Hace años visité la isla La Venada en el archipiélago de Solentiname, islas que forman parte de un conjunto dentro del gran lago llamado Nicaragua en el país centroamericano. Semanas después, en una escala en la Habana adquirí el libro de Julio Cortázar “El perseguidor y otros relatos”, uno de los capítulos del libro es “Apocalipsis de Solentiname”, relato que me impresiona cada vez que vuelvo sobre él. En este relato el escritor defiende la diferencia entre “el ver y el mirar”. Hoy en mi confinamiento, para no divagar, he refrescado mi memoria volviendo a Solentiname y a Julio Cortázar.

Luego, como el triste COVID-19 nos ha dejado tanto tiempo en suspenso, me acerqué a la ventana de mi lugar de retiro, con intención de aplicar la mente en lo que la vista me ofreciera. Bueno, no es extraño, ya todos sabemos que de pasar, pasan pocas cosas por las calles, se terminaron, por ahora, las voces y risas de los críos al caminar hacia la escuela o regresar de ella, los mayores al Instituto y sus complementarios, tampoco hay ronquidos de motores vehiculares y altavoces que algunos jóvenes ponen a toda pastilla. No obstante, en un pueblo cuya economía es fundamentalmente agraria, se suelen ver algunos campesinos, de la antigua usanza que regresan de su parcelita donde hacen lo que pueden. Por otra parte, aquí el trabajo sigue dependiendo de la época del año y estamos en tiempo de cosecha, de la nueva cosecha quiero decir. Este pueblo, como otros de la provincia de Huelva, ha dado un vuelco a la economía tradicional dejando en la estacada a la mayor parte de una clase media campesina carente de falsetes. Clase que, en verdad, fueron siempre más braceros que propietarios.

Otros campesinos, recordados como perentrines, se han podido salvar de la quema, pero la mayoría de estos labradores no han soportado la nueva situación de un proceso productivo para el que no estaban preparados. Nadie les advirtió que la entrada en Europa suponía la entrada al pleno Capitalismo, a una economía de mercado especulativo, de grandes corporaciones, de empresas agrícolas funcionando con ordenador y créditos bancarios sin piedad. Se acabaron los anticipos suministrados por el terrateniente de turno hasta que la cosecha estuviera en su lagar, aquellos eran unos usureros, pero lo de ahora es una mafia que está terminando con todos.

El tiempo del ladrillo fue una buena jugada de la finanza bancaria que produjo la división familiar en la que los hijos decidieron ganar más dinero trabajando en la construcción y provocando el derrumbe del modelo económico familiar. En la actualidad, además de la subida de los productos fitosanitarios exigido en todo el proceso productivo agrícola imposible de mantener, incluido la bajada de los precios de los productos cosechados que han venido forzando a que la cuerda se rompa por la parte más floja. Y por si todo fuera poco entramos en una fase de economía ficticia, de economía edulcorada, de postre de sobremesa, algo que se compra después del arroz y los garbanzos.

La línea sur del país se ha quedado con un modelo económico dependiente del más allá, de la sobremesa y de las ganas de viajar. Un monocultivo colonial en manos de los especuladores. Los cuerpos de los campesinos se tambalean ante la ficción, una parte social que aplaudió la llegada de lo nuevo, el sistema donde cada uno se puede hacer rico, pero no le dijeron como, por ese afán el campesinado arrancó una a una sus cepas y se quedó esperando las ventajas prometidas. Les hablaron de la libertad de mercado, pero la libertad la tienen todos los que compiten y en esa disputa gana siempre el que más tiene. Desde mi ventana, si corro los visillos, miro con claridad el rostro de los transeúntes para comprender sus historias.

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