Cayetana Álvarez de Toledo, nueva portavoz de los populares en el Congreso, foto PP

La portavoz parlamentaria popular, Cayetana Álvarez de Toledo, ejerce ya como gran ideóloga del PP y marca lo que debe decir el partido, cuándo debe decirlo y cómo. Es como si Pablo Casado hubiese delegado en ella, dándole ya todo el poder, carta blanca y barra libre. Y Cayetana, que se siente crecida, respaldada y con patente de corso, hace lo mejor que sabe hacer: practicar el carroñerismo político con una voracidad que asusta. La última dentellada la soltó ayer, mientras el rey llamaba a consultas a Pedro Sánchez y al resto de líderes políticos, cuando aseguró eso de que nunca se imaginó que un Gobierno de España pudiera negociar “en una cárcel con un delincuente” y que hoy estamos “peor que cuando ETA mataba”. La portavoz se estaba refiriendo, claro está, a las negociaciones entre PSOE y ERC de cara a la investidura, una serie de contactos de los que dijo sin despeinarse: “Es como si Felipe González hubiera ido a la cárcel de Figueras para negociar con Tejero”.

Algo le pasa a Álvarez de Toledo. Es como si esa mujer enfurecida no pudiese abrir la boca sin organizar una guerra civil. Anda todo el rato airada, tensa, crispada, y esa tensión se traduce en nerviosismo e histeria en un partido como el PP que necesita precisamente todo lo contrario, sosiego, resituarse, reflexionar sobre su crítica situación y trazar la estrategia correcta. Pero lejos de llevar a cabo un profundo análisis sobre cómo los populares han llegado a ese punto crítico para extraer conclusiones, la solución de Casado es dar rienda suelta a Cayetana la hiperventilada y dejarla que se desahogue a gusto a fuerza de exabruptos, excesos y disparates a cada cual mayor. Al final, lo que queda es el espectáculo patético de una señora de peluquería muy bien vestida pero que pierde los papeles con sus argumentos extraviados y enloquecidos, una especie de niña del exorcista que cuando sufre un ataque febril incontrolable arroja el vómito verde contra Sánchez, lanza escupitajos y pestes contra el padre Karras Junqueras y ve cómo la cabeza empieza a girarle vertiginosamente, hasta que la posesión remite y se queda tranquila.

Casado debería entender que no es una forma sensata de hacer política porque ya ni siquiera estamos hablando del objetivo del PP de recuperar el aznarismo, que podría tener su justificación, sino de promover el todo vale y el delirio como discurso, lo cual perjudica no solo al partido sino también a esa España que dicen amar tanto. A la patria no se la defiende con rabia y con sapos en la boca sino con ideas y con cordura, que es lo que más falta le hace a este país en un momento trascendental. Si tan preocupado está Casado porque Sánchez vaya a gobernar con los indepes que se abstenga en la investidura, deje de practicar el filibusterismo y asunto resuelto. Pero la cuestión no es esa. La clave de todo está en que al PP parece interesarle una Cataluña apocalíptica y convulsa, un polvorín en constante ebullición, porque considera que alimentar el odio y el miedo da votos y es una buena forma de hacerle la competencia a Vox.

En el fondo lo que hace Casado es recuperar la vieja teoría de ETA como supuesto argumento electoral que funciona, pero trasplantada a tierras catalanas. El problema es que cada vez que el PP hace un giro de vértigo hacia la extrema derecha, para parecerse un poco más a su competidor, se deja otro jirón y un pedazo de su historia. Cada vez que Cayetana habla y suelta uno de sus habituales discursos chusqueros y recios se aleja un poco más del centro, que es donde se ganan las elecciones. Y así, poniendo el partido en manos de una Rambo de la política con la cara embadurnada de pintura de camuflaje, sin freno ni control, es como el desastre del que hasta hoy era el partido hegemónico de la derecha española se acerca un poco más. Para gozo de Santi Abascal, que se frota las manos.

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