y que ahora hace más falta que nunca. Todavía seguimos esperando.

Los telediarios se hicieron eco de esto, algo es algo, y tuvieron a bien concedernos unos escasos segundos de gloria televisiva. Hacen falta más solistas, más intérpretes, más instrumentistas, más caceroleros y sarteneros para que el ruido del descontento se imponga al silencio, a la vergonzosa infamia de PSOE, PP y VOX oponiéndose a una comisión de investigación a un emérito que la merece y mejor hoy que mañana. Llama especialmente la atención la negativa de VOX, ésos que iban de españoles justicieros, puros, incorruptos e incorruptibles como el brazo de santa Teresa, españoles virgen extra dispuestos a hacer justicia y a buscar la verdad caiga quien caiga. Cuídense todos y todas y les esperamos en sus balcones y ventanas con sus respectivos instrumentos para que el próximo concierto, ojalá, ayude a dar un paso adelante en la buena dirección, en la que conduce a un país más honrado, más solidario, más justo y más decente. Así sea.

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