Si Cataluña se decidiera por la independencia política del estado español tal y como ahora está conformado, la mayoría de los datos macroeconómicos de España sufrirían un empeoramiento significativo, según se desprende de una comparativa no científica realizada por el propio autor de este artículo a partir de estadísticas oficiales y privadas de la EPA, la Fundación Adecco, Gestha y distintas de la Unión Europea.

Los números se han redondeado porque simplemente se intenta obtener una fotografía panorámica para dejar en evidencia las falsedades propagandísticas emanadas desde el nacionalismo español preconizado por el PP y otros portavoces o entes financieros de su órbita ideológica de influencia.

Tal alarmismo difundido en medios de comunicación afines a la derecha procuran menoscabar la hipotética posibilidad de que Cataluña se desgaje de España anunciando como heraldos del fin del universo la hecatombe económica para los catalanes.

Si nos atenemos sin pasión nacionalista exacerbada a las desnudas y frías cifras, la compleja realidad nada tiene que ver con el Apocalipsis anunciado por los defensores a ultranza de la unidad de España. Por supuesto, el asunto es de índole política y en esa esfera se debería resolver el conflicto hispano-catalán, donde el extremismo militante y emocional liderado por las derechas corruptas de uno y otro lado del Ebro alardean peligrosamente con el fuego del fascismo identitario de marcado acento excluyente que tanto tapa los recortes neoliberales de los últimos años provocados por los gobiernos de Madrid y Barcelona. Pero aquí y ahora hagamos una tregua intelectual y sentimental para sumergirnos en los meros datos numéricos.

Una advertencia previa: siempre que digamos España incluimos a Cataluña.

España cuenta con una población superior a los 46 millones de habitantes y Cataluña por encima de 7 millones. El PIB español se sitúa aproximadamente en un billón de euros y la deuda pública en el cien por cien de dicha cantidad. Por su parte, se estima que el PIB catalán asciende a unos 210.000 millones de euros y su deuda pública representa el 35 por ciento del PIB, es decir, tres veces menos para una población seis veces inferior. Cada español debería a múltiples acreedores, bancos sobre todo, 25.000 euros mientras que un catalán independizado tendría un debe de cerca de 10.000 euros.

Por lo que se refiere al desempleo, los parados en Cataluña son casi medio millón de personas, el 13 por ciento de la población activa, y en España casi 4 millones, el 17 por ciento. En cuanto al salario medio, Cataluña acredita 1.700 euros mensuales y España, cien euros por debajo. Casi la mitad de las personas empleadas en España perciben un sueldo inferior a 1.000 euros al mes; en Cataluña ese índice representa más o menos el 30 por ciento de la masa laboral en nómina.

Si hablamos de pobreza o riesgo de tropezar con ella, en esta fatal estadística se encuentra casi el 30 por ciento de residentes en el Estado español y el 20 por ciento de domiciliados en tierras catalanas.

En el apartado de la economía sumergida, empate técnico: igual en España que en Cataluña uno de cuatro euros producidos es ilegal porque elude las tributaciones fiscales o las empresas no tienen la plantilla debidamente en alta en la Seguridad Social.

Con los datos aportados en la mano, Cataluña no se hundiría si desconectara de España, más bien al contrario sería el resto del actual Estado español el que acusaría en su macroeconomía la desafección catalana: subirían los porcentajes de paro, pobreza y deuda pública, tres registros fundamentales de la tan manida macroeconomía al gusto de los tecnócratas dogmáticos de ínfulas neoliberales.

Pero hay más. Si comparamos Cataluña en solitario con países similares del ámbito europeo, sus números no desentonarían bajo ningún concepto.

Su PIB es superior al de Grecia (11 millones de habitantes), Portugal (10 millones), República Checa (11 millones), Hungría (10 millones), Serbia (7 millones), Croacia (5 millones) y Eslovaquia (5 millones), los cuatro primeros países con mayor censo de población que Cataluña, que como ya dijimos antes es de 7 millones de habitantes.

Además de los estados mencionados, su deuda pública también es menor que la de Holanda (17 millones de habitantes), Bélgica (11 millones), Austria (9 millones), Suiza (8 millones), Dinamarca (6 millones) e Irlanda (5 millones).

En los 13 países reseñados, la deuda pública oscila entre el 40 por ciento del PIB y el 175 por ciento de Grecia. El de Cataluña, como ya recogimos en párrafos precedentes es del 35 por ciento.

Hemos obviado a propósito las comparaciones con países de mayor o menor tamaño muy acusado para que la instantánea fuera lo más fideligna posible en proporcionalidad con las realidades objetivas de Cataluña.

Siguiendo la senda de los datos apuntados, Cataluña sería un país homologable y viable desde el punto de vista económico. Normal y corriente, y a día de hoy por encima de Grecia, Portugal, República Checa y Hungría, solo por quedarnos en territorio europeo.

Su ciudad más emblemática, Barcelona, está a la altura del prestigio internacional de Ámsterdam, Bruselas, Viena, Lisboa, Atenas, Praga, Budapest o Dublín, incluso en cuestiones de impacto turístico y cultural por encima de algunas de ellas.

Otra cosa es la política pura y dura y otros intereses financieros de las elites multinacionales y de la crema social catalana y española. Cada legalidad nacionalista juega a su favor con las cartas marcadas que no tienen por qué coincidir con las emociones y las economías domésticas de la inmensa mayoría.

El bilingüismo de práctica cotidiana de Cataluña opera positivamente también en su haber indiscutible: el mercado hispano tampoco le es ajeno.

Aristóteles decía que la virtud vive en el justo término medio entre dos extremos encasquillados en el ombligo de sus principios inamovibles. ¿Y si ese justo término medio estuviera en una solución política llamada referéndum pactado? Tras el escrutinio final, Cataluña y España estarían condenadas a entenderse: albergan historias comunes, habitan la globalización diversa, son pueblos europeos de inmigración activa y pasiva y pertenecen a la vieja Europa.

Más allá de las divergencias y los acentos peculiares, los mundos separados a ultranza de los nacionalismos al borde de la exclusividad y de las banderías patrioteras hay que combatirlos a base de discursos y hechos políticos coherentes y conciliadores. Los militares y las fuerzas represivas nos son argumentos democráticos para el futuro inmediato: destilan hedor a imposición autoritaria de voluntades irracionales. Aunque se vista de legalidad, la violencia estatal nunca es la solución óptima a cualquier problema político por grave que éste sea. Y las prisas del victimismo calculado tampoco son una vía idónea para lograr metas legítimas pero que burlan los procedimientos plurales y democráticos.

Puestos a soñar despiertos, soñemos con una República Confederal Ibérica, con capital administrativa en Lisboa, por supuesto, tal y como soñara esta utopía el desaparecido y genial escritor luso que vivió en Canarias, José Saramago. Tal vez el justo medio aristotélico tenga que desbordar los prejuicios políticos actuales para hallar creativamente un lugar no supeditado a las anacrónicas fronteras gestadas en el pasado siglo. Soñemos más allá de nuestras posibilidades: es hora de derribar fronteras y hacer un mundo nuevo.

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Guionista, Copy, Analista Político, Escritor. Autor de los siguientes libros: ¿Dónde vive la verdad? (2016, Editorial Seleer), De la sociedad penis a la cultura anus: reflexiones anticapitalistas de un obrero de la comunicación (2014, Editorial Luhu)), Pregunta por Magdaleno: apuntes de viaje de un líder del pueblo llano (2009, Ediciones GPS) y Primera crónica del movimiento obrero de Aranjuez y surgimiento de las comisiones obreras (2007, Editorial Marañón). Más de 25 años de experiencia en el sector de la comunicación.

2 Comentarios

  1. De acuerdo en casi todo, pero dos objeciones. 1º¿No es España el mercado principal de los productos catalanes? ¿Si España cierra un hipotético mercado a los productos catalanes, que pasaría? 2º Lo de la República Confederal Ibérica, con capital administrativa en Lisboa, es imposible. Jamás imaginé una indiferencia semejante a la del pueblo español con respecto a un país vecino, es increíble como los españoles ningunean a Portugal. No conozco Portugal y no se si la respuesta es idéntica, pero es imposible la unión de los dos países. Una Federación de Repúblicas Hispánicas me parecería posible, claro, no he de verla, pero puedo imaginarla y desearla. ¿No era ese el camino lógico, el proyecto flotando en el aire de la época que se truncó con el franquismo?

    • Cierto, España es el primer comprador de productos catalanes. Creo que anda sobre el 30%….. De todos modos, Catalunya también es de los principales consumidores de productos Españoles (fuera de cataluña). Si se cierra el mercado por orgullo, (quedarse tuerto con tal de dejar ciego al contrincante, o al revés) siempre hay opciones por ambas partes en el mercado exterior…. Y creo que perdería España, ya que a nivel crediticio, actualmente solo España tiene acceso a los mercados internacionales, y Cataluña, solo tiene acceso a pedir prestado a España, y con interés….

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