domingo, 1agosto, 2021
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Cataluña (¿España?): La inutilidad de lo inútil

LOS INÚTILES POLÍTICOS INDEPENDENTISTAS

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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Parece ser que los políticos independentistas se lanzaron al agua del 1 de octubre sin tener muy claro por dónde iban a salir. Una vez digerido que no se esperaban la reacción violenta del Estado y la tergiversación que haría la justicia del término “violencia” para encarcelar a unos cuantos de estos políticos, han tenido bastante tiempo para esclarecer dónde se encuentran. Pero parece ser que no. Las proclamas continuas a “hacer República” semejan las de un grupo de sacerdotes reclamando un acto de fe o, más prosaicamente, las de un sórdido adulto en gabardina con una piruleta republicana ante las puertas de un colegio. Soy duro, sí, pero empiezan a correr el riesgo de que suene el timbre y los niños pasemos de largo.

Soy duro, sí, porque dejo de lado que hay personas encarceladas, privadas de libertad y derechos, por un motivo político. Y, esto, es una aberración democrática de tal calibre que parece que puede con todo: lo inmoviliza todo. La postura de la mayoría del pueblo español al respecto (más allá de su ideología), opino que es una rotura emocional que difícilmente se va a recomponer. Ante esta supremacía de la fuerza y poder del Estado, adoptar una postura inmóvil, no sirve de nada, a no ser la de permitir que los que optaron por denostar la justicia forzándola más allá de los derechos humanos, encuentren la utilidad de haberlo detenido todo como una justificación.

No es una frivolidad decir que la vida continua, ni ser un desalmado: hasta el independentista más acérrimo, hoy ha desayunado, compra el pan, enciende la estufa o visiona una película. Que lo haga con el corazón compungido o no, no significa que no vaya a trabajar cada mañana. Hay que tener suficiente honestidad (paso previo a la valentía) para reconocer que lo que uno hace día tras día, también se le debe exigir a la política. Es decir, que legislar, aprobar leyes, tomar decisiones, intentar mejorar nuestras condiciones de vida, “no es una traición a los presos políticos”. Tampoco lo es dar o no dar soporte a unos presupuestos. No quiero decir que los hayan de aprobar o lo contrario, sino explicar y argumentar sin miedo la decisión que se tome. Vamos a ver: creo que la mayoría de catalanes medianamente informados, seamos independentistas o no, sabemos que las promesas del Estado son papel mojado. Sus continuos incumplimientos, la falta de confianza ante un Estado que falta a su palabra, es una de las tantas razones (no la única) que nos ha llevado al independentismo. La lista de ejemplos es tan larga que no les voy a aburrir. Pero la política, aunque ya no lo parezca, debería tener un mínimo de pragmatismo, no puede ser 100% abstracta y palabrería, porque, sino, parece que quien legisla es el mercado y que los políticos son un mero adorno prescindible (y, por ende, también nosotros como votantes somos prescindibles). Es un planteamiento peligroso.

Se ha demostrado, desde unos meses después de aquel 1 de octubre, que la política que hacen los independentistas es inútil: tanto los caminos del PdCat, de ERC como de las CUP, parece que no se hayan movido ni un centímetro: continúan en el agua. Como si hubieran perdido el bañador al zambullirse y, ahora, les diera vergüenza salir y que se les vean las partes.

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Creo que es una falta de confianza total en sus propios votantes.

El presidente Sánchez clama continuamente que los independentistas no tienen una “mayoría social” como argumento para denostar su reivindicación, como si la reivindicación de un 48% de una sociedad fuera baladí. Aun así, esto es un cambio muy significativo respecto a Rajoy que, recordemos, recalcaba que a él le era indiferente si los independentistas eran el 48, 60 o el 72% de los catalanes. Que los ignoraría igual. Pues bien, todos esos políticos (independentistas o no) que piensan que un referéndum legal es la única salida, deberían encontrar una fórmula de presentar ante el Estado que la mayoría de la sociedad catalana aboga por esta vía. Uno se encuentra personas socialistas o de otros partidos unionistas que opinan que el referéndum ya es la única salida, pero, en este sentido, nadie los representa. Hay que buscar la manera de “demostrar” lo que opina la sociedad catalana al respecto de un referéndum (no vale una encuesta). Si los Comuns (Podemos) se uniesen de una manera efectiva en un manifiesto en pos de un referéndum como única salida, ya se sumaría un 55%. Esto sería ya una “mayoría social”, ¿no, señor Sánchez? No es un paso atrás, es moverse o no hacer nada.

Si somos una sociedad, una “sociedad catalana” (porque el mismo presidente Sánchez cuando habla de mayoría social se refiere a una sociedad catalana y no otra), más allá de los sentimientos nacionalistas de algunos, es decir, que nos sentimos sociedad por un nexo cultural, lingüístico (no sólo catalán, sino bilingüe), y un modo, debería haber un consenso que ejemplarice esta sociedad como tal. En tal caso, sería buscar un “consenso de mínimos” y no enrocarse en una “pretensión de máximos”. Para no ser tan abstracto: mediante el parlamento catalán, como representación de individuos, debatir con argumentos no sí tenemos derecho a la independencia, sino si tenemos derecho a preguntarnos a nosotros mismos sobre esta (referéndum). Me dirán que ya se ha hecho, pero arguyo que sin hacer trampa: no contando los diputados, sino el porcentaje de población que representan. Esto es básico, porque aquí no se trata de legislar, sino de dirimir si existe ese consenso social. Sabemos, de antemano, la posición de los tres partidos independentistas, y sabemos, también, la de PP y Ciudadanos (que consideran que la sociedad catalana solamente es tal como parte de la española). Ambas posiciones son legítimas. Pero, ¿qué opinan al respecto Comuns y PSC y cómo lo argumentan? Parece ser que los Comuns, se suman, y entonces se llega a un consenso del 55%. Pero, ¿y el 13,8% del PSC? ¿Dónde debe sumarse? La pregunta a hacerles no es tanto si se puede votar la independencia, si ha de haber un referéndum acordado, si legal o no, sino si ellos consideran que la sociedad catalana tiene suficiente identidad como para justificar que decida sobre sí misma. Los vaivenes ideológicos del PSC al respecto en los últimos diez años, basados en estrategias de partido, no nos permiten saber cuál es su opinión, sincera, al respecto. Se trataría de encontrar un interlocutor válido como representante de ese consenso, que se presentase ante el Estado Español como representante de la “mayoría social” catalana.

Pero, por lo que se lee y oye, parece ser que, muy resumido, hay tres vías en el independentismo: el PdCat (o JxCat, o Puigdemont, no sé) optan por tensar la cuerda; ERC, por ensanchar la base (sin explicar cómo); las CUP, por “desobedecer e implementar la República” (pero siempre han de desobedecer los otros, y nunca concretan cuál es el segundo paso a desobedecer que, tal como llegó el 2 de octubre, siempre llega un mañana). Un servidor, que es independentista, sintiéndolo mucho, dice: “palabrería”.

¿Hemos de estar los independentistas sin respirar hasta que finalice el juicio? Entre las muchas cosas que pueden pasar, hay dos extremos que enmarcan la decisión judicial: se les absuelve y deja en libertad al no poder “demostrar” que hicieron uso de la violencia (y solamente la cara de Casado, Rivera y Arrimadas ya valdría la pena, y sí, esto sí que es una frivolidad, disculpen) o se les condena a un puñado de años. Por en medio, hay una variedad de alternativas equilibristas. Es un gravísimo error haber judicializado una reivindicación política, y lo vamos a pagar todos durante mucho tiempo. Pero alea jacta est: no puede ser que los políticos independentistas esperen sentados a ver qué ocurre, ni que Pedro Sánchez tome asiento mientras la derecha, y parte del PSOE, continúa incendiando el ambiente.

No cabe, simplemente, acusar al de enfrente de no hacer política, de evitarla, por mucho que sea cierto (es que, esto, pienso que es lo que sucede). La política no es solamente algo abstracto y lo que piensa uno (o los que piensan como uno, por muchos que sean): su utilidad también radica en conocer y tratar al contrario, aunque este no quiera. Uno solo con su política deviene un Sísifo encerrado sobre sus pretensiones, es decir, in-útil, y allí es donde la no-política del Estado Español quiere llevar al independentismo. Al negarse una parte al diálogo, se crea una cierta “injusticia política”: unos usan la política y, los otros, los sistemas de poder del Estado (policía, justicia, mayorías que propician el 155, la fuerza tergiversadora de los medios…).

A mi parecer, la famosa declaración de independencia fue un simple acto político de declaración de intenciones que, al contrario que el 1 de octubre, ni siquiera llegó a la desobediencia civil, pues no se publicó nada en DOGC, no hubo “efectividad”, y que quería transmitir el mensaje “esto es lo que haríamos si fuéramos mayoría, pero, como no lo somos, no lo hacemos”, o, también, el mensaje de que la ausencia de diálogo y política los había llevado “a este callejón sin salida”. También, todo ello, inútil, si no se saben ver otros callejones.

Respecto a los presupuestos, se comenta que no aprobarlos será causa que la ultraderecha (PP, C’s, Vox) llegue al poder. Digo ultraderecha para todos porque, cuando uno pacta con esta, automáticamente la legitima y se convierte en parte. Aunque creo que pactan con la malévola intención de saber que es Vox quien, en el fondo, blanquea las posiciones más ultras de PP y C’s (señalan a Vox diciendo “ellos son ultras”, ergo, nosotros no lo somos: por mucho que pacten, creo que veremos emisarios del PP y Ciudadanos señalando a Vox como ultraderecha con esta intención). Pero el día que haya elecciones, creo que serán los españoles con sus votos los que decidirán, y la responsabilidad será suya. ¿O no? ¿O son los catalanes independentistas responsables del voto de esos españoles? Total, si somos responsables de la violencia policial del 1 de octubre, ya no viene de aquí, ¿no? Qué fácil que es todo… Pero por este camino me voy a tres artículos atrás, cuando hablaba del hartazgo de muchos catalanes, y, para evitarlo, tan solo les recordaré que, el que va a decidir cuándo se convocan las elecciones, va a ser Pedro Sánchez, y que esa es su responsabilidad (también podría ser responsabilidad del señor Torra si aplicamos un 155 inverso y, tal como hizo Rajoy en su momento, adopta un cargo de poder que no le dieron las urnas. En fin… tonterías se pueden decir muchas, la cuestión es quién tiene ganas de creérselas).

Supongo que pienso así debido a que soy independentista, pero, claro, esto no significa que no contemple que esté equivocado. Lo que ocurre es que, ciñéndome a los hechos del Estado Español (Rajoy o Sánchez) no acabo de encontrar los hechos que me contradigan (respecto, sobre todo, a una voluntad de diálogo entendido como hacer política).

LOS INÚTILES POLÍTICOS UNIONISTAS

El unionismo tiene unos paladines formidables en su inutilidad. A lomos del deslumbrante corcel del atril parlamentario o de los medios de comunicación, estos salva-patrias arengan a sus masas, lanzan las redes del odio a ver cuántos votos pescan, pero no se mueven. No hacen nada. No proponen. Sabedores de la supremacía de la fuerza del Estado, se contentan con ello. Hasta se jactan de ello sabedores, también, de la in-necesidad de dar argumentos. Se ve en seguida el que se sabe conocedor de su fuerza y poder: no solamente la aplica, sino que hace uso del desprecio y de la burla. El supremacista, el que tiene el poder supremo, desprecia al rival por su debilidad, incluso esta le enoja. Solo hay que dar un repaso a los media capitalinos.

Respecto a su inutilidad, vamos a ver, por ejemplo, la señora Arrimadas: más allá de vociferar y denigrar lingüísticamente sus adversarios ideológicos, ¿le han oído alguna propuesta? Me refiero a más allá de que el 48% de la sociedad catalana independentista renuncie a su reivindicación política. Ella, la que dice que “gobernaría para todos los catalanes”, ¿cómo gobernaría para ese 48% que no piensa como ella? ¿Cuál es su propuesta? ¿Y para la mayoría que desea un referéndum? Su objetivo no es ni la política ni la sociedad catalana, sino servirse de esta, avivando el conflicto, para que su partido crezca en España. ¿Y Casado & Co? Una vez que la corrupción parece ser algo abstracto y ajeno al PP, una vez que se han convertido en algo residual en Cataluña, más allá de clamar cerrar TV3, intervenir los mossos y el sistema educativo y otras deslumbrantes ideas, ¿de verdad ustedes creen que son un medio para apaciguar las cosas? Si el objetivo es el entendimiento en aras de encontrarle una salida al conflicto, su inutilidad es peor que la de los políticos independentistas: no solamente es inútil para mejorar la situación, sino que es útil para empeorarla. Pero, tal vez, de ese empeoramiento recauden votos. A ambos partidos (C’s y PP) les es indiferente lo que ocurra en Cataluña: es un mero pretexto para acceder al poder en España.

Ah, el PSOE / PSC. Seamos sinceros: dada la situación a la que hemos llegado y el clima beligerante que han extendido los medios de Madrid en la sociedad española, está claro que hay cosas que no se le pueden pedir a Pedro Sánchez. Pedírselas es escudarse en el NO que ya sabes que te va a responder. Pero esto no implica que el señor Sánchez no pueda hacer nada. Miren, si viven fuera de Cataluña y creen que el presidente Sánchez está haciendo algunos “gestos”, creo que están equivocados. Y, si el señor Sánchez opina que está haciendo algo, supone un gran desconocimiento (y alarmante) de la situación actual. Pedro Sánchez responde a una pregunta que nadie le ha formulado, e ignora la que se le plantea. Es decir, el gobierno español está actuando como si estuviera ante Pujol y una reivindicación nacionalista. Pero no me cansaré de repetirlo: aunque que haya mucho nacionalismo catalán (no más que nacionalismo español), esta es una reivindicación “independentista”, que no es lo mismo. Estas ofertas de aumentar el gasto del Estado en Cataluña, más allá de que se vayan a cumplir o no, más allá de que sean muchas o pocas, “no tienen nada que ver” con el asunto. Como mínimo un 48% de los catalanes quiere decidir (votando) la posibilidad de separarse de España, y quieren votar a favor de esta separación. Y hay que añadirle un desconocido porcentaje (los Comuns y algunos del PSC) que también quieren decidirlo votando, pero no se sabe cuál será su voto. Respecto a todo esto, los movimientos de Pedro Sánchez son inexistentes y, los que lleva a cabo, inútiles. Por mucho que el avestruz sumerja la cabeza en las inversiones del Estado, la reivindicación no va a desaparecer. Si la izquierda (sic) socialista (más sic) pretende gobernar más allá del 2020, debería afrontar la reivindicación soberanista con coraje y valentía. Pasar por el lado con bellas palabras, continúa siendo inútil.

Y Podemos. Menudo problemón tiene Podemos. A cada encuesta, aumenta la sangría. Pero (y me voy a ceñir a la problemática catalana), hay algo que falla. Si, por un lado, opino que las intervenciones de Pablo Iglesias en el congreso han sido de las más pragmáticas y razonadas, si se trata de un partido que antepone cierta ética propia a sus decisiones, se queda corto, apenas con los pies en el agua. Más allá de condenar los procedimientos del Estado (y, también, los procedimientos de los políticos independentistas) no plantea una salida seria, una propuesta de Estado que pueda encauzar toda esta disparidad. Y, si realmente piensa que hay personas privadas de libertad por un motivo político en su país, no es suficiente con denunciarlo de vez en cuando. El problema también sería si sus simpatizantes, en primer lugar, son españoles, y que eso no se toca. En este sentido, su aportación, por demasiado superficial, también es inútil.

Mientras tanto, tenemos en España una parte de la sociedad que cree que los catalanes independentistas somos malos, insolidarios y supremacistas. Y que a base de palos van a silenciarnos o hacernos cambiar de opinión. Hay otra parte (menor) que piensa que toda esta reivindicación política es legítima, que igual no se han hecho bien las cosas, y algunos dudan u opinan que la judicatura manipula los hechos para castigar esos políticos. Muchos de estos piensan que lo catalán evita que se traten otros temas “más importantes” de carácter social, como si el ser humano solo pudiese hacer las cosas de una en una. Si otros temas no se tratan, es porque los políticos no quieren tratarlos, no porque lo que ocurre en Cataluña se lo impida. Meras excusas. Y, en Cataluña, hay una parte de la sociedad que está a la expectativa del juicio y de la reacción de los partidos independentistas, sin tener claro si, esta vez, han previsto algo o van a improvisar de nuevo. Unos creen en una República abstracta, y otros no. Y, otra parte, la unionista, se ha calmado un poco al constatar que solamente el Estado tiene fuerza y poder y que no duda en ejercerlo, sea cual sea el coste, que en aras de la unidad todo se permite. Y piensan que eso ya debe ser suficiente.

Y, también, mientras tanto, hay economistas que empiezan a avisar de la posibilidad de una tercera ola de la crisis que, más que apaciguar los ánimos, presumiblemente los exacerbará.

Los políticos están para proponernos soluciones a los problemas, para darnos propuestas que mejoren nuestra calidad de vida y que, nosotros, votemos en consecuencia. Referente, al menos, por lo que respecta a la problemática en Cataluña, todos ellos son unos inútiles.

Y el sistema judicial es una lacra que solamente hace que acentuar esa inutilidad. Porque no vale creer que son parte y toman partido ideológico solamente respecto al feminismo, las violaciones, la banca, la libertad de expresión… pero que luego son ecuánimes ante los políticos independentistas. Este sistema judicial es una lacra porque es representante y parte de una ideología. Y, esta, es otra de las razones por las que muchos catalanes nos queremos largar, porque a la mayoría del pueblo español, parece que ello ya les está bien. Y, un servidor, considera que es inútil pretender cambiar las cosas en España: porque la mayoría de españoles no quieren. Se sabe qué quiere la mayoría contando votos. Por eso queremos contarnos, para decidir entre nosotros en consecuencia. Parece ser que esta posibilidad está prohibida y, a partir de aquí, todo aquello que podamos decir, argumentar, dispuestos a debatir o negociar, es inútil.

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