lunes, 27septiembre, 2021
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Ciud·adanismo

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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La radiante iluminación del sol de primavera, con su cielo azul cristalino, había ido dando paso a una incipiente nubosidad de color blanco para acabar convirtiendo el cielo en un averno oscuro y tenebroso. En poco más de media hora, la fuerza del optimismo de un día caluroso de un adelantado verano, se había convertido en el tétrico temor de que el cielo se iba a caer de un momento a otro. De pronto, se había hecho de noche a las cinco y media de la tarde. El verano premonitorio, había dado paso a un invierno enquistado. Aún no había truenos, pero al fondo de un horizonte que cada vez parecía más una cueva que un espacio al aire libre, empezaban a verse destellos intermitentes de una claridad amarillenta.

– Parece que nos va a caer la mundial – decía Concesa a su acompañante habitual en el paseo, Ifigenia.

– Si, Conce. Como no nos demos prisa, llegaremos empapadas a casa.

La Conce y la Ifi, como las conocen en el pueblo, paseadoras diarias, incrementaron la velocidad de las zancadas intentando adelantarse al temporal que veían las iba a coger en mitad del campo. Pero era inútil. Los relámpagos cada vez eran más cercanos y habían empezado a oírse los primeros truenos en la lejanía. Desde lo alto del cerro de las Viñas, donde el camino se introducía y bordeaba intermitentemente un monte bajo compuesto por encinas centenarias, podían observar como en el valle que se abría a la izquierda, en su sentido de la marcha, una cortina espesa se tejía desde los nubarrones negros hasta la tierra.

– Mira – le dijo la Ifi a la Conce – , ya está lloviendo ahí mismo. Será mejor que busquemos refugio antes de que nos calemos.

– El tío Biruji tiene un caseto de adobe y tejas, desde dónde cuida las viñas, ahí delante. No está limpio, pero al menos no nos mojaremos.

Ambas, entraban a resguardo en la caseta, que había sido construida al remanso y amparo de una gran carrasca en uno de los márgenes de la viña que bajaba desde el cerro al valle, cuando los primeros goterones empezaban a sonar como balines de carabina en una chapa que cubría unos sacos con palomina situados en el majuelo, frente a la puerta de la garita.

Mientras la lluvia arreciaba, miraban abajo, al valle dónde no hacía mucho, estaba el cauce del río que ahora habían desviado, a través de una gran zanja horadada entre montículos arcillosos. El río incrustado entre rocas areniscas y barro rojizo, había ido trazando un camino errático en un serpeante cauce que ocupaba más de tres hectáreas de rojiza y arenosa tierra de labor. El Zarzagán, como llamaban al dueño de la finca que se extendía a ambos márgenes del zigzagueante cauce, cansado de tener que levantar la reja del arado cada dos por tres, porque era imposible labrar la tierra en recto y de tener que dar la vuelta por el puente para poder arar la otra parte, había decidido por su cuenta y riesgo, mandar a un maquinista con una excavadora para que hiciera una zanja recta, desde la entrada del río, en su propiedad, hasta la salida de la misma, por la orilla de la tierra y entre pequeños montículos de propiedad municipal dónde crecían aliagas, jaras y hierbas como el tomillo o la lavanda. Lo que no había conseguido era que el agua discurriese todo el año única y exclusivamente por el nuevo barranco, porque a pesar de haber llenado el álveo con tierra, todos los inviernos el agua procedente del alto, anegaba el sembrado, intentando reproducir su curso natural.

– Este invierno no ha llovido mucho,- le decía la Conce a la Ifi – mientras las canales de las tejas expulsaban el agua de la lluvia a chorro.

– No, pero puede que hoy, de seguir así mucho rato, llueva en una hora lo que debería haber caído en todo el invierno y lo que llevamos de primavera.

– Pues como siga lloviendo así, yo se de uno que va a jurar en hebreo, decía la Conce poniendo una sonrisa maliciosa.

– Pues que quieres que te diga, – respondía Isi – le está bien empleado por avaricioso tragalabores.  ¿A quién ha pedido permiso para desviar el cauce del río?

– Al mismo que para arar los caminos – contestaba cabreada la Conce –

Llevaban más de media hora a cubierto, empezaban a tener frío porque habían salido de casa en manga corta, y la lluvia no dejaba de caer como si estuviera siendo arrojada en baldes desde un avión. Los surcos de la viña que horadaban la tierra de arriba abajo, se habían convertido en regatos por los que discurría una gran cantidad de agua. Todos iban a parar al álveo que discurría valle abajo. Ahora, desde la posición en la que se encoraban las dos amigas, a pesar de la oscuridad, podía verse claramente que el agua rebosaba ya el cauce anegando las riberas. Al llegar a la tierra del Zarzagán, había empezado no sólo a inundarla, sino que se notaba como el agua corría por las curvas del antiguo cauce.

Una hora y tres cuartos después de haberse resguardado en la caseta del tío Biruji, había dejado de llover, el sol volvía a iluminarlo todo en un atardecer en el que los pájaros habían vuelto a cantar con intensidad y los caracoles salían de sus escondrijos. Las dos amigas emprendieron la marcha hacia el pueblo. Abajo, en el valle, la zanja entre las aliagas había desaparecido por el barro y las ramas arrastradas dentro de ella, y el río discurría por dónde siempre lo había hecho.

El avaro Zarzagán, maldecía desde el asiento de su tractor, porque todo el trabajo, todo el gasto y todo el esfuerzo de su avaricia, se había ido al traste en poco más de una hora de lluvia torrencial.

*****

Ciud·adanismo

-¿no estás cansada?

– Si, muchísimo. Pero estoy más furiosa que cansada

Cristina Fallarás en Twitter (@laFallarás)

A mí me pasa como a La Fallarás, que cada día estoy más cansado de este desierto en el que parece que predicamos sin que nadie nos escuche. Pero, veo que la injusticia, el hijoputismo y la ignominia de la idiocia es tan enorme, que me puede la ira y me sirve de acicate para seguir predicando en un desierto de sordos, ciegos, repugnantes individualistas e ignorantes de rancio abolengo.

Yo sé que me repito como el ajo, aunque parece que ni así asimilamos que vivimos en un régimen de semilibertad en el que la izquierda es marginada y saboteada por los medios de adoctrinamiento, incomunicación y difusión del catecismo hijpoputístico franquista y repudiada por aquellos que más necesitan de sus políticas y que, por otra parte, son los que más uso hacen de lo poco que tenemos de ellas.

Leo en Infolibre que el Senado rechaza con los votos de PSOE, PP, VOX y PNV, pedir al gobierno que revierta las inmatriculaciones de la Iglesia. Imagino que Ud. querido lector, sabe qué es eso de las inmatriculaciones, pero por si no, se lo explico con dos ejemplos. La iglesia ha inscrito en el registro de la propiedad, como bienes de su dominio, centenares de edificios, solares y otros bienes inmuebles conforme a una normativa franquista reformada por el gobierno de Aznar que les permite hacerlo sin necesidad de acudir al notario porque a ellos les han otorgado la potestad de ser fedatarios públicos. Esto ha hecho que se hayan quedado con bienes Patrimonio de la humanidad como la Mezquita de Córdoba o La Catedral de Burgos y otros municipales como, por ejemplo, el cementerio de mi pueblo, Valdorros que han inscrito, junto a la iglesia y la ermita, como suyo. Esto último podría llevar a la Kafkiana situación de que un servidor quisiera que le enterrasen en su pueblo y que por mis antecedentes de ateo, anticapitalista y contrario a que ninguna religión se interponga en las políticas del estado, el párroco decidiera que allí no me entierran. Un cementerio construido con las manos y los dineros del pueblo que, por estar pegado a la iglesia, esta hace de su capa un sayo y lo declara suyo sin que ninguna administración intervenga. Pero, con todo, lo que más me sigue irritando es que ese partido que se define a sí mismo como la izquierda responsable, siga votando con la derecha extrema en cualquier circunstancia que pretenda mover una sola coma de este régimen continuador del franquismo. Lo que más me sigue irritando son todos los que pasan por alto las traiciones, las manipulaciones, las cloacas, la corrupción, las artimañas para no cambiar nada. Los que hacen de la equidistancia un modo de vida que ha hecho que los franquistas, enterrados en vida durante años, hayan resurgido llenando de odio la vida de todos, empeorando las condiciones de vida de la mayoría y haciendo de este país un lugar despótico, irritante y poco acogedor para vivir.

Dice el PERIODISTA Miquel Ramos, que la equidistancia es peor que el odio. Y no puedo más que estar de acuerdo. La equidistancia de muchos hace que los malos, siendo unos pocos, se sientan mayoría, destrocen a todo aquel que no comulgue con ellos y pululen sin coto y con impunidad por nuestras instituciones. Además de la rabia que da, escuchar (de pasada porque no aprendo) a Pepa Bueno, en su programa, hacer gala de ser equidistante y asimilar la equidistancia como independencia cuando todos sabemos que un periodista equidistante es un correveidile que se limita a blanquear el fascismo, a dar voz a los intolerantes y a difundir su odio.

Para colmo, leo un twit de Rosa Villacastín pidiendo que leamos un artículo del neofascista Arcadi Espada (fundador de Ciudadanos que, ahora, cuando ve que ya no se puede mamar más de esa vaca, pide la disolución y su ingreso en el PP). Un consejo, el de Rosa Villacastín, que nos da a cuento de la última barrabasada de la marca blanca del PP en Murcia, Ciudadanos, porque seguramente interesa a sus posturas de creerse una persona de izquierdas. Una persona que simpatiza con los que constantemente incumplen promesas y principios sociales. Los que utilizaban los fondos reservados para los GAL, defienden la brutalidad de las actuaciones policiales, incumplen los pactos de gobierno, se dicen republicanos mientras impiden las investigaciones por la presunta corrupción en la casa real o socialistas mientras están llenos de meapilas del OPUS y votan a favor de dejar que la iglesia se quede con lo que es de todos. Una formación que va por la vida con la cabeza alta como si no fueran corresponsables de que este R78 se haya acabado tornando en un franquismo 2.0.

La semana pasada, se cumplieron diecisiete años de aquel brutal atentado que dejó alrededor de 200 muertos y más de 2.000 heridos y que nos enseñó que el PP es el partido de la impudicia (más si cabe), capaz de mentir para no perder unas elecciones y que una gran parte de los medios de comunicación en España son marionetas del poder.

Cuando El País y El ABC sacaban estas ediciones a la calle, ya era de conocimiento general que no había sido ETA. Entre otras cosas porque había pasado el suficiente tiempo como para que hubieran reivindicado el atentado y no lo habían hecho. Sin embargo, no dudaron en obedecer al desequilibrado ególatra, el innombrable hombrecillo megalómano que fue capaz de meternos en una guerra cruel, sin ninguna justificación (nunca la hay pero en este caso menos) para la intervención de España, con el único motivo de hacerse un lugar en la futura historia de España. Luego, han venido las excusas, las banalidades y las justificaciones. Disculpas y descargos que no sirvieron para no volver a caer en el error de bailarle el agua a Régimen, sino que al contrario, han seguido insistiendo en sus mentiras y manipulaciones para justificar eso que llaman Democracia Plena.

Elevaron desde la nada a un partido, Ciudadanos, que en su primera cita electoral europea iba en coalición con una formación fascista, Libertas del xenófo Declan Grandley,  para competir con la formación de Pablo Iglesias que en un momento dado era en las encuestas el partido con mayor intención de voto y ponía en serio peligro, toda la mierda que acumula bajo a alfombra el R-78. Cuando estos populares anaranjados han tenido opción de inclinar la balanza hacia uno u otro lado, siempre lo han hecho para el lado de los condenados por corrupción. Ahora cuando en Murcia, según Ernesto Ekaizer, le han tendido una trampa al PSOE poniéndole el caramelo de cambiar el gobierno de Murcia a través de una moción de censura, mientras ya hacía un mes que los mismos que negociaban con el PSOE le contaban al PP la jugada y preparaban el espectáculo para dejarlos a la altura del barro, algunos se dan de bruces y se preguntan cómo ha sido posible. Los políticos de Ciudadanos provenían en su mayor parte del PP, así que menuda sorpresa.

La cabra siempre tira al monte y el agua siempre tiende a ir por su cauce.

En España, muchos de los que dice ser de izquierdas, no aguantan a un gitano como vecino, aunque cumpla con las normas sociales, no querrían que sus hijos tuvieran como pareja a una persona de color y hablan pestes de los inmigrantes, de los que creen y difunden las acusaciones infundadas y falacias de la extrema derecha de que vienen a delinquir, a cobrar subvenciones y a vivir del cuento. En España, gran parte de los que se definen como de centro izquierda no creen en el reparto de la riqueza, se creen clase media (aunque no lleguen a fin de mes) y no están de acuerdo ni con el ingreso mínimo vital, ni con la renta básica. Aunque llegado el caso, lo más absurdo es que lo reclaman como si hubieran creído en ello toda la vida. En España, los burgueses que se creen de izquierdas, creen que la justicia social consiste en apadrinar un niño en la India o en Perú o una cabra que ha sido salvada del matadero. Llevar la ropa vieja a Caritas o comprar un kilo de arroz (del barato) cuando hay campaña de recogida de alimentos en su supermercado de confianza o echarle cinco céntimos al pobre que pide en la puerta de la iglesia cuando van a misa.

La justicia social debería ser la meta de todo aquel que se define como socialista o de izquierdas. Y tener claro que lo principal debería ser intentar expulsar de las instituciones a toda esta lacra de corruptos, corruptelas, tamayazos, iluminados, discapacitadas funcionales y sinvergüenzas varios que nos están empobreciendo y expandiendo el odio de tal manera que se está haciendo cada día más difícil seguir viviendo en paz. La principal y más ardua tarea debería ser evitar que las decisiones de una falangista zangolotina sigan provocando muerte y un extraordinario gasto a la Seguridad Social en tratamientos de enfermos UCI por Covid. Tan claro lo tengo, que si yo fuera Iglesias, en Madrid, si acaba habiendo elecciones (a la hora que remato esto, acaba de salir la decisión del TSJM y como ya esperábamos, no porque se atenga a derecho, sino por el interés del los corruptos en ir a elecciones, le han dado la razón a Díaz Abuso, de no poder conjuntar una candidatura con la gente de Monica García, ni presentaría candidatura y pediría el voto para ella. Porque lo importante es desalojar a esta ponzoña de las instituciones.

La ideología, las formaciones políticas y el pensamiento individual son importantes. Pero todo debe estar supeditado a un fin, cuando este es urgente y necesario. Y en este caso, echar a toda esta gentuza de las instituciones, devolver el poder al pueblo y dejar atrás el franquismo de una puñetera vez es perentorio.

No se puede estar constantemente enfermo y disimular el dolor con calmantes, porque al final, la enfermedad te acaba llevando a la muerte.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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