Santa Cruz, al que todos conocían por Joet era un sirviente como los demás. Sin embargo gozaba de una serie de privilegios que ellos no tenían. Él, nunca había levantado los ojos delante de su señor. Siempre obedecía y, aunque fueran los trabajos más denigrantes o aunque tuviera que maltratar a uno de sus compañeros, jamás había puesto en duda la autoridad de Don Aurelio, dueño y señor de aquella extensa plantación situada en el Arroyo Blanco. Así, poco a poco, aunque seguía siendo esclavo y negro, gozaba de una libertad de movimientos que para otros eran un sueño, portaba armas de fuego, comía en la cocina, junto con el personal de servicio de la casa, y tenía el derecho de dormir en un cobertizo junto al gran barracón en el que se apelotonaban los demás esclavos que cortaban caña de azúcar, recogían algodón o dedicaban a luchar contra la madre naturaleza, que todo lo colonizaba al menor descuido. Además tenía también el derecho al goce con las hembras que Don Aurelio tenía para la cría de otros esclavos. Negocio más rentable que tener que traerlos en barco desde el lejano continente africano. Los negros, además, al haber nacido en cautividad, eran menos problemáticos que los que venían ya resabiados, recién desembarcados y subastados, porque habían gozado de libertad en su tierra natal.

Santa Cruz, había sido cazado en las selvas de Guinea y tras una transición marítima en la que había visto morir a más de la mitad de sus compañeros de viaje, donde los piojos, las ratas y el olor a mugre y a muerte (un olor del que, una vez inhalado, no te libras jamás en la vida) les impedían conciliar el sueño, había sido subastado y comprado por Don Aurelio. Tras unos años cortando caña, informando al señor, sin que nadie se lo pidiera, de planes de fuga, de los cabecillas que creaban malestar entre los esclavos y les arengaban a la lucha por la libertad, fue sometido a la prueba de ir a buscar a la sierra a unos treinta negros fugados. Joet, aceptó el reto y sin ningún tipo de ayuda, localizó el campamento de los esclavos y volvió para reunir una partida, que les diera caza. Una vez de vuelta, él fue el encargado de azotar a los cabecillas y de torturar y dejar que muriera al sol, atado de pies y manos en una enorme X, al que consideraban mayor responsable de la fuga. Así fue como consiguió ser mayoral de esclavos.

Santa Cruz, como le había bautizado Don Aurelio cuando le dejó que asumiera el cargo de caporal, era temido por los otros esclavos. Su comportamiento era mucho más austero, injusto y violento con sus congéneres que cualquiera de los demás vigilantes de la plantación.

Tras varios años actuando como un blanco más, a pesar de seguir siendo negro y esclavo, Don Aurelio había contratado, casi por obligación parental, a un capataz venido directamente desde la península. Un recio castellano venido a menos que repelía a cualquier otro ser humano que no tuviera al menos la condición de hidalgo. Enseguida su carácter chocó con el de Joet. El castellano, sin embargo, aunque duro en el trabajo, era correcto en el trato y ecuánime con los castigos. No distinguía entre tribus, ni entre buenos o malos trabajadores. El que se saltaba las normas, era castigado por igual, fuere, quien fuese. Del mismo modo, era condescendiente, cuando debía, con quién trabajaba sin rechistar y con aquellos que jamás contradecían con un gesto una orden dada. Santa Cruz, por el contrario, tenía tratos de favor sin disimulos y era muy condescendiente con quién suponía que era sangre de su sangre. Un chivatazo del castellano a Don Aurelio, puso en alerta al dueño de la plantación, quién advirtió a Santa Cruz, que si eso era así, acabaría volviendo a cortar caña.

Tras una extraña jornada en la que todo era murmullo y los cánticos habían cesado poco a poco, los esclavos acabaron montando en cólera tras conocer la advertencia a Joet. Tanto que finalizaron el trabajo antes de tiempo y amenazaron con no volver al día siguiente si Don Aurelio no acababa despidiendo al castellano. No iban a permitir que uno de los suyos, fuera tratado así por un recién llegado.


Catecismo informativo

Hay una película española de Manuel García Pereira, titulada “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?” en el que los protagonistas trabajan haciendo el amor todos los días en un Sex Shop. Aunque al final el roce hace el cariño y como película que es, los protagonistas acaban enamorándose, lo que hacen en el trabajo es sexo por dinero, que nada tiene que ver con el amor, aunque se considere que en origen, es el amor lo que llevaba a lo otro.

Este argumento podríamos trasladarlo a la prensa actual en España. Y podríamos titularlo “¿Por qué lo llaman noticias cuando quieren decir publicidad?”.

Para mí, un aprendiz como persona y un cuentista por vocación, es imperdonable que la información sea contaminada con la opinión sin que haya una clara separación que distinga ambas. Atendiendo al artículo 20 punto 1, apartado a) de la tan manida sacrosanta Constitución de 1978, todos tenemos el derecho a expresar y difundir libremente nuestras ideas y opiniones, a través de la palabra, el escrito o las redes sociales. Por tanto no hay nada punible en que un gacetillero o un profesional de esos que cobran una nómina de más de cinco ceros, escriban o comuniquen a través de la radio o de la televisión las opiniones que más les convengan, las que más les convenzan o las que mejor les paguen. Lo que realmente es punible, está feo y va contra toda moral y contra todo código deontológico de cualquier periodista que además presuma de ello, es mezclar información con opinión sin que queden establecidos claramente los límites de ambas cosas. Y lo que debe ser inconcebible en el periodismo y por tanto, debería ser rechazado por todos, es que la opinión de un señor que tiene el poder de llegar todos los días a la gente como comunicador de un noticiario, hackee la noticia que está dando en ese momento, convirtiéndola en desinformación, manipulación informativa y por tanto, en una delito que va directamente contra el apartado d) del punto 1 de ese artículo 20 de la Constitución que dice que todos tenemos el derecho a recibir libremente INFORMACIÓN VERAZ. La manipulación informativa es claramente un delito que debiera ser, al menos, reprochado por toda las asociaciones de prensa.

En todos los países cuecen habas y en todas las emisoras de televisión y radio el que indica la línea editorial del medio es el que pone la pasta. Eso es algo que ha sido inevitable casi desde que se inventó la escritura, cuando el que tenía que copiar los libros o escribir sobre los acontecimientos coetáneos era miembro de una comunidad religiosa que marcaba claramente su forma de hacer y contar. Con el invento de la imprenta, desde el momento que el impresor no era dueño del aparato, debía amoldarse a las peticiones de quién había comprado la linotipia o del que pagaba la impresión. Eso no es necesariamente malo, entre otras cosas porque agranda la oportunidad de que los libros a difundir sean variados y de distintas sensibilidades.

Con el periodismo, sin embargo, la evolución, como en muchos otros campos de este hijoputismo especulativo, dictatorial, cicatero y opresor, ha llevado al oficio de contar la actualidad desde la ingenuidad del periodismo inicial, a su utilización como un arma masiva de manipulación, conversión, adoctrinamiento y contención de masas. Goebbles no fue el primero que utilizó la manipulación informativa como arma, aunque si es el que peores consecuencias nos ha traído por las enseñanzas que dejó a los malos en el camino.

Si a eso le sumamos ese aura de cuarto poder que le ha dado Hollywood a la prensa y que algunos se han creído al pie de la letra, tenemos a un colectivo que en su mayor parte actúa corporativamente, como la mafia, creyéndose el hoyo del Donnuts, autoproclamándose intocables y señalando como enemigo a todo aquel que ose poner en evidencia a uno de los suyos, aunque este sea un desgraciado manipulador, un farsante de tres al cuarto como informador y un manipulador de libro.

El cuarto poder, es en realidad, sobre todo en este país de mojigatos trasnochados, puteros encubiertos e infames, ladrones potenciales, estafadores intrínsecos e hipócritas por nacimiento y educación, un brazo político de quienes ejercen el poder con una absoluta indecencia, impunidad y cara dura que sonroja a cualquiera que vea España desde fuera o que sea capaz de apagar la TV y la radio durante 15 días seguidos, y en una desintoxicación como la toxicomanía, ver la luz desde el otro lado de la majada. Claro que hay excepciones y que no todos los periodistas son correveidiles, misioneros en la fe del hijoputismo y adoctrinadores por vocación o talonario. No. Pero los buenos, son los menos y no tienen la difusión de los otros porque han sido apartados de los medios subvencionados que son los que asaltan diariamente los hogares de la mayor parte de los españoles en una morbosa tradición.

El periodismo, a imagen y semejanza de otros oficios de gentes que se creen por encima de los demás, como la judicatura, no tienen sindicatos, sino asociaciones profesionales. Unas asociaciones a las que muchos pagan la cuota en un acto de fe y tradición y de las que se olvidan y desentienden para que otros las utilicen como lobbies no de sus asociados, sino de los grupos empresariales que pagan grandes sumas a sus miembros más honorables. Claros son los ejemplos de la FAPE o de la APM que sólo salen en defensa de aquellos que son de la cuerda ideológica de los que mandan y que siempre se olvidan de los periodistas de raza como Patricia López, vetada precisamente por sus investigaciones sobre las cloacas y la utilización de medios policiales y periodísticos para sus objetivos.

Cuando uno ve una imagen en esa cadena que se anuncia como el paradigma de España como la que encabeza este artículo, en la que se hace distinción, como si fueran dos cosas distintas, centre inmigrantes y personas, ese medio se está definiendo por sí mismo, y ningún periodista que se precie debería firmar a favor de ese tipo de catecismos cancerígenos y difusores de una idea que no tiene cabida entre las personas de bien: el fascismo. Si además la imagen no se corresponde con lo que se estaba contando en ese momento en el noticiario, no queda otra que pensar que se ha hecho con maldad y como información subliminal.

No es de extrañar que en el informe Reuters Digital News de 2015, el periodismo en España sea considerada la segunda profesión que más rechazo crea entre los españoles (justo después del gran problema Nacional, el Poder judicial), y que la prensa, tenga la credibilidad más baja de toda Europa. Estas cosas se ganan a pulso y con constancia y no son fruto de la casualidad. Esta fama se gana cuando se utiliza el eufemismo de “amiga” por amante, cuando se le da una cobertura extraña para medios decentes de otros países, llegando al cansinismo más abrumador sobre lo que dicen que pasa en Venezuela, mientras se “olvidan” de la constante corrupción de uno de los partidos de este país, de las tropelías del monarca que ya no lo es pero al que siguen tratando como si lo fuera, con una condescendencia y una desinformación procaz. Este premio a la ineficacia y al desprestigio profesional se gana cuando uno sólo habla de su ombligo, cuando convierten en catedráticos, a analfabetos de la farándula y del toreo, cuando una de las mejores pagadas de la TV está relacionada directamente con el mayor exponente de las cloacas del estado, cuando los profesionales que los son, tienen que autofinanciar sus propias radios o sus medios en internet a través del asociacionismo de lectores o escuchantes (crowdfunding)  porque han sido vetados en todo los medios públicos o privados.

Ninguno de nosotros somos independientes, ni probablemente imparciales. La educación, la ideología y hasta el poder económico coaccionan aunque sea sin nuestro percebimiento nuestra opinión y nuestra forma de contar las cosas. Ningún periodista está exento de sucumbir a su ideología. Pero al igual que un médico no puede negarse a realizar una transfusión aunque la religión del paciente, o la suya, se lo prohíban, ningún periodista puede manipular una noticia convirtiéndola en lo contrario de lo que ha sucedido para adecuarla a la conveniencia de su ideología. La objetividad en el periodismo consiste en contar lo que sucede, no en dar los mismos minutos a cada partido, ni mucho menos, como leo que hace RTVE en, cada vez que dan una declaración de algún miembro del gobierno, automáticamente va después la del ignorante jefe de la oposición. La objetividad consiste en contar los hechos tal y como han sucedido, sin adornarlos con opiniones personales. La objetividad consiste en que cuando, das una noticia, esta haya sido contrastada por al menos otras dos fuentes totalmente inconexas y no en soltar en antena rumores que ni han sido contrastados, ni tienen carácter de veracidad.

El corporativismo es un claro síntoma de decadencia, de irregularidades y de ocultación de la verdad.

Salud, feminismo, república y más escuelas, públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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