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Joaquín Francisco Eslava Castillo
Profesor de secundaria y doctor en Economía asociado a la UCA.
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Hace un año, debido a la fragante inequidad societaria chilena, el país se vio envuelto en un “estallido social” que se visualizaba en continuas manifestaciones. Esto fomentó una inestabilidad preocupante que repercutía negativamente en todas las esferas (económica, política, social y educativa, entre otras) que conciernen al territorio. Sin embargo, el pasado domingo 25 de octubre del 2020, Chile vio culminadas esas revueltas impartiendo una lección mundial sobre cómo superar una herencia relacionada con uno de los dictadores más sanguinarios de Latinoamérica, Augusto Pinochet, mediante una votación popular en favor de la redacción de una nueva Constitución para así enterrar definitivamente los fantasmas del pasado.

Esta gran victoria labrada para escribir el nuevo texto constitucional no se plasma, únicamente, en el resultado de la votación (con un aplastante SI) sino que su mérito reside, más aún si cabe, en que este proceso de edificar una carta magna no surge de ninguna fuerza ni política ni sindical, sino que se inició desde el movimiento de la sociedad. De esta manera, el triunfo del referéndum ha sido posible, exclusivamente, gracias poder de la ciudadanía, neutralizando así cualquier apropiación de signo político.

No obstante, queda mucho camino por recorrer en ese ansia por reducir la desigualad que padece la región chilena y que con una aglomeración de artículos refundidos y bien escritos no será suficientes. Pero lograr redactar una nueva Constitución que pueda blindar la educación, la vivienda, los derechos sociales, las pensiones y la sanidad, entre otras coberturas socioeconómicas, es un gran primer paso.

A partir de tales sucesos, ¿por qué en Chile sí y en España no? La sociedad española no tiene suficiente capacidad ni valentía para salir a la calle y manifestar un cambio de la Constitución, que se firmó allá en 1978. De aquellos tiempos ya no queda ni la misma moneda.

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Debemos escribir una nueva Constitución donde podamos elegir si queremos o no una monarquía, ya que según su historial de acciones su credibilidad queda en entre dicho y, además, la vida de los españoles y españolas no se vería mermada negativamente por su ausencia. Por otro lado, también podríamos considerar, ya de paso, si dos terceras partes de los políticos y políticas son perfectamente suprimibles debido tanto a sus privilegios superfluos, que suponen un gran coste al erario público y que se podrían invertir en otros asuntos socioeconómicos, como por sus actos más que reprochables y poco “patriota”, puesto que no son capaces de alcanzar ningún consenso, ni siquiera en momentos de coronavirus.

En este caso, muestran prioridad en mantener su rédito político que en defender las vidas de sus propios conciudadanos. Vemos casos desde lo político como la absurda intentona de una moción de censura en plena pandemia, hasta lo social-económico como el mantenimiento de la cuota de autónomos a empresas a las que se les obliga cerrar, no bajar la ratio de la aulas de colegios, institutos y universidades, no contratar más sanitarios, y/o permitir desahucios a la vez que implementan toques de queda. Es decir, te echan de tu casa para vivir en la calle donde no puedes permanecer en un determinado tramo horario: una auténtica barbaridad como acción política.

Existe un sector importante de la población española que aboga por la necesidad de instaurar una nueva República y así poder cortar la corona de nuestra bandera y, también, pintar encima de la última franja roja el color morado, generando de esta manera una enseña con tinte más feminista, que falta hace viendo los casos de violencia de género e incremento de machismo por parte de los adolescentes. Así pues, mataríamos no a uno, sino a tres pájaros de un tiro: “fuera el Rey, viva la República y más feminismo”. Sin embargo, ¿sería suficiente la República para cambiar las estructuras socioeconómicas que hoy originan desigualdad? Y los políticos, ¿son realmente necesarios tal número para el funcionamiento del país?

La corona de una monarquía es lo mismo que las prerrogativas de los políticos y políticas. Son prebendas y beneficios que solo se le otorgan a ellos y ellas por tener una condición de sangre azul o un asiento en el parlamento y a los que ningún otro ciudadano y/o ciudadana pueden tener acceso. Hablamos de aforamientos, salarios estratosféricos, muy por encima de la renta media nacional, pagas vitalicias, y dietas más que jugosas, entre varios asuntos.  

Monarquía, políticos y políticas parecen mellizos, puesto que son descendientes del mismo embarazo y viven de la misma madre llamada Estado, pero físicamente son diferentes, ya que uno viste con uniforme militar de gala, adornado con medallas al mérito, y el otro utiliza un traje de chaqueta, en ocasiones, incluso a medida y, encima, existen casos en los que ni ellos mismos los sufragan (véase el caso Gürtel). En este caso se dice que los mellizos tienen conexiones telepáticas especiales y, cómo no iba a ser menos, si uno se sube el sueldo en la partida del gasto del personal de los Presupuestos Generales del Estado (PGE), el otro también.

Eso sí, este incremento salarial de los mellizos se origina en una época en la que, por un lado, existe un importante número de ERTES, despidos y cierres de empresas a causa de una pandemia que está aniquilando la socioeconomía de un país; y, por otro lado, existe una importante insuficiencia de dotación de recursos tanto para educación como para sanidad que impide satisfacer la labor de ambos sectores de manera adecuada viéndose agravada por el virus.

En esta línea, los políticos y políticas sólo pueden acudir al Congreso de los Diputados según aforo permitido debido al COVID-19. Esta panorama que demuestra que con menos plantilla política el país no padece ningún descalabro socioeconómico y llegamos a la conclusión que para el funcionamiento de un territorio no son necesarios tantos estadistas, por no mencionar los ministerios. Pero lo curioso de la situación es cómo es posible que tales mandatarios sin acudir a su centro de trabajo, realizándolo supuestamente telemáticamente,  sigan cobrando las dietas. Esto último demuestra su falta de ética, empatía con el ciudadano y que la corona no solo la regenta una familia monárquica, ya que la diadema de los privilegios políticos brillan de la misma manera que la propia corona.

Llegados a este punto, sería interesante chillar por un referéndum que permitiera elegir entre la monarquía o la supresión de dos terceras partes de los políticos y a partir de ahí labrar el camino hacia una nueva República. Sinceramente, no sabría qué resultado saldría, pero lo que tengo claro, sin ser nada monárquico, es que si mantenemos la monarquía, solo sufragamos los gastos de una familia mientras que, en el caso de los políticos y políticas, ¿a cuántas familias vinculadas con la política le financiamos su cesta de la compra? De todas maneras, mantengo mi idea, añadiéndole otro elemento: “fuera el Rey, viva la República, más feminismo y menos políticos y políticas”.

Ciudadanos y ciudadanas chillen, al igual que nuestros compadres chilenos y chilenas por una nueva Constitución, sabiendo de ante mano que una carta magna no es requisito sine qua non, para corregir todos los fallos socieconómicos de nuestro sistema pero, al menos, es un primer ladrillo en la construcción de una realidad con menor desigualdad. De todas maneras, hacer cumplir con parte de nuestra actual Constitución con respecto a los derechos fundamentales (derecho a vivienda, trabajo digno, educación y sanidad pública y de calidad, entre otros), siempre será una lucha constante.

Ciudadanos y ciudadanas, chillen al igual que nuestros compadres chilenos y chilenas por una nueva Constitución, resaltando a su sociedad como un ejemplo de conciencia, alternativa y dignidad:

Latinoamérica no es pobre, es desigual
Respetemos su identidad
Luchemos por su equidad
Latinoamérica tendrá su revolución
si conciben a todas sus razas y etnias por igual
uniéndose todos desde el perdón
para labrarse un futuro hacia la sustentabilidad

Ciudadanos y ciudadanas, chillen al igual que nuestros compadres chilenos y chilenas por una nueva Constitución, y como señalaba Salvador Allende: “…sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasa el hombre y la mujer libre, para construir una sociedad mejor…”

Ciudadanos y ciudadanas, chillen al igual que nuestros compadres chilenos y chilenas por una nueva Constitución. España, ¡despierta! Andaluzas y andaluces, ¡levantaos!…

X la Revolución de los desiguales… <3

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