1. Ciudadanos y el bloque no independentista han ganado las elecciones en votos. Ciudadanos ha sido la fuerza política más votada en Cataluña. Se ha situado a más de 162.000 votos de la segunda, Juntos por Cataluña, y con más de un 1,1 millón de votos en su haber. Obtiene 37 diputados en el parlamento catalán y se convierte en la ganadora política, moral y ética en la sociedad de esta parte de España.

Al día de hoy, contra todo espíritu democrático, las fuerzas nacionalistas e independentistas no han felicitado a los ganadores ni han reconocido esta victoria. Ni se espera ese reconocimiento; al igual que los nacionalsocialistas alemanes están instalados en la dialéctica amigos-enemigos y aunque hayan ganado no son merecedores de ser reconocidos como tales en su dinámica política.

Para ellos, la democracia es un fin en sí mismo para llegar al poder no un medio para alcanzarlo y desenvolverse dentro del sistema utilizando los cauces políticos del mismo. En lo que respecta al bloque no independentista –PSC, PP, Podemos y Ciudadanos-, hay que reseñar que han obtenido más votos (2.212.000) que los independentistas (2.036.000), por mucho que al día de hoy los Puigdemont y compañía sigan otorgándose una victoria que no es tal.

  1. Los independentistas no son mayoría en la sociedad catalana. Como ha quedado claro, el nacionalismo radical no es hoy la opción mayoritaria en la sociedad catalana y sigue sin llegar a la barrera psicológica de la mitad de los votos más uno.

Al igual que en anteriores comicios, sigue siendo un bloque heterogéneo, plural e ideológicamente dividido en opciones políticas incluso divergentes en cuanto a su proyecto de Estado. Compartir la independencia como escenario final para Cataluña no es un programa para el país, sino una suerte de huida hacia delante destinada a chocar con la realidad en un futuro ante la presencia de tantas opciones políticas con objetivos divergentes en este camino soberanista, y con pocas posibilidades de construir en el futuro un auténtico proyecto nacional cohesionado, colectivo y con objetivos comunes de cara al desarrollo de una verdadera nación.

Los nacionalistas catalanes siempre se miraron –desde su supina ignorancia de las cuestiones internacionales, todo hay que decirlo- en las experiencias nacionales de los países surgidos de la extinta Yugoslavia y la difunta Unión Soviética, pero su proyecto dista en mucha distancia, desde luego, de la unanimidad lograda en los casos, por poner tan sólo algunos ejemplos, de Eslovenia, Croacia y los países bálticos –Estonia, Letonia y Lituania-.

Allá hubo rotunda y contundente unanimidad, en Cataluña hay dos proyectos diferenciados en dos bloques y en ambos una pluralidad ideológica que dista mucho de la homogeneidad. La transversalidad ideológica, para dar mayor complejidad al escenario, atraviesa a los dos bloques y convierte a la política catalana en un laberinto indescifrable.

  1. La aplicación del artículo 155 y la política del Gobierno no han resuelto nada. Si uno examina como ha quedado el parlamento catalán tras las elecciones, se puede comprender con manifiesta claridad  que la aplicación del artículo 155 tan sólo fue un parche para intentar salir del atolladero en que nos habían llevado la irresponsabilidad de los nacionalistas catalanes y la inacción congénita que ha caracterizado al presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, en esta crisis.

Entre unos y el otro nos han llevado a esta situación de bloqueo político, ausencia de diálogo entre las partes y anunciado choque de trenes que no parece tener final. Los independentistas apenas han perdido un escaño con respecto a la anterior composición del parlamento catalán y el bloque constitucionalista tan sólo ha sufrido una recomposición interna, al haber pasado varios escaños de Podemos y el PP a manos de Ciudadanos.

Resulta paradójico cómo operan los trasvases de votos en Cataluña: Ciudadanos recibe una buena parte de los votos de los desencantados socialistas y de la antigua izquierda reciclada ahora en Podemos. Este asunto, por sí solo, debería llevar a una profunda reflexión a la izquierda acerca de su idea de España, pero se echa falta, desde luego, capacidad analítica, desarrollo de un discurso acorde con la mayoría social del país y un cierto espíritu de autocrítica con respecto al pasado.

Pero no, nada de eso, una huida hacia delante como respuesta es lo que hemos escuchado en estos días. Allá ellos en su estrategia suicida, en su viaje hacia ninguna parte.

  1. Mariano Rajoy y el Partido Popular han fracasado estrepitosamente en Cataluña. Con apenas cuatro diputados y un raquítico 4% de los votos, incluso por detrás de la estrambótica CUP, el Partido Popular ha obtenido en estas elecciones el peor resultado de su historia. Han quedado en un lugar irrevelante en el nuevo legislativo y sin un papel protagónico en la política catalana en los próximos cuatro años.

La deslegitimación de Mariano Rajoy, que cedió el testigo de la oposición a Ciudadanos ante la deriva nacionalista, es total. Los populares debería iniciar un proceso de profunda renovación de sus cuadros, su programa, su orientación estratégica y su definición ideológica si de veras quieren salir de esta grave crisis que podría desembocar en un futuro a la pérdida de su representación en las instituciones catalanas.

Luego hay un claro problema, por parte del PP, en lo que es la comunicación política, tanto interna como externa. La interna es nefasta, pues ni sus militantes ni electores entienden nada de nada, y la externa, inexistente, en manos de mediocres políticos y no de verdaderos comunicadores.

Cuando la comunicación política se deja en manos de políticos deja de ser comunicación, es otra cosa: burda propaganda que ya no funciona en estos tiempos muchos más complejos de la era de la posverdad.

  1. Los socialistas y Podemos no han sido capaces de frenar al independentismo. La izquierda, con sus concepciones ambiguas, poco claras y nada consecuentes con respecto al futuro de España, ha fracasado en Cataluña estrepitosamente, tal como han demostrado estas elecciones y les habían advertido en innumerables ocasiones voces reputadas y afinadas como Francisco Frutos, Josep Borrell, Alfonso Guerra y Fernando Savater.

Desde la equidistancia y la neutralidad frente al desafío independentista, sin tomar partido claramente por el proyecto de España sin remordimiento y sin complejos, los electores de izquierda que se definían como españoles y catalanes al mismo tiempo se han sentido huérfanos y abandonados por sus antaño fuerzas referentes en la política española.

En un escenario de polarización evidente, sin espacio de convergencia ni encuentro entre los dos bloques, los electores de izquierda han acabado migrando paradójicamente hacia Ciudadanos. Resulta increíble que Ciudadanos haya obtenido casi más votos que los socialistas, Podemos y el PP juntos. O la izquierda no nacionalista cambia o irremediablemente acabará desapareciendo.

 

Conclusiones finales

El resultado de las elecciones catalanas define a las claras una sociedad polarizada en dos grandes bloques –independentistas y no independentistas- y un escenario político muy atomizado.

Siete fuerzas políticas están presentes en el parlamento catalán y la mayoría independentista es por apenas tres escaños, pero siempre sujeta al voto de una fuerza de extrema izquierda anticapitalista –la CUP- no muy apetecida como socio político ni siquiera por las fuerzas independientes.

También queda fuera juego la posibilidad de un pacto transversal de la izquierda, como sugería el líder de Podemos, Pablo Iglesias, ya que los partidos progresistas apenas cuentan con 57 de los 135 asientos del parlamento catalán. Es más que seguro que los independentistas lleguen  a un acuerdo y formen gobierno, aunque quizá esa posibilidad sea solo el prólogo de una nueva crisis y la continuación en el futuro de la confrontación entre Madrid y los soberanistas.

El resultado de las urnas, desde luego, no invita al optimismo, ha provocado pocos cambios en la composición del legislativo en lo que respecta a la fortaleza de ambos bloques y todo parece indicar que estamos ad portas, quizá antes de lo que piensan algunos, de una situación parecida a la padecida en los últimos meses que podría tener como corolario unas nuevas elecciones. Y vuelta a empezar. ¿Será así?

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