Presentación de Chavela Vargas, en el Teatro Galerías. El Informador / Jorge Adrián Rangel Aguirre.

Falleció un 5 de agosto de 2012 en Cuernavaca, México. Tenía 93 años y se había mantenido activa hasta sus últimos días, recorriendo escenarios en su silla de ruedas para amadrinar a jóvenes artistas que sentían veneración por ella. Pocos sabían que al nacer le habían puesto el nombre de María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, y que no vino al mundo en el México del que fue voz y bandera, sino en San Joaquín de Flores, un pueblecito de la provincia costarricense de Heredia, hace justamente un siglo, el 17 de abril de 1919. Pocos sabían esas cosas porque, cuando murió, ella ya no era simplemente una mujer, ni siquiera una gran artista. Se había convertido ya en un mito de las noches cantineras, del sufrimiento, del sacrificio, de la identidad de genero, de la amistad, del amor. Por entonces, ella ya era ‘Ella’, como la canción de José Alfredo: Chavela Vargas.

De voz imperfecta para los oídos más exquisitos e infalible para los corazones solitarios, machete afilado en su juventud transformada en basalto incandescente en su madurez, Chavela Vargas vivió una vida tan intensa como se desprende de sus canciones. Quizás por ello la mejor forma de definirla es decir que fue una artista honesta, que supo siempre escoger un repertorio sincero, que no dijese más ni menos de lo que ella llevaba en la garganta y necesitaba compartir.

En este sentido, fue la primera mujer con valor de cantarle a otra mujer, de cantarle su deseo, su amor, su dolor y su olvido. Y lo hizo en la sociedad ‘macho’ por antonomasia como era el México de los sesenta y los setenta. Aunque no habló a las claras de su homosexualidad hasta ya entrado el nuevo milenio, lo suyo era un secreto a voces. Para empezar, su aspecto: pronto se desprendió de vestidos y tacones y se ajustó camisas, pantalones y su sempiterno poncho rojo bajo su pelo corto. Vestida ‘de hombre’, compartía parrandas con estos, tequila en una mano y habano en la otra, y los iba tumbando uno tras otro. Y mientras ella se consumía en cada trago, su alma cantaba por las mujeres a las que no podía amar.

“Fue la primera mujer con valor de cantarle a otra mujer, de cantarle su deseo, su amor, su dolor y su olvido. Y lo hizo en la sociedad ‘macho’ del México de los sesenta”

Que no fueron todas, desde luego, porque desde la pintora Frida Kahlo a la actriz Ava Gardner, no faltaron amantes en la vida de la artista, que siempre vivió sus relaciones, según ella misma explicaba, con más hígado que cabeza o corazón. Tal vez porque compartían ese mismo pulso vital, una de las relaciones más importantes de su vida, de amistad en este caso, la mantuvo con José Alfredo Jiménez, descubridor de una por entonces joven Chavela a su llegada a México, y compositor de muchos de sus mayores éxitos, como ‘Que te vaya bonito’, ‘Amanecí en tus brazos’, ‘En el último trago’ o ‘Cuando vivas conmigo’.

José Alfredo falleció a los 47 años, en 1973, consumido por el alcohol, y ya por entonces Chavela también estaba cayendo sin remedio, hasta que desapareció de los escenarios, incapaz de mantenerse en ellos. Casi veinte años tuvieron que pasar para que volviera a subir a uno, en Madrid, en la sala Caracol, de la mano de Pedro Almodóvar y otros artistas que habían llorado y se habían salvado escuchando sus canciones. Empezaba la década de los 90, y Chavela Vargas salía por fin de su larga y agónica travesía del desierto. Enfundada de nuevo en su poncho rojo, se colocó ante el micrófono, extendió sus brazos con una inmensidad simbólica solo alcanzable por la de Cristo en la cruz, y comenzó a cantar ‘Piensa en mí’. Más tarde, al llegar a ‘La Llorona’, lanzaba el grito de amor desesperado más profundo jamás compuesto: “Si ya te he dado la vida, Llorona / ¿Qué más quieres? / ¡Quieres, más!”

Ahí se desvanecieron las cenizas de la Chavela parrandera y comenzó a tomar forma el barro de Chavela el mito, quien libre ya de la esclavitud del alcohol, podía entregarse a aquellas representaciones teatrales que eran sus recitales, su cara a cara con el amor y su lado oscuro. Su voz rota, imperfecta y vulnerable, era el pasaporte vital, repleto de sellos, que atestiguaba su largo viaje hasta cada uno de los escenarios europeos y americanos que la veían brillar de nuevo. Toda una nueva generación la fue descubriendo, fascinada por la hondura de su canto, y se convirtió en referente e influencia más o menos evidente de muchos nuevos artistas (¿Acaso la arrolladora “La Ruiseñora”, de Miguel Poveda, no podría ser apodada ‘La Llorona de Jerez’?).

Cuando se cumple un siglo de su nacimiento y siete de su desaparición, el recuerdo de Chavela Vargas perdura inalterable como el de una mujer única que nunca se doblegó ante las circunstancias ni ante las imposiciones sociales. Marginación, represión y soledad son palabras que acompañan inseparables a su biografía. También indiferencia, resaca y resistencia. Pasó su particular calvario y supo resurgir para seguir haciendo casi lo único que siempre quiso y supo: amar mientras la llama quemase y exhortar su canto al viento helado que, inevitablemente, venía a apagarla antes o después. El resto de los mortales, afortunados nosotros, tendremos siempre la voz de Chavela para mantener cierta calidez en nuestros corazones.

Concierto de regreso de Chavela Vargas, en la Sala Caracol de Madrid (01/05/1993).

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