No han hecho más que aterrizar en el Ayuntamiento de Madrid y ya se empieza a notar en las calles, en el día a día de los madrileños, la política ultraderechista que Vox impone al Partido Popular y Ciudadanos. El nuevo alcalde, José Luis Martínez-Almeida, está retirando las pancartas contra la violencia machista que colgaban de las Juntas de Distrito y otros edificios municipales al entender que, “más allá de ocasiones especiales, solo deben figurar las banderas reglamentadas”. ¿Y qué ha respondido Ciudadanos ante esta medida que dice tanto del talante del nuevo equipo municipal de gobierno? De nuevo la ambigüedad, de nuevo el juego de sombras chinescas, de nuevo el funambulismo político para defender lo indefendible.

Los naranjas, para defenderse, alegan que una cosa es lo que hagan sus peligrosos socios en el poder y otra las decisiones que tomen ellos. Así, Cs asegura que las Juntas de Distrito que dependan directamente de su competencia mantendrán las pancartas, que tratan de concienciar a la población de Madrid sobre la lacra del terrorismo machista. Estamos sin duda ante una nueva explicación basada en el doble rasero que con la lógica en la mano extrañaría por paradójica pero que empieza a convertirse ya en una mala costumbre. El partido de Albert Rivera es capaz de defender a la mujer y sentarse a pactar con los que quieren acabar con los derechos de la mujer; el partido de Rivera puede colgar una pancarta contra la violencia machista un minuto después de firmar un acuerdo con los que niegan que exista tal violencia; el partido de Rivera empieza a tener un serio problema de “esquizofrenia política”.

Cada hora que pasa se hace más evidente que el acuerdo de PP y Cs con Vox es puro veneno, ácido corrosivo para la formación naranja. El hediondo “pacto del hotel” empieza a pasar factura y eso que no hace ni una semana que lo han firmado a escondidas. José Luis Martínez-Almeida −alcalde entre paréntesis a expensas de que cuaje la negociación de las derechas para formar un Gobierno regional−, ha asegurado que no quiere acometer políticas de “propaganda y marketing, sino de hechos y realidades”. Como si lanzar un mensaje de concienciación contra los crímenes machistas fuese un anuncio de Coca Cola. La explicación, tan sonrojante como insostenible, ha debido causar una gran satisfacción a los amigos de Vox. Ni en sus mejores sueños pensaban los de Abascal que con un puñado de votos iba a tener tanta influencia en la vida política y en la sociedad madrileña. Llegaban de comparsas y van a terminar imponiendo su sello ultra a toda ordenanza y a todo impreso oficial que se mueva por el Ayuntamiento de Madrid. Es el precio que debe pagar un hombre, el nuevo alcalde, que no ha demostrado personalidad suficiente a la hora de jugarse el póker definitivo con el Diablo, o sea Vox. Alguien a quien llaman el “Tío Pepito” y que por lo visto solo buscaba sentarse en la poltrona municipal para poder entretenerse un rato con el bastón de mando.

De modo que mientras a PP y Vox les vale la nueva situación para ir tirando –a los populares para mantenerse en el poder y a los neofranquistas para catarlo después de 40 años de democracia– a Ciudadanos le ocurre que el cerco se le va estrechando. Cada día que pasa le resulta más difícil a Rivera mantener ese ejercicio imposible de prestidigitación que supone erigirse como el partido liberal, constitucional y democrático de referencia y al mismo tiempo andar en cambalaches oscuros con los ultraderechistas, preconstitucionales y autoritarios de Vox. Ciudadanos se asfixia como partido y la ruptura con Manuel Valls es la prueba palpable. Una escisión en toda regla. El candidato por Barcelona ha cargado esta misma mañana contra la “deriva grave” de Ciudadanos al pactar “con una formación reaccionaria y antieuropea” como Vox y contra la estrategia “irresponsable” del partido naranja de bloquear el Gobierno Sánchez y buscar “el cuanto peor mejor” en Cataluña.

La decisión de retirar las pancartas contra la violencia machista deja en mal lugar a Ciudadanos, por mucho que Begoña Villacís se empeñe en marcar distancias con los ultras. La realidad es tozuda y finalmente se acaba imponiendo. Y es que no se puede salir de copas con un tipo sudoroso de camisa desabrochada, torso macho al aire y rudos ademanes y pretender que no le termine echando a uno su aliento cargado de licor.

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