Pedro Sánchez cree que la única razón por la que Isabel Díaz Ayuso ha convocado elecciones en la Comunidad de Madrid es para «completar el giro extremista del PP mediante la coalición con la ultraderecha». ¿Realmente acierta el presidente con el análisis de la cosa? ¿Hay indicios fehacientes que avalen que el Partido Popular casadista ha dado un enésimo volantazo a la derecha, tratando de pescar votos en el caladero ultranacionalista de Vox? Todo hace pensar que sí. No solo por sus recientes acuerdos con los ultraderechistas en comunidades autómomas como Murcia, Andalucía y Madrid, sino también por el contenido que marca la agenda de Casado últimamente y por el tono recio con el que se defienden las ideas desde Génova 13.

Es evidente que Díaz Ayuso, con su retórica trumpista, está falangizando el partido desde la capital de España. Y que el jefe le ha dado carta blanca, el salvoconducto de todo vale con tal de ganar las elecciones del 4 de mayo. Sin embargo, esa influencia dura, ese sello que IDA pretende imprimir al nuevo proyecto popular con el consentimiento de Casado, no gusta a algunos barones territoriales, como Núñez Feijóo o Moreno Bonilla, que ven en el plan ayusista una injerencia y un intento de recentralización del partido, anulando el poder de las sucursales regionales.

Como tampoco gusta a algunos pesos pesados del cúpula directiva nacional que Casado haya asumido como propia del PP la doctrina rebelde de los populares madrileños a la hora de abrir totalmente la economía, mayormente el comercio y el bebercio para dipsómanos gabachos, pese a que la pandemia golpea todavía con fuerza. De la noche a la mañana, IDA ha convertido Madrid en el gran abrevadero mundial, la Meca del cubata barato de ron con coronavirus para desfase de los jóvenes europeos que de Pirineos para arriba, en el continente civilizado, sufren los rigores de la Ley Seca de Angela Merkel.

Todos los síntomas apuntan a que Casado se está derechizando. No hay más que analizar su reciente reunión telemática con la militancia, donde dictó las líneas maestras del discurso que debe seguir el partido en los próximos meses, cruciales para el futuro de su proyecto. «Hay que hablar del terrorismo y de la derrota de ETA», dijo a sus presidentes autonómicos, alcaldes y diputados. «Porque el Gobierno acerca seis etarras todas las semanas a cárceles del País Vasco» y «lo hace porque Bildu ha salvado su investidura y sus presupuestos (…) La derrota efectiva de ETA lo será cuando no haya ninguna contraprestación a aquellos que no condenan el terrorismo». Oyéndolo hablar, era como si no hubiésemos salido de las guerras carlistas.

Pero no queda ahí el nuevo programa ultra de Casado, un líder político que desde la tribuna de las Cortes se jacta de romper con la ultraderecha pero que entre bambalinas coquetea descaradamente con ella. Según su sermón de la montaña, al PP le toca hablar de «seguridad ciudadana» (propagar el infundio de que con el Gobierno socialista las calles son territorio sin ley); de la «ocupación y usurpación de viviendas» (mucha estopa al enemigo okupa, el sioux que amenaza la sacrosanta propiedad privada); y de la «inmigración ilegal» (poco le ha faltado para culpar a los menas de los grandes males del país, como hace Abascal a todas horas). Todo eso junto más el eslogan populista de menos impuestos y menos Estado, otro de los grandes mantras de su delfina madrileña.

Ya no cabe ninguna duda. Visto el discurso, efectuada la exégesis y analizadas las palabras del profeta que pretende reunificar a las tribus de las derechas y conducirlas hasta la Tierra Prometida, cabe concluir que Casado asume como propio, punto por punto y coma por coma, el núcleo esencial del programa de Vox. Casado podrá decir misa sobre lo mucho que le indigna el manifiesto ultra del partido verde, pero en realidad ambos van ya de la mano en la misión de cautivar a las masas desencantadas de los barrios pobres de Madrid. La reconquista de España empieza por Vallecas –ha debido pensar el sucesor de Mariano Rajoy–, donde Pablo Iglesias parece haber perdido el hechizo, el efecto mágico que insuflaba a la famélica legión.

Casado está convencido de que, fagocitado Ciudadanos y cautivo y desarmado el ejército rojo de los extrarradios de la capital, el camino a la Moncloa está despejado y expedito. Se trata de «ensanchar el espectro» por la izquierda y la derecha, por el centro por arriba y por abajo, en un obsesivo impulso atrapalotodo donde las ideas no cuentan, solo los números y el frío cálculo matemático. ¿Hay algo más populista que esa forma de entender y hacer la política? En una democracia el poder no se conquista seduciendo a las élites aristocráticas (esas el PP ya las tiene de su lado desde siempre) sino convenciendo a las clases medias y obreras de que la izquierda es un espejismo, un fraude, un tocomocho. Y en esas está el nuevo Cánovas del Castillo de la Restauración del 78, quien en los últimos días ha querido ver en la fallida moción de censura de socialistas y naranjas en Murcia una especie de revelación mística, como cuando Constantino contempló en el cielo una cruz con la profecía «por este signo vencerás» y acabó imponiendo el cristianismo en todo el orbe conocido. Cambiemos la cruz por el yugo y las flechas y el plan colonizador sigue siendo el mismo.

Sin duda, Casado es un hombre extraño aquejado por un grave problema de doble personalidad. Por un lado dice repudiar a la extrema derecha; por otro pacta sin pudor con ella y no solo pacta, sino que le compra el discurso y lo incluye como un anexo fundamental del programa político de la patria con la que sueña. Casado está inventando el centrismo ultraderechista, todo un hito en la España de hoy escasa de referentes y de renovación de ideas. Para que luego digan que el máster por Harvard-Aravaca no le sirvió de nada.

«Nuestro proyecto es de largo recorrido. No os preocupéis por el teletipo, por el tuit, porque dice no sé qué una columna. Porque nos dicen que si tenemos proyecto o no tenemos proyecto, si tenemos equipo o no tenemos equipo, si son buenos los candidatos o no son buenos. No podemos morir cada atardecer», aleccionó a sus apóstoles citanto a Ortega y Gasset. Casado ya habla en plan profético, alegórico, como cuando dice eso de que «las velas las tenemos orientadas, llegarán vientos de cambio muy pronto». Un lenguaje bíblico propio de iluminado que se cree el elegido para llevar a cabo un mandamiento divino. Él ya se ve en el trono celestial de la Moncloa.

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