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Cayetana: por no moverte no saldrás en la foto

José Antonio Vergara Parra
Licenciado en Derecho por la Facultad de Murcia. He recibido específica y variada formación relacionada con los trabajos que he desarrollado a lo largo de los años.
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En otro tiempo no muy lejano Alfonso Guerra no era el tipo intrépido y franco que es hoy. Mandaba y mucho. No fueron buenos tiempos para la lírica, ni para versos sueltos sino para una prosa castrense y abigarrada. Hubo un tiempo, en efecto, que Alfonso Guerra era el malo entre dos, el Falconetti ibérico pero con gracejo andalú. De sus labios brotó una frase que, con contundente pedagogía, avisaba a marinos y terrícolas: “Quien se mueva no sale en la foto”.

Una expresión que, por otra parte, no supuso un avance en campo del pensamiento político ni una aportación extraordinaria de la antropología doméstica, pero sí una confidencia tan sincera como desvergonzada. Alfonso Guerra pensó en voz en alta y verbalizó lo que, aún pensándose, no debiera decirse. Nada nuevo bajo el sol.

Cayetana Álvarez de Toledo fue llamada por su solvencia intelectual, su consistencia ideológica y sus agallas. El centro-derecha lleva décadas pidiendo perdón por existir; genuflexo y entregado al capote en tórridas tardes de arenas circenses. Dos han sido los pecados veniales aunque letales de los peperos: su armisticio en la pugna por las ideas y su calamitosa política de comunicación.

Cayetana ha ejercido su portavocía con una brillantez y aplomo inéditos en la Carrera de San Jerónimo. Cayetana, como es natural, suscitaba entusiastas adhesiones y fortísimos rechazos, singularmente desde la izquierda más insensata, lo que delataba lo acertado de sus quehaceres parlamentarios. Mas no es ésta la cuestión troncal y definitiva que subyace bajo lo acontecido y que de veras me inquieta.

La política española, como la sociedad a la que pertenece, está enferma. Tras una aciaga república, una guerra fratricida y cuarenta años de dictadura, el advenimiento de la democracia aconsejaba un periodo de gracia que permitiera su maduración. Nuestra Ley de Leyes pronto cumplirá cuarenta y dos años y, no obstante, nuestras mentes siguen prisioneras de turbulencias pueriles y paralizantes. En lo más profundo de nuestra consciencia, desnuda de prejuicios y odios, liberada de ataduras y servidumbres, hallaremos la verdad, si así lo queremos. La luz nos asusta y nos hemos dejado sodomizar por los tiranos de nuestro tiempo que no visten de traje militar pero, desde sus torres de marfil, construyen la verdad oficial. Para que lo políticamente correcto, es decir, la falsedad analgésica, germine es preciso construir una sociedad gregarizada y escasa o nulamente formada. Sé bien que las facturas se acumulan en los cajones y que la libertad es, a veces, una extravagancia peligrosa y elitista. Lo sé bien; demasiado bien, porque he paladeado sus mieles y también su vinagre. Mas, como si de una revelación se tratare, me adhiero a lo dicho por el universal alcalaíno por boca del Hidalgo:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Cayetana ya sido cesada por ejercer su libertad, por hacer lo que de ella se esperaba. Más de allá de coincidencias o desacuerdos, me rindió a quien va de frente, sin dobleces ni ambages. Personas que, tras un proceso racional y analítico, dicen lo que piensan, asumiendo los riesgos que ello conlleva. Cayetana ha sido fulminada por pensar, por atreverse a disentir, por alzar la voz en medio de la mediocridad, por franquear fronteras y exigir al Emérito la rendición de cuentas ante su Pueblo.

Con insuperable cinismo dicen algunos que rompía la disciplina del grupo parlamentario. ¿Qué disciplina ni qué gaitas? Como si no supiésemos que el poder en los partidos se ejerce de arriba a abajo y que la deliberación ha sido desplazada por la conveniencia del más fuerte.

La sociedad ha avanzado porque espíritus indómitos y rutilantes, como el de Cayetana, arrojaron luz en las tinieblas. Luz que los encandilados se empeñan en apagar.

Cayetana nunca se movió y precisamente por ello no saldrá en la foto. Tampoco importa demasiado pues hay instantáneas en las que es desaconsejable el posado. Cayetana, como todos, es falible. Seguro que erró más de una vez pero no me cabe duda que, pese a previsibles amonestaciones,  fue leal a sus ideas y principios. Y no andamos muy sobrados de tan singulares rarezas. Cayetana; desde mi humilde cancillería, gracias, mil gracias y que la vida le sonría.

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