Finalmente no ha habido sorpresa e Inés Arrimadas será la nueva presidenta de Ciudadanos. Durante los últimos tiempos, se observaba un cierto movimiento interno liderado o apoyado por una serie de valiosos afiliados del partido (ay, siempre la misma historia, el ser humano reacciona cuando todo está perdido) que hacía barruntar la posibilidad de que el crítico Francisco Igea se hiciera con los mandos de la nave naranja y, a partir de ahí, tratara de enderezar la marcha de su partido. Pero no, no ha sido posible, e Inés Arrimadas tendrá que seguir enfrentando la dificilísima tarea de resucitar a un muerto, misión para la que le muestro mi solidaridad sincera y acompaño sin sarcasmo en el sentimiento: al fin y al cabo, aunque a menor escala, con menos dinero y sin ningún apoyo, yo mismo tuve que enfrentarme a tarea semejante, tal como ya expliqué en mi No apto para fanáticos.

Desgraciadamente, los afiliados críticos se han mostrado como tales demasiado tarde. Suele ocurrirnos: cuando la nave sigue sin sobresaltos su ruta, aunque la ruta no sea la que nos gustaría ni el destino el que nos prometimos, si estamos en la nave y, por lo tanto, se supone que a resguardo, es complicado (y a veces, osado) levantar la mano y jugarnos el puesto. Mientras todo va relativamente bien, mejor no tocarlo. Digo que “desgraciadamente” y “demasiado tarde” porque la deriva de Ciudadanos se inició hace mucho tiempo, y la deriva fue sobre todo ideológica y programática. Entonces sí hubo críticos que alzaron la voz ante lo que consideraron el abandono de los principios fundacionales de la organización naranja.

Tal como he repetido hasta la extenuación (sin mayores pretensiones que el análisis político y la crítica constructiva), Ciudadanos insistió en cavar su propia tumba con su estrategia en relación a la moción de censura impulsada por el PSOE que puso fin al mandato de Mariano Rajoy. En lugar de al menos abstenerse, optó por votar en contra y defender al PP, cosa que además hizo justo después de anunciar que rompía su acuerdo con la formación conservadora, lo que casi obligó al PNV a apoyar la moción y declinar la balanza, pues ya no había estabilidad política que salvaguardar. Fue el segundo signo claro de que Ciudadanos pretendía ocupar el espacio electoral del PP. Antes fue la IV Asamblea, donde abandonó el socialismo democrático, el laicismo identitario y el centro izquierda para abrazar el liberalismo progresista. En aquellos tiempos hubo críticos, pero quienes dieron la batalla la perdieron, y la nave naranja seguía viento en popa hacia la presidencia y el Gobierno de España.

Ciudadanos profundizó en el error cuando se comprometió, antes de las penúltimas elecciones generales, a no pactar en ningún caso con el PSOE, y después cuando efectivamente cumplió semejante promesa. En lugar de condicionar la política, prefirió desaparecer del mapa. Algunos insisten en que las promesas están para cumplirse, y cierto es, lo que ocurre es que aquella promesa nunca debió haberse realizado. Esto también lo repetí hasta la extenuación. PSOE y Ciudadanos sumaban mayoría absoluta, y en lugar de condicionar a Pedro Sánchez, aplicar muchas de sus propias propuestas desde el Gobierno de España y, por fin, evitar depender de los nacionalistas y populistas, Ciudadanos insistió en su negativa hasta la nausea, con el objetivo irresponsable de que Sánchez gobernara con “los enemigos de España” y Rivera pudiera entonces convertirse en jefe de la oposición y su partido, sustituir al PP en el centro derecha. Pedro Sánchez es, desde luego, responsable, pero Ciudadanos también, pues dejó pasar una oportunidad histórica para sí mismo y para España. Si, como se dice, Pedro Sánchez es capaz de cualquier cosa para alcanzar el poder, estoy seguro de que habría aceptado ser presidente gracias a Ciudadanos, y hoy no dependeríamos de quienes no creen en España. Solo al final, cuando vio que las elecciones se repetían y para tratar de evitarlas, lanzó una última e imposible oferta al líder socialista, sin otra pretensión que salvarse a sí mismo, lo que fue visto por el electorado y la opinión pública como una tomadura de pelo. Después llegó la repetición de las elecciones y su paso de 57 a 10 escaños. Como consecuencia de semejante estrategia, hubo críticos muy dignos que abandonaron el barco. Pero ya era tarde, porque la crítica tenía que haberse producido mucho antes, en los órganos internos y de modo más contundente.

Ahora le toca a la valiente Inés Arrimadas reflotar la nave, tarea titánica que veo imposible que tenga éxito. Quizás, a lo sumo, consiga mantener viva a la formación naranja y que perdure en el tiempo en un muy reducido número de escaños. Nunca se sabe. En todo caso, su acercamiento progresivo al PP para pretender, después, sustituirlo, supuso un doble fracaso. Por un lado, porque España necesitaba un partido político ubicado en el centro izquierda crítico y contundente con los nacionalistas, cosa que Ciudadanos dejó de ser hace mucho tiempo; y, por otra parte, porque encima fracasó en su intento de superar al PP, puerto que nunca más podrá alcanzar. A lo sumo, por lo que parece, logrará ser su acompañante, como hemos visto que han querido ser en Galicia y lo están siendo ya en el País Vasco. Quién lo iba a decir hace apenas unos pocos años.

Dicho lo cual, es difícil saber por dónde transcurrirá el devenir de Ciudadanos y si efectivamente transcurrirá como partido autónomo, dado que su pretensión de ocupar el espacio electoral del PP y sustituir a este ha sido un auténtico fracaso. Su decisión de querer concurrir con el PP en Galicia y concurrir de hecho con el PP en Euskadi no hará sino abundar en la idea de que son parecidos. En fin, de que ya ni el Concierto Económico vasco o el galleguismo del PP los distingue y separa. De la política económica y fiscal que ambos defienden ya ni hablamos: es mimética. Conste que yo respeto mucho al PP vasco, pero no creo que Ciudadanos naciera para ser el acompañante fiel del partido de siempre del centro derecha. Ni en Galicia, ni en Euskadi ni en el conjunto de España. Para ese viaje, no hacían falta esas alforjas. Para ese viaje, ya estaba el PP. Lo que sigue sin haber, ay, es una izquierda digna de tal nombre.

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Nací el 11 de noviembre de 1974: tengo, por tanto, 42 años. Soy Diplomado en Ciencias Empresariales, Técnico en Gestión Fiscal y Técnico Especialista en Administración y Dirección de Empresas. Milité desde muy joven en diversos movimientos sociales que se enfrentaron al terrorismo de ETA, como Denon Arten-Paz y Reconciliación (durante los primeros años de los años 90) y Basta Ya (desde finales de los años 90). Milité posteriormente y durante unos tres años en el PSE, partido político que abandoné en 2006 al comprobar que dejaba de ser un partido nacional y de defender la igualdad y por su política en relación a ETA. Me afilié a UPYD el 29 de setiembre de 2007, el mismo día en que se presentó públicamente en Madrid. Desde el 1 de marzo de 2009 hasta el 20 de octubre de 2016 fui parlamentario vasco por UPYD. He estado en la Dirección de UPYD desde 2009 y soy exportavoz nacional del partido. Portavoz de la Plataforma Ahora

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