La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha criticado abiertamente la gestión del presidente de la Generalitat, Quim Torra, en la crisis del coronavirus. Esta vez los reproches no le llegan al president desde la meseta fascista, ni desde el Madrid rancio y centralista, ni siquiera de un Gobierno central siempre renuente con el independentismo. En esta ocasión, al honorable le llueven las críticas desde el edificio institucional de al lado, desde el corazón de Cataluña y de alguien que no es precisamente sospechosa de votar a Vox.

Colau cree que las residencias de ancianos catalanas necesitan “un plan de choque” inmediato ante el caos provocado por la epidemia y le recuerda a Torra que las cifras de residentes contagiados manejadas por el Ayuntamiento son más altas que las facilitadas por la Generalitat. “El plan de choque lo necesitamos hoy, no de aquí a una semana”, ha denunciado Colau. “Primero la Generalitat dijo que había un treinta por ciento de residencias afectadas, ahora hablan del cincuenta por ciento y las informaciones que tenemos nosotros nos dicen que se acerca al setenta por ciento”, insinúa la primera edil del consistorio barcelonés.

Lo que acaba de decir la señora Colau es de lo más sangrante que se ha escuchado en las últimas semanas de apocalipsis medieval. ¿Cómo es eso de que las cifras reales son más elevadas que las oficiales de la Conselleria de Salut? ¿Qué está pasando en Cataluña? ¿Acaso el revolucionario y maoísta Quim está tirando del manual chino que consiste en no decir exactamente toda la verdad sobre la expansión del coronavirus? De confirmarse esa burda manipulación de las estadísticas sería una maniobra muy grave para un líder que se jacta ante los periodistas de la BBC de hacerlo todo bien, mientras trata de dejar mal parado a Pedro Sánchez.

Sea como fuere, la brava Colau se ha puesto en su sitio una vez más y se ha permitido apretarle las clavijas a Torra, que sigue obnubilado con lo hermosa que es la estelada que cuelga de la fachada del Palau, mientras las ambulancias desesperadas aúllan por las calles de Barcelona y los contagiados peregrinan de un hospital a otro. ¿No era la Generalitat quien tenía las competencias exclusivas en materia de Sanidad? ¿Dónde están las inversiones que en los últimos años tendrían que haber llevado a cabo los gobiernos pujolistas de Artur Mas, Carles Puigdemont y el propio Torra? Ahora es fácil señalar al enemigo común español y recuperar el viejo y manido eslogan del España ens roba para darle la vuelta y convertirlo en un coronabulo aún más abyecto y ruin: el España nos mata. Pero todo el mundo sabe cuál es la verdad. Todos saben que el tres per cent, las comisiones andorranas y la corrupción posconvergente terminaron por desmantelar la Sanidad pública catalana. Lo que hizo el PP en España lo hizo CiU en Cataluña. Nada de eso lo reconocerá Torra, como tampoco Pablo Casado será capaz de reconocer el daño que causaron tantos años de recortes y de marianismo neoliberal.

Mientras tanto, el president sigue ensimismado con la hechizante fábula de la República y en su ombliguismo patriótico ya no ve el mundo real ni cómo se le están muriendo los viejos en las residencias. Llegados a este punto habría que preguntarse a qué se está dedicando Torra en medio de todo este infierno, más allá de decorarle al jefe el despacho de la nueva sede del Govern en Perpiñán, de sacarle brillo al retrato de Companys y de coordinar a los hackers rusos para que el invasor Ejército español no ponga sus sucias botas en Sabadell. Estaría bien saber qué hace Torra cada día a las ocho en punto de la tarde, cuando llega la hora de salir al balcón y aplaudir a los sanitarios. Mientras los catalanes comparten ese emotivo momento de homenaje a sus héroes con fraternidad y civismo, Torra seguramente está a otra cosa, a sus cálculos soberanistas, y se limita a tocar Els Segadors con su flauta dulce, como hacen tantos artistas olvidados que proliferan como setas en estos días de triste confinamiento y solitarios balcones. Al igual que el flautista de Hamelín tocaba para atraer a los roedores, el president toca para seducir independentistas y sumarlos a la causa.

Las esperanzas de Torra en la República continúan intactas, pero los hogares de ancianos siguen sin desinfectar. Eso sí, Torra ya piensa en cómo organizar la próxima Diada multitudinaria, cómo coordinar a sus chicos de los CDR en la próxima movida frente a la Comisaría de Policía y cómo enfocar el próximo tuit incendiario y xenófobo contra España. Debería aprender de Gabriel Rufián, un político con mucha más talla política y madera de estadista que él. “Si hablo ahora de autodeterminación en la tele igual me tiran el mando a distancia”, ha reconocido el hábil y sincero político republicano. Por desgracia, Torra está para lo que está: para lo que le pida el jefe desde Waterloo y poco más.

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