En las últimas horas, Santiago Abascal ha dejado caer, para sorpresa de todos, que si el líder del PP, Pablo Casado, planea presentarse a la investidura, lo tendrá en cuenta. “Hablaremos”, ha asegurado escueta y enigmáticamente el líder ultraderechista. Por descontado, Vox no apoyará ninguna opción de Gobierno en la que participe el PSOE, al que considera “enemigo de España”, y tampoco se abstendrá para que Pedro Sánchez llegue por fin al poder. Pero ese plan urgente y a la desesperada que parece tramarse en la derecha española con el fin de aupar a Casado a la Moncloa llama poderosamente la atención, no solo porque el PP no ha ganado las elecciones del 10N sino porque además las cuentas no salen. Ni siquiera sumando los diputados de los populares, Vox y Ciudadanos lograría Pablo Casado los ansiados 176 escaños mínimos para ser investido presidente. Ni que decir tiene que esa hipotética investidura, ese plan B, no contaría ni con el «sí» ni con la abstención de los partidos de izquierda. PSOE, Unidas Podemos, Más País y el resto de fuerzas progresistas pagarían a Casado con la misma moneda del bloqueo que él mismo ha empleado durante todos estos meses de parálisis institucional. Donde las dan las toman es una máxima que siempre se cumple en política.

De modo que al candidato del PP no le quedaría otra que buscar apoyos en las fuerzas minoritarias y pasar necesariamente por la ventanilla de los partidos independentistas. Y ahí es donde surgen los escollos insalvables. ¿Cómo piensa Casado alcanzar la presidencia del Gobierno de España, negociando con ERC o con el PDeCat a los que Vox, su principal socio en el proyecto, considera partidos de sediciosos y rebeldes? ¿Espera conseguirlo sentándose a negociar con Arnaldo Otegi, el demonio etarra de quien el PP huye como de la peste? ¿O quizá seduciendo al PNV, ese partido al que Santiago Abascal sueña con ilegalizar algún día? Al menos José María Aznar fue mucho más astuto que el actual dirigente del partido conservador, ya que cuando tuvo que apoyarse en el partido nacionalista vasco lo hizo, al igual que también cerró acuerdos de gobernabilidad con el hoy defenestrado Jordi Pujol y su extinta Convergencia. Y es que España, tal y como está configurada en su arquitectura constitucional, no se puede gobernar a espaldas de los partidos nacionalistas. Casado es consciente de ello. Como también sabe que salvo que algún día consiga un resultado espectacular en las urnas, algo que hoy por hoy es ciencia ficción, está condenado a no poder ocupar el cargo de inquilino de la Moncloa.

Por tanto, en las actuales circunstancias, y habiendo cultivado el PP una fraternal enemistad con una buena parte de los partidos del arco parlamentario, sobre todo con los periféricos, la posibilidad de que Pablo Casado pueda conseguir su propósito de ser investido presidente del Gobierno de España es la misma de que los terraplanistas tengan razón en que la Tierra es plana y cuadrada.

Así las cosas, ¿qué única salida le quedaría a Casado para hacer realidad su ambicioso sueño? La conspiración, algo que por otra parte suele dársele bastante bien al Partido Popular. Entre los barones del PSOE, muchos de los cuales son partidarios de una Gran Coalición con el PP para garantizar la estabilidad del país, ha empezado a cundir la inquietud después de darse a conocer el preacuerdo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para la formación de un Gobierno progresista entre socialistas y Unidas Podemos. Y ya han empezado a mover ficha. No en vano, Felipe González se descolgó ayer con unas llamativas declaraciones en las que criticaba la manera en la que se ha llevado a cabo la negociación entre ambos partidos de la izquierda española. A González no le ha gustado que antes de hablarse del programa que va a marcar la próxima legislatura se haya hablado de sillones. “Se construye desde abajo, no se construye por el tejado”, dijo. Y agregó: “Quizá empezar por el reparto de cargos facilite las cosas para alcanzar un acuerdo, ya que es como darle un cargo a Juanito y así Juanito critica menos, pero hay que tomarse en serio y de verdad cuáles son los parámetros por los que España estará en condiciones de asumir su papel y su crisis constitucional antes de que se convierta en una crisis de Estado”.

Esta llamada de atención del expresidente socialista no puede sino ser interpretada como una opinión unánime y colectiva de los barones del PSOE, que no ven con buenos ojos que Pablo Iglesias entre a formar parte del Consejo de Ministros en calidad de vicepresidente, como así parece que va a ser finalmente. En ese tenso escenario, Casado podría tener su oportunidad, probar suerte y “tocar” a aquellos diputados socialistas “antipodemitas”, invitándoles a que se abstuvieran en segunda votación para que él pudiera salir elegido. Sería una especie de reedición de aquel oscuro “tamayazo” que llevó a Esperanza Aguirre a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Una posibilidad real que no debe perderse de vista. Porque en un Congreso de los Diputados tan ingobernable, inestable y atomizado cualquier cosa, por extraña que parezca, puede llegar a ocurrir.

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1 Comentario

  1. En todo caso : solo el Pueblo salva el Pueblo. Los votos conscientes, ciudadanos en suficiencia como para imponer a sus «mantenidos»varones su voluntad.

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