Pablo Casado es el único líder de los cuatro principales partidos españoles que no está dispuesto a regular la eutanasia. Ya lo dejó claro en los dos debates televisivos en los que, a juzgar por el batacazo electoral del PP, sus tesis no convencieron a los españoles. “Nosotros impulsamos la distanasia, es decir, que los enfermos rechacen tratamientos. Además, queremos meter mucho dinero en cuidados paliativos para que cualquier enfermo pueda recibir esos cuidados”, dijo enredándose inoportunamente en medio de la campaña, justo cuando el caso de un hombre que ayudó a morir a su esposa desahuciada atragantaba a los españoles a la hora de la cena y sacudía sus conciencias.

Casado ha cometido muchos errores en estas históricas elecciones del 28A pero uno de ellos, sin duda uno de los más graves, ha sido mostrarse abiertamente en contra del derecho a morir dignamente y en paz. Los ciudadanos no han entendido cómo un hombre que se postula a presidente de un país moderno y avanzado ha empuñado el duro crucifijo en el peor momento solo para contentar a la Iglesia Católica. Así, mientras Pedro Sánchez y Pablo Iglesias apostaban decididamente por regular el derecho de toda persona a decidir sobre su vida y su muerte y alguien tan poco sospechoso de progresista como Albert Rivera estaba de acuerdo con ellos, un ultraconservador Casado al que solo le faltaba el hábito de monje benedictino aparecía en televisión sermoneando al pueblo y diciéndole que debe sufrir hasta el final, ir más allá de lo humanamente soportable, cuando llega el trance del cáncer u otra desgracia aún peor. Fue lo mismo que Rajoy le dijo a Bárcenas (aquello de “Luis sé fuerte”) pero aplicado no al delito sino a aquellos españoles que sufren el castigo de la enfermedad incurable en los últimos instantes de sus vidas. “Sean ustedes fuertes”, le faltó sugerir al candidato popular, en la línea de lo que aconsejan los obispos en sus homilías.

El sermón del padre Casado no convenció a los votantes y una vez más en la campaña el líder popular se quedó solo ante el peligro, desnudo ideológicamente ante millones de españoles que no terminaban de entender, en pelota electoral picada. Ese punto marcó su declive en popularidad antes del 28A, un momento crítico que ya no pudo o no supo remontar. Además de la polémica sobre el derecho a la eutanasia, tuvo otros resbalones fatídicos que al candidato casi le han costado el puesto y el partido. Su cerrazón contra el aborto, por ejemplo (“eso que llevan dentro las mujeres”, llegó a decir de la maternidad) y su ambigua posición ante el feminismo han hecho mucho daño a la imagen de pretendido líder moderado que debería haber proyectado para diferenciarse de la extrema derecha. De todos los Pablos Casados que hemos visto en los días previos a las elecciones, quizá el más perjudicial para el Partido Popular haya sido ese personaje de feroz inquisidor que decidió interpretar frente a los avances sociales que iba proponiendo Sánchez. “La eutanasia no está entre las principales preocupaciones de los españoles”, sentenció tan dura como incomprensiblemente. “Hable por usted”, debieron pensar unos cuantos millones de votantes que asistían indignados a la campaña. Y esa equivocación mayúscula la pagó caro en las urnas.

Por mantener posiciones retrógradas de ese estilo es por lo que Casado se ha ido dejando pelos (y votos) en la gatera, lo que al final le ha llevado a tener que poner el cartel de ‘Se Vende’ en la flamante y recién reformada sede oficial de Génova 13. Parece un asunto baladí, pero no lo es. La España del siglo XXI ya no es aquella España nacionalcatolicista temerosa de la ira de Dios y del infierno del franquismo. En cuarenta años de democracia la sociedad española se ha puesto al día, quitándose de encima la caspa de las sotanas que lo impregnaba todo. El divorcio llegó hace mucho tiempo (pese a que la derecha se opuso, como siempre), el adulterio dejó de ser delito, las mujeres pueden abortar libremente en determinados supuestos y los homosexuales contraer matrimonio. Los españoles han ido a la universidad, viajan por todo el mundo, tienen la mente abierta a nuevas concepciones sobre la vida y sobre la muerte. Y sobre todo aman la libertad, como han demostrado movilizándose contra la ultraderecha de Abascal que pretendía devolvernos a todos a los oscuros tiempos de la Inquisición. Ya no se les puede tratar como a niños desamparados a los que convencer con supercherías, fanatismos religiosos y cuentos de viejas.

Que todo el mundo tiene derecho a elegir cómo quiere vivir y morir es una obviedad que no merecería ni siquiera un artículo como este. Pero lejos de asumir su error, Casado ha echado la culpa de su fracaso electoral a la herencia de Rajoy. Y es que el muchacho no aprende.

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