“Yo no creo en la muerte” como gusta decir Manuel Domínguez-Moreno, el presidente de este periódico, Diario16.

Y yo tampoco creo en la muerte. Creo de corazón que Antoine Hubert estaba con Charles Leclerc -era parte de él- cuando ha cruzado la meta del circuito de Spa-Francorchamps tras las 44 vueltas emocionantes, larguísimas, tanto como los siete kilómetros de asfalto que lo conforman.

Emocionante y sobrecogedora carrera, en especial las últimas vueltas cuando Lewis Hamilton, el pentacampeón que nunca se rinde y siempre quiere más, se acercaba y se acercaba a Charles Leclerc, confiando en que sus neumáticos se irían abajo y en el último instante podría cazarlo, ponerse a la par y adelantarlo.

Pero ahí, en el monoplaza rojo -¡por fin Ferrari gana una carrera en 2019!- estaba también Antoine Hubert.

“Lo conozco desde siempre, tenemos la misma edad, en la primera carrera que corrí también estaba allí él” -le dice a los micros Charles Leclerc nada más bajarse del coche después de ganar por fin, tras dos fiascos, un gran premio de Fórmula1.

Un día inolvidable, porque ha sido la primera victoria de un piloto destinado a convertirse en uno de los grandes, pero también porque el mundo se ha visto obligado a recordar que los pilotos de Fórmula1, y la Fórmula2 es un escalón hacia la F1, son héroes.

“Nos subimos al coche y sabemos lo que nos estamos jugando” dice Esteban Ocón, y añade “Merecemos un respeto”.

Merecen un respeto. La F1 no sólo es espectáculo, como a veces parece en los últimos tiempos donde muy rara vez, por fortuna, suceden accidentes definitivos.

Alma y respeto.

Una carrera magnífica y tristísima, Spa-Fracorchamps 2019, cargada de emociones contradictorias.

Enorme Charles Leclerc y enorme Antoine Hubert, juntos e inmortales para siempre.

Tigre tigre.

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