Ciudadanos nació en el año 2006 como una opción constitucionalista (más bien habría que decir españolista) con el objetivo de frenar el proceso soberanista en Cataluña. Tras el referéndum de autodeterminación celebrado el 1 de octubre de 2017 y la declaración unilateral de independencia, el Gobierno del PP, con el apoyo de PSOE y Ciudadanos, aplicó el artículo 155 de la Constitución Española, cesando en sus cargos a todos los miembros del Govern. Acto seguido, Mariano Rajoy asumió todas las competencias y se convocaron elecciones al Parlament. Cs fue la fuerza más votada con más de un millón de votos (el 25,26% de los sufragios). Por primera vez en democracia un partido no nacionalista ganaba las elecciones autonómicas catalanas, aunque Inés Arrimadas no reunió los apoyos suficientes para formar Gobierno. Aquella victoria histórica se interpretó como una especie de gran explosión ciudadana, una reacción visceral contra el bloque independentista. Sin embargo, pese al enorme caudal de votos cosechado, Arrimadas no supo o no quiso sacarle provecho a su mayoría. Nada hizo para tratar de gobernar, no impulsó ni una sola medida para sacar a Cataluña de la gravísima crisis institucional y en su dejación de funciones se dedicó a seguir fustigando el “sanchismo”, como si deseara quedarse siempre en una eterna campaña electoral. Había ganado un partido inútil, ineficiente, un bluf.

Finalmente la candidata de Albert Rivera claudicó de sus responsabilidades como partido más votado y decidió abandonar la política local para dar el salto a la nacional como diputada en el Congreso de los Diputados, que viste más. Entonces se vio que detrás del proyecto de Cs no había nada duradero y que en realidad estábamos ante una marca blanca del PP cuyo objetivo no era otro que paralizar España a toda costa. Cs se había alimentado de la indignación y la rabia de muchos catalanes ante el “procés” soberanista y pese a todo terminaba en un proyecto efímero, pasajero, flor de un día.

Hoy, tres años después, la última encuesta del Centro de Estudios de Opinión catalán augura que Cs caería de primera a cuarta fuerza en el Parlament, pasando de 36 escaños a entre 14 y 16, mientras que el PP mantendría los resultados al lograr entre 4 y 5 diputados. De confirmarse los malos datos, estaríamos ante la versión catalana del descalabro electoral ocurrido en las pasadas elecciones generales, un batacazo por el que Albert Rivera terminó presentando su dimisión.

Los datos del CIS catalán sobre el partido naranja vendrían a confirmar varias cuestiones: la primera que, pasada la inicial fiebre efervescente españolista, los catalanes unionistas han comprobado que el invento no funciona porque al relato le falta molla, buenos contenidos y empaque, y quizá por esa razón estén pensando en la abstención o en votar a otras opciones como el PP o incluso el PSC.

En segundo lugar, los malos vaticinios revelan la nefasta estrategia seguida por el partido en los últimos meses. Los pactos con la ultraderecha de Vox en Madrid, Andalucía y Murcia están resultando letales para la formación emergente, ya que cientos de votantes de perfil liberal o de centro-derecha no entienden que se pueda ir de la mano de los ultras para recuperar iniciativas que como el veto parental en las escuelas o la formación de “listas negras” entre los funcionarios especializados en violencia de género parecen sacadas de un incunable de la Edad Media más que del programa electoral de un partido moderno y centrista, que es lo que en un principio parecía iba a ser Ciudadanos.

Y por último, en tercer término, se ha demostrado que el partido carece de liderazgo. Arrimadas no ha dado el nivel mínimo exigible en sus intervenciones parlamentarias durante la sesión de investidura de Pedro Sánchez, donde llegó a apelar al transfuguismo entre los diputados socialistas para que el Gobierno de coalición con el apoyo de ERC no saliera adelante. Un flaco favor a la democracia.

Albert Rivera ya fracasó en su intento de dotar a Cs de un carácter personalista, carismático, y ahora su sucesora ha vuelto a tropezar con la misma piedra. Un partido es ante todo ideas propias, estructura, cuadros y cohesión ideológica. El veletismo, las prácticas chaqueteras, el estar un rato en misa y otro repicando (un día el discurso es liberal y al siguiente es ultranacionalista o extremo) se percibe en el electorado como un síntoma de debilidad y de proyecto improvisado y cogido con pinzas.

Ayer Arrimadas, en un desayuno informativo organizado por el Fórum Europa, aseguró que Ciudadanos ocupa un “espacio propio, de centro, liberal, de progreso, moderno y reformista” y añadió que no hay “ningún otro partido” que cumpla estas características. Además, evitó confirmar si su formación política se planteará una coalición con el PP en las próximas elecciones autonómicas en Cataluña, aunque dijo que priorizará siempre los “intereses de España”. Lo cual no es decir gran cosa (solo faltaría que un partido priorizara el mal o el perjuicio de su país). En resumen, Ciudadanos sigue profundizando en sus propias contradicciones sin que parezca que nadie en su dirección se haya planteado enderezar el rumbo para evitar otro batacazo electoral que parece tan cantado e inevitable como el anterior.

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1 Comentario

  1. Estos veleta que iban de liberales progresistas europeístas que llegaron a la política para cambiar de cambiar no an hecho nada están desangrandose y más que segiran les esta bien empleado por falsos y mentirosos

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