“Hoy aquí empieza la reconstrucción del centroderecha”, proclamó ayer un eufórico Pablo Casado, ante sus huestes murcianas, después de ganar la convulsa moción de censura. El PP casadista cree tenerlo todo atado y bien atado, esta vez con un bifachito en complicidad con Vox una vez purgados los elementos indeseables de la derechita cobarde o veleta naranja, que para eso ha servido la operación de aplastamiento de Ciudadanos. En la bella tierra del panocho y el paparajote ha tenido lugar la primera batalla de la reconquista de España, el primer día de vida de la nueva CEDA, a eso se refiere el líder popular cuando dice que está en marcha el proyecto de unificación del espacio conservador.

Casado es un hombre pleno de contradicciones: un día suelta un discurso antifascista en el Congreso de los Diputados y al siguiente pacta lo que sea menester con los posfranquistas; un día se muestra como un demócrata convencido y al siguiente le regala los colegios a los ultras, para que vayan colocándole al alumnado el pin parental, el crucifijo y la partitura con el Cara al Sol. El dirigente popular es un tipo fantástico capaz de girar al centro y abrazar a los nazis todo el mismo día, como un doctor Jekyll y Mister Hyde de la política española o como uno de esos personajes ambiguos de Star Wars que aún no sabe si está en el Lado Oscuro o con la Fuerza, en este caso con la ley de la democracia.

No obstante, lo que empieza ahora es un viaje al corazón de las tinieblas del fascismo español que puede resultar peligroso y cualquier día Santi Abascal le suelta a Casado aquello de “yo soy tu padre”, le da el sorpasso y lo manda a esparragar por la huerta murciana. Mientras llega ese día, el todavía jefe de la oposición está dispuesto a pagar un elevado precio a cambio de conservar el poder autonómico, tanto como entregarle la educación pública a los ultras para que den unas charlas didácticas sobre la familia tradicional, el creced y mutiplicaos, el coito sin condón y el manual del cásate y sé sumisa para la mujer. Más pronto que tarde podríamos ver un consejero de Educación en la poltrona de Murcia y después también en Madrid, Andalucía y Castilla León. La mojigata Rocío Monasterio babea de gusto ante el brillante porvenir que el PP les ha deparado.

El enjuague o tamayazo de Murcia se ha consumado, pero nadie salió a la calle a quemar la Asamblea Regional, como en el 92. En la Sicilia española, un rincón olvidado y perdido de la piel de toro donde rige la omertá del tránsfuga, hace tiempo que nunca pasa nada. Tras 26 años perpetuado en el poder, el Partido Popular se ha convertido en parte del paisaje, como el río Segura, las Fiestas de Primavera, los Carnavales o las procesiones de Semana Santa. De hecho, antes de la trágica pandemia a los guiris los llevaban de excursión no solo a la Catedral y a visitar los Salzillos, sino también a San Esteban, la sede del Gobierno regional que es como el Palacio de El Pardo del Régimen pepero.

Ya no cabe duda, entre elecciones, transfuguismos y amaños en los despachos, la derecha puede gobernar cuarenta años más en aquellas tierras huertanas. El PP ha sido capaz de instaurar un Régimen político más que un Gobierno autonómico, una Españita dentro de otra España, como diría la trumpita Isabel Díaz Ayuso. En el surrealista Macondo murciano cualquier cosa es posible, desde convertir un paraíso terrenal como el Mar Menor en el vertedero de Europa hasta comprar una recua de políticos al más puro estilo caciquil del siglo XIX. También que en las escuelas se vuelva a enseñar los principios del Movimiento Nacional y la teoría del creacionismo paleto.

López Miras no ha hecho más que continuar con la tradición y con el programa de éxito que en su día inauguró Ramón Luis Valcárcel: fiestas populares, toros, sol y playa, campos de golf y capitalismo de amiguetes. Se conoce que hasta el estallido de la pandemia la fórmula ha funcionado y los murcianos están contentos con lo que les dan. La gente de allí es noble, pacífica y de fácil conformar. Con un viva España de vez en cuando, un par de verbenas, unas acrobacias de la Patrulla Águila y cuatro perricas para un arroz con verduras en Calblanque los tienes ganados para siempre. Eso sí, no le pidas al Régimen que reparta cultura porque de eso no entiende (la Región es la segunda comunidad autónoma con mayor índice de fracaso escolar por detrás de Baleares); no le pidas que dé trabajo porque de eso tampoco hay (desde que mataron la gallina de los huevos de oro, o sea el ladrillazo y la construcción, el paro está por las nubes); y en cuanto a la pobreza, por allí siempre lo petan en el ranking de desigualdad, qué más se puede decir.

Por supuesto, todo lo malo, todas las plagas y todos los fracasos son culpa del felón Pedro Sánchez, el rojo-traidor-amigo-de-etarras-y-separatistas que odia a los murcianos. El discurso es maquiavélicamente perfecto. El PP reina, pero no gobierna, como buenos monárquicos que son. El PP acierta siempre y nunca se equivoca en nada. Todo lo bueno es obra y gracia de López Miras; todo lo malo viene de Moncloa. Y así se mantiene el Régimen, con un relato tan sencillo como el mecanismo de un botijo que ha calado en las mentes de aquella sociedad dócil y con amplias tragaderas.

La derecha murciana lleva toda la vida viviendo de un falso cuento patriótico y de un ingenioso eslogan: el manido “Murcia, qué hermosa eres”. Y es cierto que en aquella tierra acogedora como ninguna la gente vive como Dios, sobre todo los cuatro golfos de siempre que a fuerza de nepotismo clientelar medran a la sombra de un poder que extiende sus tentáculos omnímodos desde Yecla hasta Lorca, desde La Manga hasta Caravaca de la Cruz. El que no tiene el carné del partido es un muerto de hambre; el que no vota derecha es un charnego a la inversa, o sea un rojo indepe enemigo de España que ya puede buscarse un exilio en otra parte. De una forma o de otra, Murcia sigue siendo el cortijo de toda la vida con engominados caudillos dándose baños de masas en la plaza del pueblo; curas, alcaldes y funcionarios apesebrados traficando con vacunas; y maestros de la Falange voxista colocándole el “chis” nacionalcatólico a los jóvenes escolares. Pues viva la libertad, y arriba España, coño.

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