El pulso entre los socios de Gobierno en Italia a cuenta de la gestión de los fondos de recuperación europeos –más de 200.000 millones de euros– ha terminado en crisis institucional y en la caída del Ejecutivo. Matteo Renzi reclamaba que el dinero de Bruselas fuese utilizado para otros proyectos de los finalmente acordados y no creía que Giuseppe Conte, que ha formado parte de las negociaciones para sacar adelante el fondo de recuperación, fuese la persona idónea para gestionar las ayudas comunitarias. Al final todo ese lío monumental ha terminado con la designación del expresidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi (Super Mario, así lo conocen por allí), como encargado de formar Gobierno y gestionar la partida del Fondo de Recuperación.

En España, a Pablo Casado le ha debido encantar el escenario crítico que se ha abierto en el país vecino y ya se frota las manos pensando en la posibilidad de que el fiasco político italiano pueda repetirse aquí también. De hecho, ayer mismo le recordó a Pedro Sánchez que el Gobierno italiano cayó por una polémica también relacionada con los fondos europeos y lanzó un inquietante aviso al premier español: “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

Por si cabía alguna duda, las intenciones del líder de la oposición han quedado al descubierto. Todo ese barullo de los últimos meses, las quejas en Bruselas (a la que ha prevenido en más de una ocasión contra los peligros de un Gobierno chavista en Europa), las maniobras para torpedear los 140.000 millones de euros que le corresponden a España, los chivatazos a los hombres de negro (a los que les ha ido con el cuento de que Sánchez es un manirroto que no sabe gestionar ni las facturas de la luz de Moncloa) no tenían otro objetivo que derrocar el Ejecutivo Sánchez a toda costa, por lo civil o por lo criminal, por lo nacional o por lo internacional, así reventara España. Estos días hemos asistido a un nuevo episodio de esa interminable matraca que Casado viene dándonos sin compasión al acusar al Gobierno de querer ocultar a la opinión pública el informe del Consejo de Estado sobre la gestión de los fondos europeos que supuestamente debía acompañar al decreto de convalidación aprobado hace unos días con el voto en contra del PP y la abstención de Vox. En realidad, nadie ha visto ese informe que por otra parte no es vinculante, es decir, el Gobierno puede tenerlo en cuenta a modo orientativo para finalmente tomar la decisión que crea más oportuna sobre el sistema de gestión del maná europeo. Mejor dicho, nadie ha visto el papelamen salvo Pablo Casado, que al parecer debe tener mano en el Consejo de Estado y alguien se lo ha debido filtrar, como ocurre con algunos trabajos de fin de máster que los carga el diablo (y si no, que se lo pregunten a Cristina Cifuentes).

En cualquier caso, el PP va a registrar una petición de comparecencia de la presidenta del órgano consultivo, la ex vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega, para que dé explicaciones sobre el contenido del polémico informe, un documento que según Casado es “absolutamente devastador”. ¿Pero qué se dice en ese misterioso dosier? ¿Se advierte de que las ayudas pueden terminar en abono para la nueva corrupción que se gestará en torno a ellas? ¿Se pide la creación de un comité técnico formado por expertos que decidan, al margen de ideologías políticas, a qué sectores de la economía debe ir destinado el dinero? Todo son incógnitas, entre otras cosas porque Sánchez sigue guardándose el informe, celosamente, como un as en la manga.

Pero más allá de lo que pueda contener el controvertido documento, llama la atención que el líder de un partido acosado por la corrupción como Pablo Casado se haya obsesionado de esa manera con la idea de que las ayudas europeas van a ser despilfarradas, dilapidadas o destinadas a otros fines no contemplados por Bruselas, como los famosos “chiringuitos socialcomunistas”, ese mantra que Santiago Abascal repite una y otra vez y que por lo visto también ha calado en la mente del presidente del PP, siempre preocupado por el auge de Vox y otros asuntos, como cuánto tiempo tardará la extrema derecha en darle el sorpasso al partido de la gaviota.

Casado se ha ido nada más y nada menos que a una granja porcina en Castellnou de Seana (Lleida) –cuanto más lejos de Madrid mejor– para hacer campaña electoral sobre todas estas cuestiones, y allí, en tierras catalanas, nos ha vuelto a dar la carraca, la lata y la gaita con la dichosa cantinela de los fondos europeos. Podría haberse quedado en Génova 13 dirigiendo el gabinete de crisis que sin duda se habrá constituido en el partido después de que el extesorero Luis Bárcenas haya decidido tirar de la manta y apuntar a Mariano Rajoy como gran responsable de la Caja B que movió cientos de miles de euros en sobresueldos. Pero no. Parece que a Casado le preocupa más la corrupción futura, la hipotética, la que de momento no existe porque las ayudas ni siquiera han llegado, que la que ya tiene liada en su partido desde hace años y que es como una pandemia que no logra quitarse de encima. El hombre insiste una y otra vez en que Sánchez debe sacar ya del cajón ese “devastador” informe del Consejo de Estado porque “es una cuestión de transparencia y de rendición de cuentas”. Eso sí, de la falta de transparencia del PP que ha permitido que muchos altos cargos roben a manos llenas todos estos años, de eso nunca dice nada.

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