♫Mi vecino de arriba, es un fulano de tal, que va a misa el domingo y fiestas de guardaaar,…♫ canturreo en mis adentros por Joaquin Sabina mientras le veo por la ventana con su faria baboseada y su sombrero a lo John Ford.

Porque mi vecino de arriba, al igual que el de la canción, es un recto caballero español. De los de futbol, toros y televisión. De los que tiran la colilla en la escalera y el precinto del puro en la acera, y cuando le recriminas te dice: “para eso están los que barren”. Mi vecino es de los que entraron en el Madrid de la posguerra, pero jamás Madrid ha entrado dentro de ellos. De los que, si por equivocación se dignan en bajar la basura, no existe, ni el espacio, ni los colores de contenedor, ni siquiera el propio contenedor.

Mi vecino de arriba es un patriota español. De los que se les hincha la vena cuando pierde el Madrid y gritan como locos cuando gana la Champion League.

Mi vecino de arriba, como buen español, odia a los catalanes. Jamás ha conocido a ninguno. Jamás ha estado en Cataluña, ni jamás tuvo trato con ninguno. Pero es de los que ha puesto la bandera de España en su balcón para que quede clara su fobiafiliación.

Mi vecino es de rectitud moral inflexible y de los que reclama saber estar. Quizá por eso sale a la terraza en bata de guatiné en invierno y en calzoncillos en verano. De los que muestra su compostura en el bar, jugando la partida con sus amigos con la copa de sol y sombra encima de la mesa y el palillo en la boca.

Mi vecino de arriba es un fiel partidario de que se cumpla la ley. Que le deba a la comunidad los recibos de los últimos tres años, es una cuestión estrictamente personal y especial que en nada está en contra de ese precepto. Porque lo de él es un caso muy especial y es porque todos los demás vecinos le tienen manía y envidia.

Mi vecino de arriba aparca en doble fila cuando va a comprar los farias, aunque haya sitio a cinco metros delante, y en una plaza de minusválidos cercana a la puerta en el hiper, cuando lleva a su señora a hacer la compra. Y se jacta de que se hace Madrid- Alicante en dos horas y media.

Mi vecino de arriba es tan sociable que nos participa su alegría a base de gritos en la escalera y portazos, cuando a las tres de la mañana, en Semana Santa y todos los veranos, sale de vacaciones con su familia.

Algunas veces, cuando su mujer ya no puede más, el perro, saca a mi vecino a pasear. Como no sabe hablar, no le puede decir que deje el móvil y recoja sus excrementos. Ni tampoco puede decirle que cuando le tira la bola que rueda sobre el piso para que vaya a recogerla, el ruido de un camión de tres toneladas pasa por encima de mi piso.

Mi vecino de arriba, no trabaja desde que yo tengo uso de razón. Por eso, los sábados, aprovechando el tiempo libre, a las ocho de la mañana aprovecha para hacer bricolaje. El taladro y los golpes me sirven de despertador. Y para que no me invada el sopor, a la hora de la siesta, le da por redecorar el salón y arrastrar los muebles.

Hace un par de meses que nos comunicó su intención de reformar el baño, dejando un reguero de yeso por toda la escalera y un montón de escombro como alfombra en el portal. Por supuesto, fiel cumplidor de la ley, encargó la ñapa en B, a unos señores con acento rumano a los que les dejó a deber la mitad de lo acordado. Porque dijo que eran unos vagos y no cumplieron con lo pactado.

Desde la ventana veo como entrena al perro. Le gusta salir de caza nocturna en el pueblo. Cuando el perro no obedece, le suelta una patada. Aunque el pobre bicho, acostumbrado como está, siempre esquiva el golpe.

Ahora sonrío al recordar cuando hace unos días, después de que mi vecino contribuyera a luchar contra la sequía meando entre los setos del parque infantil, el animal se le acercó por detrás a olerle y cuando fue a darle la parada a la media vuelta, mi vecino cayó sobre los arbustos, rebozando el sombrero entre el barro y rozándose toda la cara con las ramas. El karma, le dije desde mi ventana.

Y es que mi vecino de arriba, como buen caballero español, es ejemplo de convivencia y humildad. Como valiente español es amante de las armas y del ejército, aunque se libró de la mili por ser hijo de viuda. Anteayer me dejó una nota bajo la puerta para decirme que como vuelva a tirar de la cadena a las cuatro de la mañana, me raja.

 


 

Churras y merinas

Hace unos días, el rey, la clausura del Congreso Mundial del Derecho en Madrid, creo que como continuidad a esa campaña sacada de la maquiavélica cabeza de Borrell “This is real Spain”, mezclaba churras con merinas al afirmar que sin ley no hay democracia. La ley es a la democracia lo que la arena al desierto. La imagen que tenemos del desierto es la de dunas y arena infinita, pero no es necesario que eso exista para que una zona sea desértica. La ley no es intrínseca a la democracia. Todos los sistemas políticos tienen leyes, pero no todos son democracias. El franquismo tenía leyes (algunas de ellas aún vigentes) y era a la democracia lo que Risto Mejide a la ética periodística.

Nos están vendiendo que el respeto a la ley es tan importante que sin ella, se acaba la democracia y el estado. Las leyes, que se han “vendido” siempre como normas de convivencia sobre las que apoyar la sociedad para evitar el caos, en realidad son la forma que tienen los estados de castigar a sus ciudadanos. Es evidente que las normas son necesarias para marcar pautas de legalidad y comportamiento, pero ni la ley impide que cualquier asocial acabe disparando a cientos de personas en una escuela pública en USA, ni que mi vecino de arriba siga contratando la chapuza a unos sin papeles a los que engaña y acaba no pagando.

La ley no ha impedido que un delincuente le prendiera fuego a todo un rascacielos para evitar que uno de los que siempre abogan por el cumplimiento de la legalidad, fuera perjudicado con lo que había guardado en un archivador. La ley no ha impedido el incumpliendo sistemático del estado español de los tratados internacionales que ha firmado y que deberían haber sido suficiente legalidad para que un grupo de especuladores sin corazón ni empatía, no acabaran echando de su casa a dos ancianas, con una niña minusválida a su cargo, dejándolas en la calle. Esa misma legislación que tampoco han impedido los casi 12.000 desahucios realizados en España solo en el tercer trimestre de 2018.

La ley y la democracia se parecen como un huevo a una escafandra. La ley es el asiento sobre el que la justicia debe juzgar hechos basándose en la normativa que en ella se expone. La misma ley que hace que a un ciudadano que gana 15.000 euros al año, hacienda le haga una paralela y le reclame 8.000 euros en impuestos atrasados de una pensión que cobra del estado alemán, y que no metió en la declaración por su procedencia, es la que hace que también ese organismo público le reclame a Cristiano Ronaldo 28 millones de euros por impuestos impagados. La misma ley, sin embargo, que sirve para embargar por impago, al ciudadano de la pensión de 200 euros al mes cobrada desde Alemania, sirve para que el narciso futbolista acuerde pagar con el estado una cantidad muy inferior a la deuda contraída, con una sentencia de cárcel inferior a los dos años para que este no entre en prisión. La misma ley que mientras al ciudadano de a pie le apremia en vía ejecutiva casi inmediatamente, consiente que algunos empresarios aplacen deudas de varios millones de euros, sin ningún tipo de procedimiento ejecutorio. La misma ley que sirve a un juez cualquiera para enchironar dos años y cuatro meses a una mujer por comprar alimentos para sus hijos, con una tarjeta de crédito encontrada.

El lector se equivoca si cree que este artículo es un alegato en contra del cumplimiento de la ley. Las leyes son necesarias. Y más en un país como este en el que el más listo es el más caradura. Si aquí pusieran el billete del transporte público como en Alemania dónde no es necesario enseñarlo para acceder al bus o al metro, el 80% de la gente entraría sin pagar. Lo que quiero dejar claro desde estas líneas es que las leyes no son la panacea ni la garantía de nada. Y menos del sistema político que las recoge. El fuero de los españoles de Franco, no garantizó la supervivencia del franquismo (al me nos sobre el papel). Una ley que, sin embargo se saltaron, para reformarlo y acabar derogándolo. La Constitución, ley de leyes, dictamina las funciones del rey, entre las que no se encuentran la de dar opiniones a favor o en contra de políticos, aunque estos estén siendo juzgados. Tampoco se encuentran entre esas funciones las de ser comisionista y según cuenta un tipo que siempre ha estado cercano a la Casa Real, Jaime Peñafiel, el anterior rey cobraba una comisión por cada barril comprado a Arabia Saudí.

El cumplimiento de la ley, simplemente se abusa como excusa para el sostenimiento de un sistema político cancerígeno, podrido hasta la médula en el que, desde la corona hasta la judicatura, pasando por el poder legislativo y el ejecutivo, tienen serios problemas para explicar comportamientos inmorales y abusivos, muchos de ellos ilícitos. En el que el nepotismo, los tráficos de influencia y el abuso de poder se ramifican como un cáncer que acaba creando metástasis en el resto de instituciones del estado.

La mejor garantía de legalidad y permanencia de las instituciones es la credibilidad y el respeto. Y para ello, hay que tener comportamientos ejemplares. Cuando una institución se ve salpicada por los escándalos, cuando el rey debe abdicar a consecuencia de los continuos excesos y parte de la familia real acaba en la cárcel (eso si, en una exclusiva porque aunque la ley debe de ser igual para todos, siempre hay excepciones) y la otra parte, la más cercana, al pueblo no le quedan dudas de que se ha librado de las rejas por ser quién es, su credibilidad se va por el desagüe y su permanencia se ve seriamente amenazada.

Que todo español de bien, mucho y muy español, se entusiasme con la violencia policial del 1O en Cataluña, que muestre su orgullo y alegría porque una serie de personas sean juzgados por delitos cuya veracidad es dudosa, en un proceso repleto de irregularidades y que como coartada se diga que hay que cumplir la ley, mientras se deja de pagar el IVA a la mínima ocasión, se aparca en doble fila importándole una mierda si con ello restringe el tráfico en la zona, cuando no se respetan los semáforos ni los límites de velocidad, cuando se descargan películas y libros sin abonar derechos de autor, cuando no se respeta la privacidad del correo o del teléfono, cuando no se recogen las mierdas que el perro deja en la calle, cuando se monta follón en la vía pública porque el equipo de fútbol ha ganado obviando el derecho al descanso de los demás, me parece cínico, pobre y demagógico. Cuando un pueblo siente gusto por la desgracia ajena mientras olvida su propia desgracia, la sociedad ha llegado a un estadio de infelicidad y de pasotismo que es difícil que la legalidad se respete.

Lo que algunos temen no es que el incumplimiento de ley acabe con la democracia, sino que, la hartura de la gente con esos comportamientos avasalladores, cometidos por quiénes deberían ser ejemplo, abusando de su posición y de su impunidad, acaben llevando al caos jurídico y con ello, que se vaya al garete el chiringuito que tienen montado con todos sus privilegios. Que ellos lo llamen democracia, es parte de su estrategia.

 

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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