Este domingo toca de nuevo mover las manecillas del reloj, ya que, aunque la Comisión Europea propuso que el cambio de hora definitivo se produjera en 2019, no hubo consenso entre los países y lo aplazó finalmente hasta 2021. Por tanto, durante la madrugada del sábado 26 de octubre al domingo 27 de octubre, los relojes se atrasarán una hora, de forma que a las 3:00 serán las 2:00 en la Península y a las 2:00 será la 1:00 en las Islas Canarias.

Como puede suponerse, el cambio lo volveremos a notar en nuestro organismo. Es posible que estemos más irritables los primeros días, pues a nadie le gusta ver que le quitan de repente una hora de su día, que tiene que encender las luces de casa antes o que cuando salga de la Universidad o el trabajo ya será de noche. Pero no solo se alterará nuestro ánimo, nuestro organismo también notará estos cambios y tampoco le gustarán. A pesar de que serán pequeños cambios que no producirán graves trastornos, sino leves afecciones como alteraciones del sueño, cambios del estado anímico y peor rendimiento físico e intelectual.

Sin embargo estos cambios pueden provocar efectos más agudos —como somnolencia y falta de atención, lo que a su vez se traduce en un aumento de los accidentes— en personas que trabajan en turno de noche y otros más a largo plazo tales como obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y probablemente cáncer.

Lo malo es que alterar o no el huso horario también tiene sus pros y sus contras. Por ejemplo, seguir con el cambio de horario implicaría continuar provocando jetlag, molestias y alteraciones de sueño dos veces al año a prácticamente toda la población europea. Por el contrario, suprimir la medida obligaría a vivir durante unos meses bajo exposiciones de luz “erróneas” para el equilibrio de nuestro cuerpo. Por ejemplo, en caso de quedarnos para siempre con el horario de invierno se daría el hecho de que el sol llegaría a salir en Barcelona a las 5.18 de la mañana el 15 de junio. Mientras que si la opción elegida fuese el horario de verano, el 4 de enero no llegarían los primeros rayos de sol hasta las 09.18 (¡y en A Coruña no amanecería hasta las 10.07!).

Por tanto no existe una medida perfecta. Además, proporcionar estimaciones exactas sobre los posibles efectos en la salud de cada una de las opciones no es tarea sencilla. Los sectores más sensatos opinan que conviene priorizar la solución al problema que la sociedad considere más molesto, lo que en este caso —y a pesar de que tampoco tenemos encuestas verdaderamente representativas— nos llevaría a suprimir el cambio de horario.

Para complicar más la situación, España cuenta con un componente añadido importante: su horario en vigor actualmente es el de Europa central, y no el que le correspondería, por lo que no tiene ningún sentido seguir en un huso horario que nos obliga a retrasar buena parte de nuestras tareas cotidianas como medida de adaptación. El cambio más sensato sería volver al huso horario que nos corresponde por ubicación geográfica, el mismo del Reino Unido y Portugal. Lo que sí conllevaría efectos positivos para la salud.

Mientras llega o no la solución definitiva, existen algunos consejos que pueden ayudarnos a paliar el impacto del cambio horario en nuestro cuerpo y nuestro estado de ánimo. Por ejemplo, irnos a la cama a la misma hora de siempre, para lo cual debemos preparar nuestro cuerpo los días previos, acostándonos y levantándonos 15 minutos antes. Otra medida interesante sería modificar el horario de comidas para adaptarlo al nuevo biorritmo, ya que es normal que muchas personas el domingo tengan hambre más pronto de lo común. Aquí la solución podría ser atrasar la hora de comer media hora el primer día y media hora el segundo. Por último, también podemos suprimir la siesta dominical y sustituir el móvil y la tele por una cena ligera y una música relajante.

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