Un tanque Leopard le cuesta a España 11 millones de euros. Un Eurofighter, el avión más moderno del Ejército del Aire, vale 90 millones, a los que hay que sumar el mantenimiento (15 millones más por aparato al año) y el gasto en combustible cada vez que despega en maniobras militares, que ronda los 44.000 euros por cada hora de vuelo. Por su parte, un centro de salud de tamaño medio como el que se acaba de licitar hace menos de un mes en el barrio de El Ejido, León, cuesta 5 millones de euros. Es decir, con el dinero invertido en un tanque y un avión podríamos construir 20 ambulatorios dotados del más moderno equipamiento.

El debate sobre el excesivo gasto militar de nuestro país en un momento en que todos los recursos deberían ser destinados a la Sanidad pública para combatir el coronavirus está abierto. El presupuesto en Defensa del Estado español se sitúa en más de 16.000 millones de euros anuales. El portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Gabriel Rufián, ha denunciado esta semana que estamos gastando demasiado en soldados, cuarteles y material bélico mientras los hospitales no dan abasto en la guerra contra el covid-19. Aunque España sigue destinando la mayor parte de su inversión pública a Sanidad −un 7,91% en 2018 hasta alcanzar los 75.435  millones de euros, el 15,14 por ciento del total y el 6,24 del PIB− la terrible pandemia de coronavirus obligará a replantear la distribución de unos recursos siempre limitados para un país de riqueza media como es el nuestro.

Parece algo ilógico que, tal como ha denunciado Rufián en el Congreso de los Diputados, haya “más tanques que respiradores de oxígeno” o más balas de fusiles de asalto que mascarillas y trajes protectores para el personal sanitario que cada día se juega la vida con miles de pacientes contagiados. De esta pandemia vamos a tener que extraer importantes conclusiones: la primera de ellas que con total seguridad habrá que reducir el presupuesto en Defensa y aumentar el gasto sanitario por habitante. Todos los expertos epidemiólogos coinciden en que, con mucho esfuerzo, el germen mortal será vencido. El problema es que, sin duda, vendrán otros entes biológicos tan o más letales que este y solo aquellos países que consigan aumentar la inversión en prevención sanitaria lograrán adaptarse a la nueva situación y reducir el impacto de las pandemias que están por llegar. No solo nos harán falta más y más grandes hospitales, sino más centros de Atención Primaria y mejor dotados como primera línea de combate. Si algo hemos aprendido de la crisis del coronavirus es que nuestras unidades de Urgencias y UCIS no estaban preparadas para una avalancha de enfermos críticos de grandes proporciones. Por eso tendremos que invertir más dinero en centros de salud que permitirán descongestionar a los hospitales en la medida de lo posible. También será preciso construir “arcas de Noé”, centros al estilo del recinto ferial de Ifema, que se han revelado como una estrategia de primer orden para aislar a los contagiados más leves. Esas arcas estarán preparadas en cada comunidad autónoma y listas para ser abiertas cuando estalle una crisis grave.

Pero no solo eso. El Estado español tendrá que hacer un importante esfuerzo en contratación de personal. Harán falta miles de nuevos médicos y enfermeros, así como empleados de la limpieza, celadores, cocineros, expertos en mantenimiento y administrativos. Por supuesto, a partir de ahora España necesitará hacer acopio de mascarillas, trajes especiales y respiradores de oxígeno en cantidades importantes. El caos de los hospitales, donde médicos y enfermeras se han visto obligados a recurrir a bolsas de basura y gafas de buzo como vestuario quirúrgico, es inadmisible y no puede volver a repetirse. También aprenderemos de ese inmenso error. Prestigiosas empresas privadas ya se han puesto manos a la obra en la fabricación en serie y en los próximos meses no necesitaremos recurrir al mercado exterior porque el sistema contará con suficiente estocaje.

Todo eso va a costar monstruosas cantidades de dinero que habrá que detraer de otros departamentos del Estado. No parece una buena idea recortar en Educación, como demostraron los años de políticas austericidas de Mariano Rajoy, de modo que el recorte en Defensa parece una alternativa inevitable de cara al futuro.

Estos días estamos viendo cómo militares de alta graduación ofrecen ruedas de prensa para dar el parte de guerra contra el coronavirus. Sin embargo, no vivimos realmente un conflicto bélico, sino un grave problema de salud pública que se resuelve con más inversión sanitaria. La participación de la UME (la Unidad Militar de Emergencias especializada en grandes catástrofes formada por unos 5.000 efectivos) está siendo decisiva en la desinfección de residencias de ancianos y calles y avenidas, pero más allá de esa misión poco más pueden hacer contra el virus los 120.000 soldados que forman los contingentes de los tres ejércitos españoles. No cabe duda de que la experiencia de oenegés como Médicos Sin Fronteras, que llevan años trabajando en países del Tercer Mundo afectados por grandes plagas y epidemias, puede ser mucho más útil que la aportada por el Estado Mayor de la Defensa. No obstante, toda ayuda es bienvenida en estos momentos, también la militar.

Con todo, de cara al futuro los recursos públicos deberán ser reorganizados. Si queremos sobrevivir como país frente a la amenaza invisible de los coronavirus y otros entes microbianos que están todavía por llegar tendremos que cerrar algunos cuarteles y abrir mejores hospitales. Otra consecuencia directa del derrumbamiento del viejo mundo y del nacimiento de uno nuevo que ha llegado sin avisar.

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