Fotos: Adrià Goula.

Estoy planteándome seriamente la creación de un índice Léon Aucoc para evaluar la eficacia de los proyectos de arquitectura.

Léon Aucoc (1828-1910) tuvo una carrera de esas que hacen que te dediquen plazas por toda Francia. Alguien creyó que la de Burdeos, un triángulo de sablón bordeado de árboles crecidos inmerso en una caja urbana de planta baja y piso, necesitaba embellecerse, por lo que fue incluida en un concurso de reforma urbana promovido por el Ayuntamiento en 1996. En estas, dos arquitectos de cuarenta años con ganas de comerse el mundo, Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal, fueron a por el proyecto. Dilema: se dieron cuenta que el espacio era cojonudo. La única decisión coherente era no hacer nada. Es decir, mirar qué faltaba, ponerlo y pretender que no hubiesen pasado por allí. Lo dibujaron en plan molón, ganaron y lo ejecutaron. Entonces vino la polémica: Si no han hecho nada no tienen que cobrar nada. Hubo un juicio y se sentenció que no hacer nada es un acto arquitectónico que merece cobrar los honorarios íntegros.

Y es que a veces la arquitectura puede ser así de fácil.

El parque de bomberos de Moià amenazaba ruina. Su rehabilitación era inviable, por lo que en 2016 se convocó un concurso que ganó un equipo formado por Josep Ferrando, Manel Casellas, Mar Puig de la Bellacasa y Pedro García. El parque de bomberos es el edificio que da la bienvenida a Moià cuando entras por la carretera de Manresa, un edificio tan necesario que debía de ser de rápida ejecución.

El resultado merece un 9, o un 9,5, en este nuevo índice Léon Aucoc. Parece mentira como puede plantearse un edificio que parezca tan fácil. Y digo parezca con toda intención porque es obvio que un planteamiento tan sintético requiere de un esfuerzo de pensamiento y organización realmente intenso. El punto de partida: un parque de bomberos es, en realidad, la conjunción de dos programas en dos escalas diferentes de intervención: una escala grande para alojar el garaje y una escala más pequeña y doméstica para alojar programas más reducidos o, directamente, íntimos tales como almacenes, vestidores, oficinas y, sobre todo, la vivienda de los bomberos.

Fotos: Adrià Goula.

La respuesta: un suelo y una estructura. Me explico: El suelo es una base, una plataforma de hormigón ubicada en la parte plana del solar, ligeramente deprimido respecto de la carretera, que tiene embebidos una serie de pasos de instalaciones que lo alimentan todo a pinchar en vertical cuando sea necesario, liberando el resto del edificio de estas solicitaciones, que suelen encarecer el proyecto y ralentizar la construcción.

La estructura: seis pórticos de quince metros que vuelan dos metros a lado y lado definiendo un gran volumen de veinticinco metros de largo abrigado por una única cubierta de baja pendiente que debía de estar ajardinada antes que los promotores demostrasen que su sensibilidad por los edificios sostenibles no era capaz de sobrevivir a un pequeño incremento de presupuesto. Bajo este sombrero se disponen unas estructuras más pequeñas que soportan de un modo más barato los forjados intermedios. Las fachadas: unos tabiques, unos grandes vanos de vidrio cubiertos por dos densidades diferentes de celosía y las enormes puertas de garaje.

El edificio ya está hecho.

Y es que a veces la arquitectura puede ser así de fácil.

Ojo: hablo de facilidad en el sentido más elogioso del término. No la facilidad proveniente de evitar problemas: la facilidad proveniente de afrontarlos en toda su complejidad, procesarlos, digerirlos y sintetizarlos en una respuesta elaborada con una naturalidad tal que parece que no se haya hecho nada. Pero está todo. No es fácil para los arquitectos: es fácil para lo que provoca el edificio, desde su inserción urbana hasta la domesticidad de los bomberos preparándose comida fácilmente recalentable por si los atrapa una emergencia con los cubiertos en la mano.

Todo lo que sobresale de la plataforma es de madera. La estructura, los forjados, los tabiques, las fachadas del edificio son de madera. Lo que es importante por muchos motivos: sostenibilidad, rapidez de ejecución, precisión, versatilidad. La madera permite elaborar cualquier cosa, acabados y mobiliario incluido. La madera unifica y define el edificio y lo expresa. La madera define la solución escogida para las seis columnas, que pasan limpias por delante de la fachada definiendo una esbeltez, un ritmo y una escala de edificio institucional muy adecuada para recibir a alguien en una la ciudad. La madera define un orden clásico. Lo que es curioso, porque el clasicismo tal y como lo conocemos se define como la transposición en piedra de arquitecturas de madera. Es decir: el clasicismo y sus ritmos y sus molduras y su carácter representativo vuelven al origen, redefiniendo la arquitectura madre, otorgándole un poder y una fuerza impresionantes sin hacer otra cosa que soportar el edificio.

Fotos: Adrià Goula.

Y más: las gigantescas puertas que dan acceso al garaje se montan a ambos lados de la fachada. Cuando están completamente abiertas el corazón del edificio se convierte en un porche descubierto de quince metros de profundidad. El aire y la luz atraviesan el edificio, reivindicando su profundidad, reivindicando que la arquitectura siempre será mucho más que una fachada. Promoviendo esta arquitectura interior exterior que ha de ser aspiracional, aquello a lo que tantos programas domésticos y de trabajo tienen que convertirse, porque la verdadera sostenibilidad no es la de las máquinas, sino la de hermanarse con el medio ambiente.

Y es que a veces la arquitectura puede ser así de fácil.

Pero.

Al final esto es un parque de bomberos, un edificio intensamente usado, gastado, baqueteado, explotado. Un edificio en el que bomberos cansados pasean con botas de puntera metálica y suela gruesa con piedras atrapadas en su relieve. Este grado de maltrato fuerza al edificio a revestirse de materiales aparentemente prosaicos como vinilos de última generación para los pavimentos (ligeros y recios, adecuados para no sobrecargar estructuras de madera) o arrimaderos elaborados con la misma plancha metálica que protege a los camiones. Cuando visitamos el edificio estaba de todo menos presentable en términos de revista de arquitectura: un gran camión aparcado al interior, dos jeeps, coches en el exterior. Mecánicos. Bomberos haciendo la última visita antes de la inauguración. Unos Mossos d’esquadra que pasaban por allí. Josep se disculpó mientras los dos arquitectos que lo visitábamos con él le decíamos estupefactos que no, que al revés, que preferíamos eso al edificio vacío. Que esa capa de uso era lo que, definitivamente, dignificaba el edificio. Lo que le daba sentido pleno. Y es que ese parque de bomberos está mejor con los bomberos que no siendo algo abstracto, vacío, está mejor con esos bomberos que no le pueden a ese carácter institucional y que, en cambio, refuerzan su domesticidad, erigiéndose en la prueba del nueve que este edificio funciona realmente en las dos escalas que propone.

Y no sé si se me ocurre un elogio mejor para cerrar este artículo.

Fotos: Adrià Goula.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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