Decir que arranca la campaña electoral para las elecciones del 10N no es noticia. De hecho, España lleva cuatro años viviendo en permanente campaña. No en vano, en ese tiempo los españoles han sido convocados hasta cuatro veces a las urnas, algo que no había ocurrido nunca desde que se instauró la democracia en 1975. Pero sí podría decirse al menos que esta campaña exprés, breve, fugaz si se quiere, viene marcada por algunos condicionantes inéditos.

Tres cuestiones van a marcar los actos y mítines que se celebren de aquí al 10N: Cataluña, la exhumación de los restos de Franco y los pactos de gobernabilidad. De entrada, todo va a estar determinantemente influido por la crispación y por los momentos de tensión o violencia que se vaya generando en Cataluña. La sentencia condenatoria del “procés” ha movilizado a la sociedad catalana “full time” y la gran incógnita es si el día de las elecciones se producirán altercados y disturbios como los registrados tras conocerse el fallo del Tribunal Supremo. Una jornada electoral con carreteras bloqueadas, vías férreas cortadas, contenedores ardiendo y cargas policiales sería un escenario nunca antes vivido en nuestro país, ni siquiera en los momentos más convulsos de la Transición, cuando los rumores de golpe de Estado y el terrorismo etarra marcaban cada cita con las urnas. Votar en semejantes condiciones anormales podría influir en el estado de ánimo de los electores y alterar el resultado final. Ya hay anunciadas nuevas convocatorias por parte de “Tsunami Democrátic” y Arrán, la organización juvenil de la CUP, por lo que el Gobierno teme que se puedan producir incidentes. Cabe recordar que está pendiente la visita de los Reyes a Girona los días 4 y 5 y que se han preparado actos de protesta previstos para la misma jornada de reflexión. Habría que remontarse a las elecciones del 14 de marzo de 2004, que se celebraron en medio del terror y la incertidumbre por los atentados yihadistas de Atocha, para vivir una cita electoral de tan “alto voltaje”.

Los analistas creen que la exhumación de Franco va a polarizar al electorado, beneficiando a Sánchez, gran impulsor del traslado del dictador a Mingorrubio, y a la formación de Santiago Abascal, que canalizaría la rabia de los nostálgicos franquistas. Curiosamente, un personaje como Franco que lleva 44 años muerto va a estar muy presente durante toda la campaña. Se va a hablar poco de pensiones, de ayudas sociales, de Sanidad y Educación y mucho del viejo general, que ha resucitado cuando parecía olvidado y superado para siempre. Vox va a ser el partido que defienda la memoria maquillada del dictador frente a la verdad de la memoria histórica. A PP y Ciudadanos no les interesa entrar en ese asunto, ya que les incomoda y les obliga a ponerse de perfil, sin pronunciarse abiertamente. Esa ambigüedad producto del «complejo franquista» no beneficiará a las derechas convencionales, sino a la ultraderecha antisistema. Tampoco querrá meterse en ese jardín Pablo Iglesias, ya que lo cierto es que, guste más o guste menos, la forma en que se ha llevado a cabo la exhumación, ha sido una victoria de Sánchez que va a ser rentabilizada por el PSOE. En Ferraz están convencidos de que las elecciones servirán para captar votos entre los desencantados de Podemos y del independentismo catalán. No en vano Sánchez, forzado por el PSC, ha incluido a última hora un proyecto de España federal, la Declaración de Barcelona, que prevé una reforma constitucional con el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado y “de las aspiraciones nacionales de Cataluña”.

El tercer gran asunto será el de la gobernabilidad del país, algo que sigue pareciendo una quimera, con el añadido de la decepción que cunde entre el electorado de izquierdas, ya que si algo se ha demostrado estos meses es que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias están condenados a no entenderse. Esa melancolía ante una relación imposible, ese puzle no resuelto que es la unidad de la izquierda, puede marcar decisivamente la suerte de los comicios. El 28A todo el mundo daba por hecho que PSOE y Unidas Podemos se pondrían de acuerdo para la investidura del secretario general socialista. Había una euforia, una ilusión, una esperanza de que las cosas podían cambiar. Hoy esa posibilidad parece ciencia ficción y la “depre posnegociación” en la que ha caído la izquierda de nuestro país, con la probable desmovilización, podría ser aprovechada por el PP de Pablo Casado, que remonta en todas las encuestas (existe coincidencia en que podría estar rondando los 100 escaños, un gran éxito si se tienen en cuenta los raquíticos 66 cosechados por los populares en los pasados comicios).

Sea como fuere, los últimos sondeos del polémico CIS de Tezanos dan la victoria al PSOE pero sin mayoría absoluta (entre 130 y 150 escaños). De tal manera, España quedaría en una situación muy parecida a la de hoy, con la necesidad de que los socialistas alcanzaran un pacto de Gobierno a la izquierda con Unidas Podemos (que mantendría el tipo con un volumen de escaños similar) o a la derecha con Ciudadanos (en este caso las encuestas auguran un fuerte descalabro del partido de Albert Rivera). Todo apunta a que el Partido Popular se recuperará de forma notable de su histórico desastre del 28 de abril. Parece que, definitivamente, de esta cita electoral saldrá un PP reforzado como líder de la derecha española. No obstante, será interesante ver qué Casado se presenta a las elecciones, si el del Trío de Colón que pide mano dura y el 155 en Cataluña (pactos con la ultraderecha mediante) o el supuestamente moderado para atraer a los votantes de centro. En todo caso, los populares van a hablar sobre todo de economía, de la posible recesión y de su rebaja fiscal que no deja de ser una oferta populista.

Ante ese panorama incierto sin mayorías absolutas, una de las grandes incógnitas será saber si los votantes de izquierdas se movilizarán para frenar a la ultraderecha, tal como ocurrió en las elecciones del 28A, o si pasado el miedo al espantajo neofranquista revivido se quedarán en casa como castigo al espectáculo que en los últimos meses han ofrecido PSOE y Unidas Podemos, incapaces de llegar a un acuerdo. De ser así, Vox podría volver a crecer en número de escaños, un hecho que pondría de manifiesto el fracaso de la democracia española.

Así las cosas, durante esta campaña se va a hablar sobre todo de Cataluña, de la unidad de España y del fracaso de la izquierda, pero también de una idea que empieza a calar en la opinión pública: la Gran Coalición. En efecto, de confirmarse el hundimiento de Ciudadanos por las malas decisiones de su líder Rivera (los sondeos lo sitúan como quinta fuerza política), comienza a abrirse paso la teoría de que entre PSOE y PP hay una especie de preacuerdo para dar estabilidad al país. Sin duda ese rumor, bien alimentado por Unidas Podemos en sus redes sociales, va a ser utilizado por Pablo Iglesias, al que vamos a ver cómo cada día pide a Sánchez que aclare si en sus planes entra la sospechada y temida Gran Coalición.

Por lo demás, Podemos hará girar la campaña sobre las culpas del PSOE por haber llevado al país a nuevas elecciones, por haber rechazado un acuerdo progresista y por estar preparando un gran pacto con el PP que podría llevar a nuevos recortes. UP se presenta como el único garante de que se cumplan las medidas sociales y el árbitro más eficaz para resolver el problema catalán (aunque su propuesta de referéndum de autodeterminación precisamente ahora, cuando los odios están desatados, si bien le da votos en Cataluña puede pasarle factura en el resto de España).

Lo que queda no es mucho. Los partidos nacionalistas harán una campaña de perfil bajo, poniendo el acento en el agotamiento del modelo del 78 y en la represión de los políticos presos catalanes tras la sentencia del Supremo; ERC puede ganar terreno en detrimento de PDeCat; los radicales independentistas antisistema de la CUP podrían lograr hasta 4 escaños; Íñigo Errejón, con su recién creado partido Más País, peleará para lograr el 5% de los sufragios que le den derecho a entrar en el Congreso de los Diputados; y los indecisos (el 32 por ciento según el CIS) seguirán devanándose los sesos hasta el último momento para decidir cuál es la mejor opción entre tanta oferta y tanto partido político que, lejos de mejorar la situación del país, solo ha servido para conducirlo a un diabólico laberinto sin salida.

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