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Chusma-Class

Marta Campoamor
Escritora.
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análisis

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El supermercado se había convertido en una suerte de pasarela de moda futurista llena de extraterrestres, sin embargo nadie salvo Carolina parecía extrañarse de tanta rareza.

La gente deambulaba con una tranquilidad engañosa por los pasillos. Todos menos ella llevaban mascarilla. Se preguntó dónde demonios habrían conseguido comprarlas. Hacía semanas que las farmacias habían colgado en sus escaparates el cartel de ¡No tenemos mascarillas!

-No me entero de nada, pensó.

Aquello parecía un desfile Prêt-à-porter. ¡Pasen y vean! ¡Última moda en equipos de protección individual frente a COVID19!

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Había mascarillas de todos los colores, tejidos y formas. Estampadas y lisas, grandes y pequeñas, con filtro y sin filtro, para atar o con goma elástica.

Todos parecían contentos, ilusionados con sus mascarillas, como quien estrena vestido nuevo de su diseñador favorito. Se paseaban por la carnicería, por la pescadería o por la zona de droguería luciendo lencería quirúrgica entre la lejía, la merluza o el jamón ibérico. Algunos, los que habían conseguido la famosa mascarilla FFP2, caminaban más espigados, con la barbilla alzada, observando a la chusma-class por encima del hombro. Siempre ha habido clases, y en esto de las mascarillas no iba a ser diferente.

De pronto en el pasillo de la droguería Carolina se cruzó con el rey de las FFP2. Iba despistado y se le ocurrió ponerle a prueba. Se acercó lo suficiente como para que la presintiera y esperó su reacción. Cuando él se dio cuenta de la escasa distancia que les separaba, dio un brinco nervioso hacia atrás cayendo sobre la estantería donde se apilaban los lubricantes, condones, y compresas. Había pánico en sus ojos. La mercancía se desparramó por el suelo sin que el FFP2 pudiera hacer nada por el evitarlo.

Fue divertido verle al borde del ataque de nervios, rodeado de condones y compresas,  intentando recuperar la distancia de seguridad, pero sobre todo la compostura, mientras recogía junto con Carolina y un dependiente que pasaba por allí, los objetos del suelo. Los empleados iban enfundados en su elegante equipo corporativo: pantallas de seguridad sobre mascarillas azules. Era fácil identificarlos. Cuando terminaron, el clase VIP dio media vuelta y se marchó sin decir adiós o gracias o lo siento.

Solo cuando Carolina logró controlar el sofocón de risa terminó de hacer la compra. Pan, salmón, papel higiénico, cerveza; tras terminar de coger lo que necesitaba caminó hacia la caja.

La cola se extendía a lo largo del pasillo de refrigerados, aunque el número de personas que la formaban no eran demasiados. Todos hacían fila respetando la distancia de seguridad y evitando conversar con el de delante o atrás.

Era raro formar parte de aquella locura. Era raro vivir así. Era raro sentirse así.

Parecían robots esperando para ser reformateados, remicrochipados o, en el peor de los casos, desmontados. La distancia, el frío, la incomunicación y el silencio le hacían sentirse extraña.

Por megafonía una cinta grabada informaba una y otra vez sobre la distancia social, sobre el uso de guantes, sobre la necesidad de desinfectarse las manos y sobre donde había que dejar los carros una vez utilizados.

De pronto la grabación se interrumpió y comenzó a sonar Cumpleaños feliz. Todos los dependientes del supermercado se acercaron a las cajas. La mayoría de ellos, se colocó la mascarilla sobre la cabeza a modo de gorro y rodearon a la cumpleañera.

Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, comenzaron a cantar al ritmo de la música que sonaba por megafonía. Cantaban con fuerza, con alegría, con energía. La cajera lloraba, sus compañeros también. Todos, incluida Carolina, corearon el acontecimiento.

También el tipo de la FFP2. ¡Aleluya!

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