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Caso Pegasus: democracia a puerta cerrada

La directora del CNI comparece hoy ante la Comisión de Secretos Oficiales para dar explicaciones sobre el espionaje a líderes independentistas

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Paz Esteban, directora del CNI, comparece hoy ante la Comisión de Secretos Oficiales, a puerta cerrada, para dar explicaciones (o eso dicen) sobre el turbio asunto de Pegasus. Nos encontramos, sin duda, ante otro acto más del habitual teatrillo de variedades parlamentario. Nadie que sepa un mínimo sobre el funcionamiento del Congreso de los Diputados puede esperar que de esa comisión salga algo en claro sobre el misterioso programa informático de origen israelí que, a esta hora, nadie sabe cómo funcionaba, bajo qué requisitos legales, cuándo y por qué. Pegasus es un misterio insondable de la democracia española, una frontera gris donde la legalidad se diluye, un territorio comanche al margen de la ley.

A primera hora de la mañana Esteban llegaba a la Sala Mariana Pineda con un maletín supuestamente cargado de secretos oficiales. El currículum de la jefa de los espías españoles no deja de ser cuando menos curioso. Licenciada en Filosofía y Letras, experta en Historia Antigua y Medieval, su primera opción profesional fue opositar a archivera, una carrera muy loable y digna pero muy alejada del trepidante mundillo del espionaje, los microfilms y la guerra sucia. Doña Paz era lo más alejado del prototipo de Mata Hari o gélida espía capaz de ponerle un narcótico en el café a un embajador para sustraerle el mapa de una futura invasión. Saberse al dedillo La guerra de las Galias de Julio César no sirve de mucho en el invisible campo de batalla entre espías y naciones enemigas, pero ella le echó valor a la vida y al final, animada por un pariente de su padre, consiguió la plaza en el CESID.

Fue así como Paz Esteban llegó al Langley español siendo Manglano director del centro. Corría el año 1983 y los servicios de inteligencia patrios ya empezaban a dar los primeros titulares y escándalos de un felipismo que, apenas llegado al poder, ponía en marcha la formidable maquinaria de la corrupción. La trayectoria de Esteban en “La Casa” llamó la atención de sus superiores. Aunque nunca ejerció de agente especial como tal –se especializó en inteligencia exterior y se dedicó a elaborar informes más bien rutinarios y burocráticos– fue escalando en la pirámide de despachos hasta que el director Sanz Roldán, salpicado por el affaire entre el rey emérito y Corinna Larsen, la designó jefa de su gabinete. Cuando Beatriz Méndez de Vigo, secretaria general, renunció al cargo (ya en tiempos convulsos de Soraya Sáenz de Santamaría) Esteban la sustituyó de forma interina (estábamos en 2019 y el Gobierno se encontraba en funciones).

Hoy Paz Esteban se juega un póker, a cara de perro, con los representantes del pueblo. La mujer dirá lo que pueda y lo que le dejen, pero cabe suponer que se escudará en la sacrosanta seguridad nacional para no dar explicaciones cuando llegue el momento de las preguntas incómodas. En eso no ha mejorado la democracia española. El CNI vive en la más absoluta penumbra y falta de transparencia desde la Transición. Otro fleco franquista que quedó atado y bien atado sin que ningún Gobierno haya acometido las reformas necesarias para democratizar la institución. Y cuando hablamos de reformas necesarias no estamos cayendo en el buenismo ingenuo de pensar que los espías son hermanitas de la caridad o activistas de una oenegé que andan por el mundo predicando la paz y la solidaridad entre los pueblos. Somos perfectamente conscientes de que el espionaje siempre es algo inmoral, enlodado, cloaquero, y que gracias a nuestros agentes y confidentes se salvan muchas vidas en la lucha contra el terrorismo, la mafia y los capos de la droga. Pero en una sociedad democrática el espionaje debe estar siempre sometido al imperio de la ley, al control parlamentario y judicial y a la mayor transparencia posible. Lo contrario es darle todo el poder a Harry El Sucio con su soberano pistolón, su dudoso código ético y su licencia para matar y romper cabezas sin preguntar. O dárselo a Torrente, el brazo tonto de la ley, que es todavía peor. Por desgracia, en España tenemos experiencia de agentes incontrolados que han cometido graves crímenes de Estado y hasta se han forrado con fondos reservados precisamente por haber acumulado demasiado poder en la sombra.   

Esta mañana Paz Esteban da la cara ante los diputados elegidos por la comisión de secretos oficiales. Dirá que todo se ha hecho conforme a la ley, que en ningún caso se ha espiado a 60 personas, solo a 20 y con supervisión de un juez (como si el número de víctimas rebajara la gravedad del atentado antidemocrático), y que España es un país civilizado donde todo se hace conforme a derecho. Más mentiras, más coartadas, un paripé. Democracia secuestrada, a puerta cerrada, para que el hedor a descomposición no se filtre al exterior. Así las cosas, el único morbo de la mañana es saber si esta batalla la gana Margarita Robles o Félix Bolaños (la primera firme defensora de la gestión de Esteban, el segundo partidario de depurar responsabilidades en el ministerio de Defensa y el CNI). Pero nada podemos esperar de una comisión que no puede ser grabada, que exige que sus señorías dejen el móvil a la entrada y que impide, bajo severas sanciones, cualquier filtración a la prensa o hacer comentarios sobre lo que se diga en la sala. Ni siquiera se pueden tomar notas o extraer fotocopias de los documentos. Allí se va a ver, oír y callar y punto. Puro autoritarismo militar revestido de democracia. “No espero nada de algo que comporta esta opacidad”, se queja Gabriel Rufián. De esta comisión tendría que salir la verdad, mayormente si es Marruecos o el CNI quien está detrás del espionaje a los soberanistas y el jaqueo del teléfono de Pedro Sánchez y el resto de ministros espiados. Mucho nos tememos que nunca lo sabremos. Por sacar algo positivo, la decisión de Meritxell Batet de cambiar el reglamento para dar entrada en la comisión de secretos a las minorías políticas. Algo es algo.

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