El batacazo electoral de Ciudadanos ha sido antológico, tal como se preveía. A falta de que finalice el recuento, el partido pierde 30 escaños. Anoche, las caras de los candidatos naranjas eran la viva imagen de la incredulidad y la desolación. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos pasado del todo a la nada en unas pocas horas? En la primera comparecencia, el número 3 de Cs por Barcelona, Nacho Martín Blanco, no quiso hablar, se dedicó a comentar los datos de participación y no admitió preguntas. Es decir, mutis por el foro, no comment, cremallera total. Blanco lamentó el descenso de la participación en las elecciones del 14F, lo que atribuye a las circunstancias excepcionales de la pandemia, y cree que «nunca es buena noticia para la democracia que tan pocos ciudadanos decidan ir a votar».

El 14F ha puesto las cosas en su sitio, demostrándose que la formación naranja era pura efervescencia sin nada sólido detrás, un hermoso cohete de feria que tras alcanzar las alturas de forma meteórica ha ido perdiendo fuelle hasta estrellarse precipitadamente contra el suelo. Su sorprendente y fulgurante irrupción en la escena política catalana no se correspondía con la realidad. Ciudadanos vivía de prestado. De prestado porque había captado votos de socialistas desencantados que no confiaban en Miquel Iceta; de prestado porque muchos votantes catalanes del PP que terminaron odiando a Mariano Rajoy por su mano blanda con el procés independentista decidieron probar suerte en el partido de Albert Rivera; de prestado porque muchos que no votaban nunca lo hicieron al proyecto riverista por rabia a los que quieren romper España. Pero ante todo, y por encima de todo, Ciudadanos era el voto del miedo. Miedo a la alarmante claudicación del Estado español en Cataluña, miedo a la anarquía que estaba por llegar, miedo al poder indepe cada vez más fuerte y consolidado. Y así fue como nació la entelequia, la burbuja naranja, la ficción.

Tal como era de prever, la tramoya que a duras penas ha tratado de sostener Inés Arrimadas en estos cuatro años de convulsión institucional y territorial ha terminado por desplomarse como un mecano averiado. Ciudadanos era claramente un bluf, un partido fake, una ensoñación que se asentaba en una azarosa confluencia astral (aquello de la coyuntura que dicen los politólogos) y que la llevaron por un momento a convertirse en la fuerza política más votada en Cataluña. De buenas a primeras, Cs se encontró con un granero de votos que no supo cómo gestionar porque no tenía proyecto, ni experiencia, ni cuadros competentes. Arrimadas ni siquiera se presentó a la investidura y la sensación de orfandad que dejó en sus votantes fue demasiado agria y amarga. Quedaba claro que el movimiento era lo que era: una explosión espontánea de nacionalismo españolista surgida como visceral reacción al independentismo catalán y a la prohibición de las corridas de toros en Barcelona. Más allá de eso, poco más. Sin embargo, el colocón victorioso llevó a Albert Rivera a sufrir el delirio de grandeza de creerse el gran líder conservador e incluso se autoproclamó como el nuevo José Antonio de las derechas españolas (recuérdese la infame foto de Colón en la que se dejó retratar con el mentón elevado al cielo, los ojos llorosos por el himno nacional y la mano en el pecho).

Los resultados que deja el 14F se parecen bastante más a la realidad catalana que la distopía salida de los comicios de 2017. Ciudadanos era como un platillo volante llegado de un planeta lejano, tan lejano como España. No tenía sentido, ni pies ni cabeza. Ahora el suflé a la naranja se ha deshinchado y los votos usufructuados han retornado al pasado (unos pocos al PP, que ha endurecido su discurso con el trumpismo casadista; la inmensa mayoría al PSC de Illa, que inspira algo más de ilusión que aquella decadencia acomodaticia de Iceta) o se han proyectado al futuro encarnado por Vox, que se ha dado un soberano festín de votos a costa de la desarbolada veleta naranja.

La campaña que ha planteado la dirección del partido ha sido arrogante y autocomplaciente, nunca ha contemplado el sorpasso de Vox a Ciudadanos. Pensaban que el auge de la extrema derecha no iba con ellos, que el partido de Santiago Abascal seguiría siendo el criado, la comparsa, el actor secundario. La muleta fácil de tantos trifachitos. Qué dramático error de cálculo. La peor tragedia para la derecha española no es ya que el partido ultraderechista haya adelantado al Partido Popular, sino que el centro derecha haya sido engullido literalmente por los ultras. Vox ha ganado incluso en feudos tradicionales del PSC, duplica y hasta triplica a los populares en todas las circunscripciones. Anoche en Génova 13 tocaba otra noche de funeral. Y ya van siendo unas cuantas.

¿Y qué le queda ahora a Ciudadanos? Poco, por no decir nada. El avance de Vox es imparable en toda España y el partido de Arrimadas va camino de otra UPyD, salvo milagro. Habrá más deserciones de altos cargos, la fusión con el PP es más probable que nunca. Cada vez son más las voces que piden a la directiva que se acerque a los populares. Como dijo Rivera en aquel otro gag de campaña en el que se dejó grabar con un tierno cachorrillo de perro recién destetado: esto huele a leche. Para leche la que se han dado los naranjas.

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