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Catalunya, herramienta de la política del miedo

Andrea Vinyamata de Gibert
Project Manager & Social Media Manager. Articulista en Diario16. Líder Coach. RRHH y formación. Presentadora de conciertos y eventos. Experta Universitaria en Redes Sociales, Marketing y Contenidos. Estudios en psicología.
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Basta. Basta de mentiras. Basta de odio. Basta de tergiversaciones de la realidad.

Quería escribir un artículo, como catalana, acerca de mis sentimientos hacia Catalunya, y hacia España. Soy independentista. No odio a nadie, no odio a España, y evidentemente no odio a los españoles. De hecho, me he considerado española durante casi toda mi vida. Mis sentimientos empezaron a cambiar con hechos tan dolorosos como el boicot al cava catalán sobre el 2007, que dañó gravemente a familias que no tenían nada que ver con la política.

Yo no puedo hablar en nombre de todos los catalanes, obviamente, pero creo que mis sentimientos son bastante similares a aquellos que los independentistas tienen con todo lo que está pasando. ¿Y qué está pasando ahora mismo? Ahora mismo, está pasando algo indudable, y es que aquellos que vivimos la violencia extrema e imperdonable de los cuerpos del “orden” el 01 de octubre de 2017, afianzamos más que nunca nuestro sentimiento catalán e independentista. El problema es que muchos medios de comunicación, y la mayoría de políticos españoles, pretenden definir esos sentimientos de forma errónea, y de ese “error” se lucran, y mucho. Me explico; en Catalunya no odiamos. En Catalunya no tenemos ningún problema con la sociedad española, sociedad de personas que vemos como a iguales, porque iguales somos.

En Catalunya, nuestro problema es con el Gobierno Español, y con los diferentes políticos que pretenden empañar y manchar aquello que realmente somos. No odiamos, insisto, no odiamos. No odiamos, pero tenemos que soportar, día a día, las mentiras que periodistas y políticos escupen en distintos medios de comunicación, para pretender hacer creer a aquellos que no han pisado suelo catalán, que el ambiente aquí es muy distinto al que realmente es.

Yo soy independentista, es cierto, pero tengo muchos amigos y familiares que no lo son. Y no, no se ha roto la familia. Y no, no nos peleamos o nos dejamos de hablar por temas sobre la independencia. Simplemente dialogamos, polemizamos, “solucionamos” el mundo durante la comida o la cena, como se hace sobre muchísimos otros temas de actualidad, y como siempre se ha hecho en cualquier lugar del mundo.

No hay violencia en las calles. ES ABSOLUTAMENTE FALSO. No hay un ambiente previo a la guerra civil, como he tenido que soportar leer en algunos de esos medios que se consideran informativos. La convivencia es absolutamente normal. Yo salgo por las calles de Barcelona, y veo lo que he visto toda mi vida. Ni mejor, ni peor.

Pero es cierto que algo ha cambiado. Y es que, cuanto más atacan la identidad de una persona, más se afianza dicha identidad en el alma de esa persona. Cuanto más ataquen dialécticamente los medios a Catalunya, cuantas más amenazas de 155 o algo parecido recibamos, cuanto más se hable de los catalanes como terroristas como algo generalizado, más fuerte siento esa identidad mía, y menos quiero formar parte de un estado plagado de políticos y periodistas que juegan sucio, muy sucio.

No odio a nadie. No hago distinciones entre catalanes, españoles, chinos, ingleses, o lo que sea. Todos somos personas, y no soporto la xenofobia ni el racismo. De hecho, soy muy consciente de que vivo en un país, Catalunya, donde la acogida es, ha sido, y seguirá siendo, algo habitual, cosa de la que nos enorgullecemos. Pocas familias conozco que no tengan ascendencia andaluza. Mis propios hijos llevan sangre andaluza, y no, no odio a mis hijos por llevarla, ni odio a mi familia política por ser andaluza. Al contrario, muy al contrario. Son lo más importante de mi vida.

Las vacaciones que recuerdo con mayor cariño fueron en Cádiz, en 2005, y mis visitas a Madrid han sido y son habituales a lo largo de mi vida, sobre todo porque allí tengo familia. No odio a los madrileños, los madrileños son parte de mi existencia. Me gusta Madrid, me divierte Madrid.

Pero veo esos programas de prensa amarilla, pretendiendo estigmatizar a una sociedad entera porque unos maleducados han increpado (fatal) a una periodista durante una manifestación, y me hierve la sangre. Me hierve porque me molesta que dos o tres catalanes dejen mal a una sociedad entera, sabiendo que eso se utilizará en nuestra contra, pero me hierve todavía más sabiendo que estos medios de comunicación que sacan las imágenes de ese momento en bucle, saben perfectamente que éste fue un hecho puntual. ¿Cuántos MILES de periodistas de fuera de Catalunya han estado aquí desde el día 1 de octubre de 2017? ¿Cuántos? ¿Alguien podría dar una cifra? Es imposible darla, porque son miles y miles. Pero ahora hay quien se dedica a juzgar a una sociedad entera por un solo altercado.

Terrorismo. Nosotros hemos vivido el terrorismo en primera persona. Lo hemos vivido tanto con ETA como con el yihadismo. Sabemos el dolor y la inseguridad que se siente cuando una bomba explota cerca tuyo, o cuando un desalmado es capaz de arrebatar la vida de un niño de tres años. Hemos llorado literalmente por el terrorismo. Cuando sucedió el 11M, en Barcelona, al saber lo sucedido en Madrid, recuerdo perfectamente a la gente en las calles seria, deprimida, silenciosa. Directa e indirectamente muchos catalanes conocemos a víctimas de ese horrible ataque. Y el mismo 2017 lo sufrimos en el corazón de Barcelona. Yo misma, ese día, tenía que estar comiendo en Las Ramblas con compañeros de trabajo, pero el destino hizo que esa comida se anulase al último momento. Y entonces viene el político de turno, o el periodista de turno, y pretende decir que en Catalunya hay terroristas catalanes. Si yo fuese víctima directa del terrorismo, sentiría asco ante tales declaraciones. Y lo peor, es que hay víctimas del terrorismo que están hablando de esta lacra como si estuviese presente aquí. No acabo de entender cuáles pueden ser los intereses para utilizar su propia desgracia en contra de una comunidad donde, de momento, JAMÁS ha habido un ataque terrorista.

Yo no sé lo que ha pasado con estas personas denominadas CDR que están detenidas bajo secreto de sumario. Evidentemente, y tras las burdas mentiras que se han ido desarrollando por parte de los gobernantes (e incluso jueces) españoles estos últimos años, tengo mis serias dudas de que lo que nos pretenden hacer creer sea cierto, pero seré prudente y esperaré a que se demuestre aquello de lo que se les acusa. No voy a entrar en hipótesis, porque está bajo secreto de sumario. Eso sí, la presunción de inocencia se ha de mantener siempre, y ya he escuchado en demasiados medios y en boca de demasiados políticos y periodistas, barbaridades que dejan esa presunción en el cubo de la basura. De nuevo, se está juzgando a una sociedad entera, PACÍFICA SIEMPRE, por unos actos que no se han llevado a cabo, y que de momento no se ha demostrado, en absoluto, que se fuesen a llevar a cabo. Pero hay algo que no puedo apartar de mi mente, como madre que soy. No puedo apartar de mi mente que hubo unos niños, niños muy pequeños, tirados en el suelo, en su propia casa, y encañonados con armas largas por esos policías que, en teoría, están para proteger la infancia. No puedo dejar de imaginar el terror que tuvieron que sentir, y que seguro sentirán durante años. No puedo dejar de pensar que esos niños van a arrastrar un trauma que va a necesitar mucho apoyo psicológico, que probablemente ha hundido su infancia. ¿Y de eso quién habla? No interesa, eso no da votos.

Estamos viviendo ante la política del miedo. La política del miedo hace muchos años que se utiliza en EEUU como herramienta para instaurar leyes absolutamente injustas, o hacer maniobras que rozan (o incluso superan) la ilegalidad. Y es que cuando una sociedad está en shock por algún motivo, es muy fácil jugar con ella como si de un pelele se tratase. Y Catalunya está siendo la herramienta ideal para utilizar esta estrategia que múltiples filósofos, pensadores, psicólogos y demás, conocen a la perfección.

Mientras la política española juega sus sucias cartas utilizando a Catalunya como cabeza de turco, muchos españoles no se dan cuenta de todas las injusticias sociales que están padeciendo. España está abocada a otra gran crisis, ya está claro, a ciencia cierta, pero no interesa que la sociedad hable de ello. Es más fácil hablar de Catalunya.

Soy catalana, y no odio a nadie. Ni yo, ni la mayoría de catalanes. NO ODIO, NO ODIAMOS. Que nadie se deje engañar. Que demuestren ese odio tras ocho años de manifestaciones récord cada 11 de septiembre, donde no ha habido ni un solo altercado. Los incendiarios hablan de miradas de odio, de gestos de odio. ¿Dónde están? Somos más de dos millones de personas saliendo constantemente a la calle a reclamar nuestro derecho a votar. Evidentemente, entre más de dos millones, si rebuscamos, quizás encontremos a algunos maleducados, o incluso a alguien con más agresividad de la que debería ser. ¿Pero es eso algo generalizado? ¿Alguien conoce un solo país, ciudad, o incluso pueblo, donde todo el mundo esté cuerdo? No, no existe en ninguna parte del mundo. ¿Si a alguien le roban la cartera en Madrid, será porque todos los madrileños son ladrones? ¿Si a alguien le agreden en Sevilla, será porque todos los sevillanos son violentos? Basta ya. Nunca justificaré la violencia, igual que nuestros políticos catalanes jamás harán, pero basta de engaños por favor.

En Catalunya no odiamos, pero estamos muy hartos de la manipulación y las mentiras, y si algún reproche tenemos hacia la sociedad española, es simplemente el hecho de que, sin pisar suelo catalán, haya personas juzgando a nuestro pueblo, sin tener ni la más remota idea de lo que aquí pasa. Y aún así, lo entendemos, entendemos que una persona que sólo recibe información de estos medios vendidos a la política, crean que lo que dicen es cierto, porque no reciben prácticamente ningún input más.

Estamos cansados. Estamos cansados de que hayan metido en prisión a nuestros políticos sin siquiera haber sentencia. Estamos cansados de que la gente no se dé cuenta de que todos los derechos que, impunemente, el Gobierno Español está pisoteando aquí en Catalunya, son derechos que, de la misma forma, pueden pisotear en cualquier otro lugar de España. Y mucha gente no se da cuenta. No se da cuenta de que están votando a partidos cuyos intereses son, únicamente, el poder y la riqueza. Están votando a partidos que engañan una vez tras otra a sus votantes, de la forma más mordaz y descarada, y éstos les apoyan en injusticias tales como las que aquí se están viviendo. La inmoralidad no se divide por territorios. Si un político es inmoral con un territorio, perfectamente puede serlo con el territorio de al lado. Los que hoy se ensañan con Catalunya, mañana pueden hacerlo con cualquier otra zona de España.

Soy catalana. Quiero la independencia política de Catalunya respecto a España. POLÍTICA, NO SOCIAL. NUESTRO PROBLEMA ES POLÍTICO, NO SOCIAL. NO OS DEJÉIS ENGAÑAR MÁS. SOY BILINGÜE, SOMOS BILINGÜES, HABLAMOS EN CASTELLANO Y CATALÁN INDISTINTAMENTE, ACOGEMOS Y SEGUIREMOS ACOGIENDO A CUALQUIERA QUE AQUÍ QUIERA VIVIR. Y SI ALGUIEN DUDA DEL CARÁCTER Y AMBIENTE PACÍFICO DE CATALUNYA, POR FAVOR, QUE NO BUSQUE LA REALIDAD EN BOCA DE ESOS PERIODISTAS VENDIDOS, O DE ESOS POLÍTICOS CORROMPIDOS POR EL ANSIA DE PODER. BUSCADLA AQUÍ, EN NUESTRAS CALLES, BAJO EL SOL QUE CALIENTA NUESTROS VERANOS, Y ACOGE A MILLONES DE TURISTAS.

Y a vosotros, periodistas de la mentira; ojalá algún día vuestra ética os permita ser sinceros. El problema será que, si os dais cuenta de todo el daño que estáis haciendo, quizás ya no podréis dormir una sola noche más con tranquilidad. Parece que a algún político amigo también le preocupan sus noches.

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